El Estado tiene como función principal el procurar la felicidad de sus asociados, la responsabilidad de materializarla está en el gobernante. La felicidad es un concepto etéreo, volátil e individual y por lo mismo es inasible colectivamente. Un Estado con ciudadanos infelices no cumple su finalidad; Colombia, caracterizada por el violento conflicto centenario tiene una gama multicolor entre aquellos que ejercen autoridad, hay grupos armados que pretenden una sociedad distinta, delincuenciales que retan la supremacía de las armas del Estado para lograr el exagerado lucro personal que es posible obtener con el tráfico de narcóticos, grupos de auto defensa que la ejercen a cambio de protección contra los anteriores y mezclas de todos ellos; la población civil colocada en el centro del accionar de estos grupos, está a distancia de que las mayorías disfruten de esa añorada felicidad.
El Estado tiene, según algunos prominentes marxistas que ejercieron el poder –Mao Tse Tung, Trosky–, una función temporal y debe desaparecer en la sociedad ideal, pues en esta se desvanecen las grandes injusticias y los problemas serán aquellos que surjan de conflictos de vecindario que deben ser resueltos por la misma autoridad vecinal. La corriente de la historia política ha demostrado lo contrario. Cada día es más fuerte la presencia del Estado en la vida del ciudadano común; cada día es más abrumador para el asociado la manutención de las castas burocráticas parásitas e improductivas que se enquistan en el aparato del Estado –religiosos, ideólogos, burócratas, jueces, políticos, diplomáticos y guerreros entre otros– y la respuesta constante al desequilibrio extremo es el alzamiento popular cuando las condiciones son intolerables, alzamiento que fuerza a las clases dominantes de ese momento a ceder partes de sus prebendas; o el surgimiento de agrupaciones políticas o militares, que mediante la toma del poder, imponen el cambio en las estructuras sociales, cambio normalmente reducido a una redistribución de la riqueza y a una recomposición de las castas.
Las denominadas comunidades de paz, pretenden ser un anticipo de esa sociedad ideal; en ellas, bajo la férula de ideólogos intransigentes, un grupo de ciudadanos se somete a convivir en paz, excluyendo toda forma de autoridad que no provenga del mismo grupo. En nada se diferencian de una comunidad religiosa confesional aunque a veces tienen como gestor y administrador a una persona de credo. No envidio ser partícipe de un sueño como este, porque considero que va contra la expresión de la individualidad, y me resulta aburrido estar permanentemente asistiendo a asambleas y participando en actos públicos y políticos so pena de ser tildado de egoísta indeseable social, pero respeto la decisión de las personas que eligen ese tipo de vida comunal y disfuncional con el resto del mundo.
Una sociedad ideal requiere de férrea disciplina porque el demonio de “los vicios”, los “errores” y el individualismo van contra los proyectos del colectivo. De ahí que las sesiones de autocrítica y “los juicios de Dios” sean un componente disciplinador de uso corriente en ellas; lo que genera tensión social, infelicidad y la tentación de deserción a un mundo imperfecto donde se puede lograr un mayor goce de la individualidad. En esencia la gente se cansa de ser buena y feliz todo el tiempo.
Esa fatiga de la felicidad parece ser uno de los componente de lo que ocurrió en la comunidad de paz de San José de Apartadó, una de las varias comunidades que han creado, en el territorio colombiano, educados ideólogos nacionales y extranjeros de "la sociedad sin Estado", provistos de cuantiosos recursos económicos, vuelcan en ellas toda su capacidad política en estos seres humanos sumisos y desvalidos a los que someten al experimento de plasmar en la práctica sus teorías –por supuesto ellos no viven en ellas–. Pitágoras estuvo dentro de los primeros promotores conocidos de este tipo de sociedades y fue asesinado por los comuneros; Fourier había propuestos sus falansterios que fueron intentados hace dos siglos y todos ellos fracasaron en algún momento por las deserción de los integrantes, cansados de tanta “felicidad”. Unos de los últimos desenlaces trágicos de estas comunidades idílicas ocurrió en Guyana, donde murieron 900 personas de la secta Templo del pueblo. E. Zuleta describe el cuadro de la felicidad como búsqueda perpetua de la humanidad y en su Elogio a la dificultad, la coloca como eje de la dinámica social y esencia de la felicidad pero se aparta, y bien lejos, de la búsqueda de fantasiosa de ella en las comunidades edénicas.
La masacre de ocho miembros de la comunidad de San José, muestra terriblemente los costos humanos de esa idealización y lo utópico de la utopía. Los victimarios en un simple acto de arrogancia y de desprecio por la vida demostraron que ellos pueden romper el cerco de amor y de confianza y destrozar los sueños pacifistas comunales confirmando con la atrocidad de qué lado está el poder. Los teóricos salen en muchedumbre a clamar por la protección del Estado a estas comunidades que quisieron desconocerlo en su momento y persisten en la continuidad de estos programas extraterritoriales, supranacionales e idílicos. Los comuneros consternados no saben a dónde, ni a quién mirar, ellos son la carne de cañón en el experimento. Los analistas simplemente tendrán una nueva entrada la bitácora de su laboratorio social, mientras recaban los datos de sus investigaciones para comprender que fue lo que falló.