El hombre pretencioso se ubica a sí mismo en el puesto más alto de las formas orgánicas de vida. He propuesto antes que la razón de ser de la especie humana era la creación de una forma superior de vida basada en el elemento siguiente al carbono en la tabla periódica –el chip silicio– que encarnaría a los monstruos mecánicos que suelen anticipar los autores de la ciencia ficción y que amenazan, según ellos, con someter al hombre a la esclavitud total y que según otros resolverán todos los problemas humanos en virtud de su lógica superior. Juan Sanabria presentó una alternativa a esta propuesta comentando que con el desarrollo que se está dando del chip de carbono, el hombre quedaría con ayuda de este chip frente al robot como el adalid de este elemento y que el reino vegetal prevalecerá sobre el mineral con este nuevo desarrollo de la inteligencia humana.
El hombre asimismo no puede renegar a su pasado animal, sus estructuras morfológicas más desarrolladas se han sobrepuesto a las de las especies antecesoras y así como una simple célula lleva encerrado la totalidad el código genético del individuo, en la parte profunda de su cerebro lleva también las estructuras de comportamiento codificadas por todas las especies anteriores.
Con estas consideraciones previas entro a explicar la teoría de El nido. De tiempo atrás me han intrigado los desechables (eufemísticamente llamados en Bogotá “habitantes de la calle”) con el cúmulo de talegos que cargan a su espalda. Los he visto en todas las ciudades grandes e intermedias; en el subdesarrollo y en la metrópoli. Me preguntaba si eso –cargar lo que para mí no es más que un montón de basura– era un patrón de la especie, o un producto de la evolución social generado por la urbanización.
Por años rondó en mi cabeza esa pregunta y finalmente una mañana soleada revisando una revista de sicología encontré la solución. Estaba leyendo un artículo de Robert Trotter en la revista Discover (junio de 1990) que trataba sobre “La química de la compulsión” y de los macro químicos que fluyen en el cerebro para generar este desorden. Estudia el autor cómo las personas se encadenan o condenan a la tarea obsesiva de revisar una y otra vez que las puertas estén cerradas, que las manos estén limpias. Se preguntaba el investigador ¿si esa emoción y ese comportamiento era humano (espiritual) o mecánico (animal)? Trotter, retando la corriente científica sobre la forma de tratamiento a la compulsión que daba la siquiatría, tomó el caso de Beth y con la propuesta de una nueva droga (anafranil) en cuestión de semanas y sin charlas adicionales con la paciente echaba por la borda los cientos de sesiones de sicoterapia que duraban años y curó radicalmente, en corto tiempo, los comportamientos compulsivos; demostrando que el fondo de este comportamiento neurótico era de origen mecánico y se curaba con el balance de las sustancias bioquímicas en el cerebro.
En otra lectura posterior en un artículo sobre “los ríos de la recompensa”, se tocaban los temas del placer y los sentimientos; los mismos que nos elevan oyendo a Rashmaninov, apreciando una escultura o evocando un paisaje y llegaba el autor a conclusiones similares sobre la mecánica de los sentimientos.
El alma es entonces un problema de químicos en la cabeza, es un problema mecánico. Pero yendo más allá, analizando las respuestas mecánicas, encontré que las aves –constructoras de nidos y cuidadoras de la familia– tenían un comportamiento negligente con sus nidos y sus polluelos cuando les faltaba la hormona que llamaré nestina. Que por consiguiente el placer de construir el nido era una respuesta mecánica y su amor a los polluelos era una derivación de la concentración elevada de este fármaco en el cerebro.
Extático quedé en ese momento, porque la pregunta que me atormentaba sobre la conducta característica de los desechables urbanos encontró una respuesta coherente al fin.
El cerebro humano es redundante, es decir, como producto evolutivo contiene los elementos y las estructuras de las especies desde las cuales evolucionó y el ave es una de las etapas en este proceso. En la teoría –mía por supuesto– de los personajes estas estructuras tienen una inusitada actividad en el cerebro con dominancia sobre la mamífera, por eso estos comportamientos compulsivos de llevar consigo a donde se desplacen la esencia del nido personal.
Comencé frenéticamente a observar el nido propio que rodeaba mi entorno, y encontré, entre otros, arrumes de libros, hojas sueltas y cientos de fólderes. Todo con información tan irrelevante, todos con pocas esperanzas de ser reutilizados, que eran para el observador externo algo similar al contenido del costal del desechable –basura para mí, tesoros para él–. Encontré una explicación a la aversión que siento por las cajas de zapatos viejos e inservibles puestas debajo la cama. (El corazón del nido de los pobres).
Luego desplacé las observaciones nidales a mis allegados y encontraba caracterizaciones sorprendentes. “El reparador”, con sus innumerables cajas de tornillos y herramientas; “el devoto”, con su colección de santos e iconos; el escultor de bonsáis, con sus pedazos de ramas germinando, tiestos y tijeras. Todos ellos sin distinción tenían en su entorno una expresión física de la actividad anormal de ese tejido cerebral avícola y era claro que esta conducta es universal; es la especie. La explicación del problema con los fardos de los desechables que me había intrigado siempre era que en ellos la actividad de ese tejido es dominante sobre el del mamífero y por eso su conducta disfuncional.
La casa, la morada, en esta teoría queda convertida en un receptáculo extenso del nido y por el carácter social que tiene normalmente ya que implica casi siempre la convivencia con varios individuos este espacio es una suma de nidos: el personal, el del cónyuge, los de los hijos en la familia y en muchas ocasiones, especialmente en el tercer mundo, el de varios familiares y entenados que conviven bajo el mismo techo. De modo que las reflexiones del inquilino desplazado cuando se enfrenta a la alternativa de elegir el nuevo sitio de residencia deben centrarse en ese punto. Él está buscando un nuevo nido. De nada sirven las reminiscencias de los espacios abiertos y las evocaciones de las campiñas silenciosas donde trascurrió la infancia. La vida del citadino lo arrojó con sus huesos, en ese momento, en la selva de cemento a confrontar el problema de reconstruir el nido y en la forma urbana estará hecho con partes de barro cocido, hierro y concreto. Por eso se habla “del calor humano” y la “presencia” en los espacios habitados y la “frialdad” de las construcciones desnudas cuando objetivamente no hay razón para tal valoración; pero es así porque los edificios vacíos no tienen el toque humano del nido que construye el morador.
Dejo para más tarde el debate sobre la ciudad, sus ruidos y la soledad del hombre en el mar de concreto que él ha construido. ¿Será acaso la ciudad, como colmena, una reverberación de la estructura cerebral más interna y más primitiva del insecto que hay dentro de nosotros? ¿Es el tráfago de la actividad humana en la urbe un hormiguero de orden superior? Entonces queda el hombre-individuo atrapado en las estructuras neurales de su pasado evolutivo: determinado y condicionado por esa química que carga y arrastra en el nido de su alma.