Los novelistas latinoamericanos han descubierto una mina, que, por lo que parece, es inagotable. Escribir sobre los dictadores. No sobre los de verdad, de quienes hay pocos estudios históricos serios, sino sobre los inventados, a los cuales se les van poniendo países imaginarios, con episodios fantásticos o reales ocurridos en diversas partes de la América Latina. Todo ello, mezclado con ataques al imperialismo y con la falta de autenticidad de sus propios inventos, produce la novela. La receta original la dio Valle Inclán, y apenas ha podido ser superada. Es más auténtico y más importante Tirano Banderas que El señor presidente, o que la última obra de un prodigioso escritor cubano, Alejo Carpentier, El recurso del método. No nos atrevemos a profetizar sobre qué tanto lo será El otoño del patriarca, donde seguramente ocurrirán muchas de las sorprendentes cosas que pasan en Cien años de soledad, lo cual lo colocará en su extraño mundo mágico y ajeno, no sujeto a comparaciones.
Pero este libro de Carpentier incurre en un vicio curioso y casi inevitable para quienes, como los nuevos escritores latinoamericanos, han vivido mucho de su tiempo en Europa y juzgan que el más grave pecado de la humanidad no es la crueldad, ni la tiranía, ni el peculado, ni la ausencia de una línea comunista definida, sino el “metequismo”. Pecado que consiste en no haber nacido en París, de varias generaciones de burgueses de París, y, sin embargo, atreverse a viajar a París, a cometer “metecadas”. Este dictador de Carpentier, en cuyo retrato hay aciertos invaluables, es un gran “meteco”. Como los millonarios latinoamericanos que van a cierto café, a cierta hora, todos los días, a ver pasar a París por delante de sus ojos, sin entender mucho qué es lo que pasa, el dictador es medio intelectual, recita a Baudelaire, adora a Rubén Darío (otro gran meteco) y teme más lo que puedan decir sobre sus masacres en el lejanísimo país de América los diarios amarillos y chantajistas de París que lo que puedan hacer sus compatriotas intimidados. Es amigo de Gabriel D’Annunzio, (otro gran meteco) y visita asiduamente los burdeles. Este dictador es indefinido en su tierra, en el relato de Carpentier, pero muy preciso en cuanto pone los pies en los boulevares antes y durante la Primera Guerra Mundial. Ciertamente no es un mundo mágico el de Carpentier, ni su novela tiene ese desdoblamiento de planos en el tiempo que hace tan complejas otras obras donde priva la gana de burlarse un poco del lector, por estúpido y confiado. No. Es un relato continuo, armado, bien dividido en capítulos, cartesiano en su forma, y escrito, sobre todo en ciertas partes, en ese idioma de Carpentier que es probablemente uno de los mejores tesoros de la lengua castellana, tachonado de palabras viejas y nuevas, de aciertos y de “cosas”, musical como ninguno otro. Lo que ocurre en el relato es casi siempre importante, otras apenas descriptivo y folclórico, y se ve la intención de crear el dictador tropical típico, como Tirano Banderas en el afán de recoger voces y paisajes de muy diversos sitios, con la graciosa libertad con que el dictador vive en el ambiente europeo de gentes bien conocidas y los personajes de Proust, redivivos. Es cierto que hay muchos dictadores latinoamericanos, y muchos como el de la novela, obviamente. Pero las descripciones y acumulaciones de escenas de la política de estos países, siempre girando en torno de dictadores que caen, que se yerguen, que dan un golpe de Estado, que son víctimas de otro golpe de Estado y que cometen todo género de crímenes y atrocidades, para mostrar una América infantil, como el África de nuestros días, que no ha descubierto la verdadera dictadura, la del proletariado, por su ignorancia y su candidez, son, para decirlo de una vez, con respeto por el pretexto, este libro de Carpentier, fatigantes. Principalmente por la condescendencia y el paternalismo de los autores con ese enorme mundo que Yace abajo del Río Grande y va hasta el Estrecho de Magallanes. Carpentier, en efecto, no parece, como otros autores de nuestro tiempo, tan preocupado y disgustado con la América Latina por no haber hecho la revolución como por su interés en parecerse a Europa, y sobre todo, a París, cielo inalcanzable de los metecos, y cualquier cosa que pase.
Pero en alguna parte del libro encontramos una observación, absolutamente tangencial, que nos lleva a pensar un poco más sobre estas notables diferencias entre la especie humana, que parecen ser inamovibles para Carpentier, como la horrenda discriminación providencial de no haber nacido en París. El dictador y su querida, después del último golpe de Estado, regresan a su hotel parisiense y comienzan a llevar una extraña vida, con el chinchorro colgado de argollas en las paredes, y comiendo las comidas exóticas (para los parisienses) que se venden en alguna parte descubierta por la mulata. Y Carpentier recuerda, o le hace recordar al dictador latinoamericano, que “Bonaparte y Josefina comen en La Mamaison, él corso, ella martiniqueña, metecos los dos”, a la manera suya, todos los platos a la vista, de una vez, presentes, revueltos, enfriados unos, aún calientes los otros, al alcance del tenedor y la cuchara de cada cual. ¡Claro! ¡Metecos los dos! Sólo que esa Francia que en vísperas de la guerra europea parecía el resumen de la vida elegante y del buen gusto, y de la importancia, y de la inteligencia, era un subproducto de las empresas del gran meteco, un dictador que sentó para la América Latina el patrón con todas sus características.
La vida y la tarea de Napoleón no se diferencian en gran cosa, salvo por el ámbito, de las de los centenares de dictadores latinoamericanos, en su avidez, su rapacidad, su desmesurada violencia ejercida sobre monarquías y oligarquías de la pequeña península asiática con tal vigor que más parecen éstas sorprendidas que vencidas. El nepotismo, mal que hoy se lo regalan los franceses gustosamente a los latinoamericanos, es napoleónico, burdo, ridículo. Con una familia deplorable de mujeres ligeras y de pícaros y borrachines, puebla la galaxia monárquica de Europa. Y ni siquiera esos hermanos y hermanas le obedecen, o le son leales. Las escenas de su coronación como emperador y de su divorcio y de su matrimonio con la archiduquesa, todo ello es de una comicidad insuperable, y sin embargo, nadie se ríe de Napoleón. Pero ha quedado sentado, para siempre, el tipo de persona que sale de cualquier parte, y por la espada o por la política sube de un salto todos los escalones de la jerarquía y roba lo que puede. Para Carpentier, sería el meteco supremo. Así lo debieron juzgar las aristocracias que acababan de pasar por el tremendo susto de la revolución pero se acomodaron a sus modales. La burguesía que comenzaba a ver desmoronarse el mundo revolucionario que le había dado vida, entre el terror y el desorden, se sintió protegida –y tenía razón– por Napoleón y su código civil. Los soldados a quienes había invitado al saqueo desde las llanuras de Italia hasta Moscú lo adoraban. Tenía un carácter ominoso y era mal hablado y grosero. Pero la posteridad lo convirtió en la figura más importante de dos siglos, el XVIII y el XIX, y desde su aparición no se ha hecho más que hablar de él, especialmente en los manicomios. Los europeos, en general, con excepción de los franceses, hacen bien en hablar mal de los dictadores latinoamericanos y de sus vicios, y de su nepotismo, y de su voracidad, pero deberían los últimos recordar que dieron un ejemplo deplorable, que no han podido borrar ni la generosidad, desprendimiento y grandeza de buen parte de los auténticos próceres de la independencia americana, ni nadie. Todos los dictadores nuestros son y han sido bonapartistas. Y no tienen razón distinta para ambicionar el poder que la que alegan los alpinistas para trepar a las cimas: porque el poder está ahí.
[1] Alberto Lleras Camargo, El Transcurso legendario de una gota de sangre, El Ancora Editores, Bogotá, 1991, pág 129 y ss.
También en Alberto Lleras, Obras Selectas, Tomo V, El intelectual (b), Biblioteca de la Presidencia de la República, Bogotá, 1987, pág. 209 y ss.
Originalmente en la columna El meteco Supremo, del autor en la RevistaVisión, agosto 24 de 1974.
[2]Alberto Lleras Camargo (1906-1990), Político, periodista, y escritor colombiano.