«Pero también los niños, por muy superiores en inteligencia que sean a los adultos, están perplejos y solos ante el destino» Hermann Hesse
Betuel Bonilla Rojas
En Memoria secreta de la infancia, primer volumen de esta colección, veintiún escritores del departamento del Huila escarbaron en sus respectivas infancias, evocaron con exultación y algo de nostalgia eso de bello y de misterioso que hay en los pasos iniciáticos, esa incertidumbre que recae sobre un ser todavía en cierne. En este segundo volumen, Parvulario, dieciocho nuevos escritores, ligados por una u otra circunstancia a los vaivenes placenteros de la docencia y el ejercicio pedagógico, retoman el tema de aquellos remotos tiempos y nos cuentan, con mayor o menor precisión, con mayor o menor fidelidad de detalles, aspectos ocultos de una vida que ya fue, de una época que no por lejana cobra vigencia a cada rato en la memoria.
En esta ocasión, la geografía departamental se explaya en toda su extensión y belleza a través de los textos, desde la violencia patológica presenciada a temprana edad en las majestuosas montañas de Algeciras, o desde ese duende que habita husmeando tras los trapiches de cualquier molienda de un poblado huilense, o desde esas viejas calles y casonas de la Neiva antigua, la de amplios solares y frondosos árboles de mango, instalados en patios descomunales, con una silla mecedora balanceándose interminablemente como parte del decorado, o desde los riachuelos fríos y torrentosos de un poblado como Pitalito, lugar desde donde el Huila empezó a crecer como hábitat de destacados escritores.
También, como si la infancia no conociese orillas ni límites físicos, como si la imaginación no perteneciese más que al ancho y dispar universo, algunas voces refieren hechos un tanto más distantes, rituales adánicos de una mujer que indaga sobre el origen de su nombre, recuperación de las huellas de un tío vital que opera como educación sentimental en el simpático ambiente de la picaresca, el ronronear rutinario de un tren inveterado que viaja a través del tiempo y del espacio, o las olas gigantescas de un océano embravecido que aún baña las playas de la memoria y que porta traslúcidos caballitos de mar, testimonios de una fantasía que desborda los linderos de lo posible, de lo inmediato, y que se instala más allá, en ese lugar e instante donde comienza el hecho mágico de la creación literaria.
En el volumen anterior, el poeta y ensayista Guillermo Martínez sugería abrir el libro como si se estuviera en presencia de un viejo álbum fotográfico, de un archivo secreto de instantáneas. Pues bien, igual iniciativa sirve para abordar este nuevo ejercicio. Vale la pena degustarlo siguiendo los hilos que trazan las imágenes allí contenidas, manipularlo ateniéndose nada más que a los caprichos visuales que en ocasiones se tornan extraños y hasta arbitrarios. Pero, de otra manera, también es susceptible este libro de ser asumido como historia del hombre mismo, del escritor buscando conocerse e interpretarse, o como recreación colectiva de un hecho singular, la infancia, repleta de circunstancias extraordinarias e insólitas, de pasajes altamente significativos a la hora de acercarse al hombre actual, al que deambula a merced del vértigo y de una inocencia nunca recuperada.
Los tonos y los matices escriturales presentes en este libro son tantos como escritores participan en él. En algunos, el paisaje se erige soberbio, casi presente, y se impone sin recato sobre la memoria misma; en otros, la memoria aclara no sólo incógnitas personales, sino que se adentra en el entendimiento de aspectos sociales más pretenciosos y abarcadores; en otros, por el contrario, el yo se asume en su más ancha expresión, inunda los acontecimientos con la impronta individual y se desliza silencioso, en procura quizás de algo que descifre su desolación o su felicidad actuales. Lo cierto es que, tanto en unos como en otros, la infancia sigue siendo un momento más que importante en la vida de los individuos. Acaso se sabe que en esa búsqueda del instante imperecedero está el origen de eso que ahora se es, de ese eslabón perdido que permanece clandestino hasta cuando la pluma lo revele, hasta cuando el escritor, cansado de luchar contra sus propios fantasmas, se decida de una vez por todas a derrotarlos, a confinarlos a vivir en el libro, a poblar páginas impregnadas de presente, páginas en cuyas letras, si el lector es capaz de descifrarlas, los fantasmas se desvanecen para siempre, o resucitan, quién sabe, para retornar con toda su furia.
Parvulario, Betuel Bonilla R. y Esmir Garcés Quiacha compiladores. Trilce Editores, Bogotá; Altazor Editores, Neiva, 2005.