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Los masagetas

Francisco Cifuentes

Los masagetas fueron una comunidad antigua que Heródoto relacionó en sus libros de Historia. Recuerdo de mis lecturas que me pareció atroz la forma como ellos disponían de sus mayores. En una gran fiesta familiar, en medio del jolgorio y las libaciones el anciano de la familia, fácilmente caía borracho en algún rincón de la sala, era arrastrado por los invitados a la cocina donde las cocineras lo picaban y la carne del inmolado se mezclada y aderezaba con la de los chivos y cerdos para ser consumida en la celebración. Esta forma de morir era considerada un honor por los finados y todo anciano de esa comunidad consideraba que tener una muerte más prosaica era un sufrimiento y fuente de infelicidad por haber sido su cuerpo despreciado por los parientes.

Los ancianos –con su sabiduría– han tendido un desplazamiento en el eje gravitacional de la sociedad contemporánea del centro a la periferia, especialmente en las grandes urbes afectadas por los trancones del tránsito vehicular, las distancias cada vez mas grandes y el fragmento de tiempo cada vez corto para interactuar con los propios han convertido el cuidado del anciano en una carga para la familia; el aporte de la sabiduría del anciano ha sido borrado con los accesos a los medios de comunicación y arrollado por las demandas y especializaciones de la tecnología. El anciano es un ser disfuncional para las épocas modernas; es un ser marginal para los programas sociales, es un lastre para los sistemas de atención en salud y una carga para los sistemas de protección pensional.

Los legisladores colombianos se han ocupado de los ancianos en varias ocasiones con propuestas bien intencionadas pero inanes. Recuerdo alguna ley que obligaba a cambiar de los textos oficiales la palabra “anciano” o "tercera edad" por la de “adulto mayor”, como si esa nueva denominación fuera mejorar la situación. En las reglamentaciones de la ley sobre seguridad social (ley 100 de 1993) se obligaba al Estado a otorgar una pensión al anciano indigente y varias veces se ha dado el espectáculo de presidentes en persona, en vivo y en directo, entregando cheques en actos oficiales a menesterosos, aunque en mi lista de ancianos conocidos solo recuerdo el caso de que uno de ellos se ha beneficiado con este tipo de ayuda y solo por unos meses. Este gobierno ha trabajado con dos vectores antagónicos el primero aumentando el número de “adultos mayores” que han recibido el chequecito de medio salario mínimo –asumo que la cadena de politiqueros no esté a la espalda del beneficiario para que le endose el cheque a algun calanchín como los hicieron con los auxilios educativos del ICETEX en el pasado–. El otro vector del gobierno ha sido considerar “viejo” y merecedor de pensión a una persona cada vez con más años, agregándole cinco años a la edad tope de retiro; cortando para abajo toda pensión que se aparte del salario mínimo; haciendo caso omiso de las fatigas de las colas para reclamar la mesada; complicando los mecanismos de cobro y exponiendo al anciano a la rapacidad de la delincuencia.

La última ley (ley 931 de 2004) que elimina los topes de edad en la contratación laboral es otra de esas estupideces que lanzan los legisladores bien intencionados y equalizadores de la sociedad por el simple hecho de hacer política y por el simple hecho de mojar prensa, sin medir las consecuencias ni los beneficios, ni los efectos en la convivencia social. Aunque no está orientada específicamente para el “adulto mayor”, si lo involucra, porque ahora como ley posterior remueve los límites de edad retiro forzoso en los cargos de la nómina oficial y privada, atenta contra la vigencia de las restricciones reglamentarias, legales y constitucionales sobre límites de edad para acceder a los cargos públicos, pero lo más importante es que abre una fuente de demandas y disputas entre los empleadores y los candidatos rechazados que darán trabajo a porrillo a los rábulas, leguleyos y activistas judiciales; empodera a los oscuros inspectores laborales para imponer multas descomunales a los empresarios que no acaten la ley, pensando que todo es por el bien del “adulto menor”.

Si yo antes sentía pánico de intentar montar una empresa por la enorme cantidad de papeles que debía reunir, el gran número de formularios que debía llenar “sin tacha y sin mácula”, por la descomunal carga de tributos nacionales, departamentales y locales, por el volumen y dispersión de las reglamentaciones laborales, comerciales y ambientales, ahora estoy paralizado con la norma que deja abierto el camino a ser demandado por un viejo cascarrabias que entrevisté para un cargo y que no contraté; de pensar que puedo ser multado por un todopoderoso intérprete de lo que es discriminación laboral por edad.

Estoy pensando que los masagetas eran sabios en el tratamiento final de sus mayores y añoro que un legislador menos socialista pero más realista que conozca la historia, fije el tamaño los cortes y el valor de los lomos, para hacer fila voluntaria en el degolladero.


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Ley 931 de 2004



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