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Teoría del nido

Por Francisco Cifuentes Toro

El hombre pretencioso se ubica a sí mismo en el puesto más alto de las formas orgánicas de vida. He propuesto antes que la razón de ser de la especie humana era la creación de una forma superior de vida basada en el elemento siguiente al carbono en la tabla perió­dica –el chip silicio– que encarnaría a los monstruos mecá­nicos que suelen anticipar los autores de la ciencia ficción y que ame­nazan, según ellos, con someter al hombre a la esclavitud total y que según otros resolverán todos los problemas humanos en virtud de su lógica superior. Juan Sanabria presentó una alternativa a esta propuesta comen­­tando que con el desa­rrollo que se está dando del chip de carbono, el hombre quedaría con ayuda de este chip frente al robot como el adalid de este elemento y que el reino vegetal preva­lecerá sobre el mineral con este nuevo desarrollo de la inteli­gencia humana.

El hombre asimismo no puede renegar a su pasado animal, sus estruc­turas morfológicas más desarrolladas se han sobrepuesto a las de las especies antecesoras y así como una simple célula lleva ence­rrado la totalidad el código genético del individuo, en la parte profunda de su cerebro lleva también las estructuras de compor­ta­miento codificadas por todas las especies anteriores.

Con estas consideraciones previas entro a explicar la teoría de El nido. De tiempo atrás me han intrigado los desechables (eufemísticamente llamados en Bogotá “habitantes de la calle”) con el cúmulo de talegos que cargan a su espalda. Los he visto en todas las ciu­da­des grandes e intermedias; en el subdesarrollo y en la metró­poli. Me preguntaba si eso –cargar lo que para mí no es más que un montón de basura– era un patrón de la especie, o un producto de la evolución social generado por la urbanización.

Por años rondó en mi cabeza esa pregunta y finalmente una maña­na soleada revisando una revista de sicología encontré la solución. Estaba leyendo un artículo de Robert Trotter en la revista Dis­co­ver (junio de 1990) que trataba sobre “La química de la com­pul­sión” y de los macro químicos que fluyen en el cere­bro para generar este desorden. Estudia el autor cómo las personas se encadenan o condenan a la tarea obse­siva de revisar una y otra vez que las puertas estén cerradas, que las manos estén limpias. Se preguntaba el investigador ¿si esa emo­ción y ese comportamiento era humano (espiritual) o mecá­nico (animal)? Trotter, retando la corriente científica sobre la forma de tratamiento a la compulsión que daba la siquiatría, tomó el caso de Beth y con la propuesta de una nueva droga (anafranil) en cuestión de sema­nas y sin charlas adicionales con la paciente echaba por la borda los cientos de sesiones de sicoterapia que duraban años y curó radi­cal­mente, en corto tiempo, los comportamientos com­pul­sivos; demostrando que el fondo de este comportamiento neurótico era de origen mecá­nico y se curaba con el balance de las sustancias bioquímicas en el cerebro.

En otra lectura posterior en un artículo sobre “los ríos de la recom­­pensa”, se tocaban los temas del placer y los sentimientos; los mismos que nos elevan oyendo a Rashmaninov, apreciando una escultura o evocando un paisaje y llegaba el autor a conclu­siones similares sobre la mecánica de los sentimientos.

El alma es entonces un problema de químicos en la cabeza, es un proble­ma mecánico. Pero yendo más allá, analizando las respuestas mecá­nicas, encontré que las aves –constructoras de nidos y cuida­doras de la familia– tenían un compor­ta­miento negligente con sus nidos y sus polluelos cuando les faltaba la hormona que llamaré nestina. Que por consiguiente el placer de construir el nido era una respuesta mecánica y su amor a los polluelos era una deri­va­ción de la concentración elevada de este fármaco en el cere­bro.

Extático quedé en ese momento, porque la pregunta que me ator­men­taba sobre la conducta característica de los desechables urbanos encon­tró una respuesta coherente al fin.

El cerebro humano es redundante, es decir, como producto evolu­tivo contiene los elementos y las estructuras de las especies desde las cuales evolucionó y el ave es una de las etapas en este pro­ceso. En la teoría –mía por supuesto– de los personajes estas estruc­turas tienen una inusi­tada actividad en el cerebro con domi­nan­cia sobre la mamífera, por eso estos comportamientos com­pul­sivos de llevar consigo a donde se desplacen la esencia del nido personal.

Comencé frenéticamente a observar el nido propio que rodeaba mi entorno, y encontré, entre otros, arrumes de libros, hojas suel­tas y cientos de fólderes. Todo con información tan irrele­vante, todos con pocas esperanzas de ser reutilizados, que eran para el observador externo algo similar al contenido del costal del dese­chable –basura para mí, tesoros para él–. Encontré una expli­ca­ción a la aversión que siento por las cajas de zapatos viejos e inservibles puestas debajo la cama. (El corazón del nido de los pobres).

Luego desplacé las observaciones nidales a mis allegados y en­con­­­­traba caracterizaciones sorprendentes. “El reparador”, con sus innu­­merables cajas de tornillos y herramientas; “el devoto”, con su colección de santos e iconos; el escultor de bonsáis, con sus pedazos de ramas germinando, tiestos y tijeras. Todos ellos sin distin­ción tenían en su entorno una expresión física de la activi­dad anormal de ese tejido cerebral avícola y era claro que esta conducta es universal; es la especie. La explicación del problema con los fardos de los desechables que me había intrigado siempre era que en ellos la actividad de ese tejido es dominante sobre el del mamífero y por eso su conducta disfuncional.

La casa, la morada, en esta teoría queda convertida en un recep­táculo extenso del nido y por el carácter social que tiene normal­mente ya que implica casi siempre la convivencia con varios indi­vi­duos este espacio es una suma de nidos: el personal, el del cón­yuge, los de los hijos en la familia y en muchas ocasiones, espe­cial­­mente en el tercer mundo, el de varios familiares y entenados que conviven bajo el mismo techo. De modo que las refle­xiones del inquilino desplazado cuando se enfrenta a la alter­na­tiva de elegir el nuevo sitio de residencia deben centrarse en ese punto. Él está buscando un nuevo nido. De nada sirven las remi­nis­cencias de los espacios abiertos y las evo­ca­­ciones de las cam­piñas silen­ciosas donde trascurrió la infancia. La vida del citadino lo arrojó con sus huesos, en ese momento, en la selva de cemento a con­fron­tar el problema de reconstruir el nido y en la forma urba­na estará hecho con partes de barro cocido, hierro y concreto. Por eso se habla “del calor humano” y la “presencia” en los espacios habi­tados y la “frialdad” de las construcciones des­nudas cuando obje­tivamente no hay razón para tal valoración; pero es así porque los edificios vacíos no tienen el toque humano del nido que cons­tru­ye el morador.

Dejo para más tarde el debate sobre la ciudad, sus ruidos y la sole­dad del hombre en el mar de concreto que él ha construido. ¿Será acaso la ciudad, como colmena, una reverberación de la estruc­­tura cerebral más interna y más primitiva del insecto que hay dentro de noso­tros? ¿Es el tráfago de la actividad humana en la urbe un hormi­guero de orden superior? Entonces queda el hom­bre-individuo atrapado en las estructuras neurales de su pasa­do evolutivo: determinado y condi­cio­nado por esa química que carga y arrastra en el nido de su alma.

Los nidos electrónicos

Con el desarrollo de la capacidad de los computadores para almacenar información, la teoría del nido, propuesta arriba, ha tenido nuevas confirmaciones. La muerte de un dirigente guerrillero en las selvas ecuatorianas, sacó a la luz los archivos de la organización, (se dice son 16.000 documentos), los archivos personales, videos y fotos de las fiestas en el campamento donde murió. Un verdadero nido electrónico. Lo mismo ocurrió con el análisis del verdugo de otro guerrillero a quien asesino de un tiro en frente mientras dormía. Se presentó con la mano amputada y el computador personal del occiso considerando que en él llevaba el nido de la memoria. En este segundo caso las autoridades encontraron otra gran cantidad de documentos y otro nido electrónico. Dentro de estos estaba la información sobre un ataque al campamento de otra organización guerrillera rival con las que disputaban el territorio, habían incautado el computador personal del jefe de la cuadrilla atacada y encontrado material muy revelador de sus falsas promesas de no agresión, según los archivos. Un nido dentro del nido. Era el tercer nido que ocupaba los titulares en un corto período. Pero simultáneamente se informa que las autoridades colombianas incautaron los computadores de un narcotraficante con 130.000 archivos. Entonces paso a revisar mi situación y aplico sobre mis computadores los razonamientos de la teoría de nido. El resultado me sorprende y desconsuela ¡Dios mío! exclamo. Yo también estoy enfermo y creo que estoy peor que todos ellos. Tengo que tomarme mi anafranil virtual. Tengo 200.000 archivos en tres computadores, cinco discos duros que no uso, cientos de CDs y disketes.

El modelo del desorden mental sufrió un salto cualitativo. Ya no es deschable cargando los fardos de basura real. Ahora es el hombre superior, cibernético, extropiano y virtual, el enfermo cargando el fardo de sus archivos.

Esta nueva forma de compulsión, de los nidos virtuales, tiene efectos sociales de poder desvastador incalculable cuando se pierde su control. La reproducción es virtual, de poco costo, de fácil distribución, de total fidelidad, de alcance universal. Como evidencia es un documento irrefutable. Irónicamente para los defensores de la supremacía del carbono, todo esto ocurre sobre las estructuras del silicio.


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