Blow-up, una película de Antonioni (1966), basada en un cuento de Cortazar (Las babas del diablo), provocó comentarios animados en mi generación por la audacia de sus escenas sobre sexo. Años después recibí un golpe a mis análisis de la película cuando un profesor canadiense, Donald Betes, me hizo notar que el tema central de la película no era el sexo y la sicodelia, sino la incomunicación del hombre (Thomas) en la gran ciudad (Londres) y que, en consecuencia, era una película sobre la soledad del hombre en la vida urbana. Quedé frustrado por no haber percibido esta arista tan vital en la obra y por lo mismo busqué el film en los cine-clubes universitarios y revisé mi interpretación. Con motivo de las discusiones sobre la Verdad que se están dando al proyecto de Justicia y paz que busca penas alternativas para los paramilitares responsables de crímenes atroces, me volvió a la cabeza esta película con una nueva interpretación: La indiferencia social al conocimiento de la verdad.
El insomio se puede tomar como un castigo o como un privilegio. Es un castigo cuando las alternativas de ocupar el tiempo son reducidas a la lectura, pero en los tiempos modernos la invasión de los medios de comunicación, radios y televisores, a las alcobas, hacen casi llegar a maldecir la falta de tiempo, para ver y escuchar todo lo que pasa en el mundo. Soy pues un zapeador de la radio de sonámbulos. Ayer (16-05-2005) me encontré con un programa “Colombia Universal” que trató el tema de la masacre de Puerto … cometida en las fiestas de año nuevo en un caserío de las llanuras de Arauca donde murieron 16 colombianos mientras festejaban el haber sobrevivido un calendario más. Me inquieté a tal punto que tuve que levantarme para escuchar lo que oía y cada vez mi respiración estaba mas en vilo. Los relatos de los tres sobrevivientes eran una muestra del valor de los que viven en la frontera de la violencia. Cómo respeto a estos colombianos que no hacen ostentación de su valentía diaria, y cómo los desprecio por la cobardía con la que dejan que otros les arrebaten la vida.
El periodista consigue en el desarrollo del programa, sin truculencia alguna, la confesión de una de las invitadas de que su padre es el responsable de la masacre y en forma dramática, rompe en llanto a pedir protección para sus hijos.
El paralelo con la película apenas comienza, al final no pasó nada; el programa del próximo sábado quién sabe qué traerá. La revelación de la verdad del periodista Erwin Hoyos sobre lo acontecido en esta masacre cayó al olvido al día siguiente, porque no están involucrados militares ni paramilitares, las ONG solamente cubren y cuentan los muertos del otro lado, como, por ejemplo, si lo hicieron con la masacre de “Flor Amarillo” ocurrida meses después.
Esta Verdad no cuenta. Es una muestra de la indiferencia de la sociedad por la verdad y un confirmación de que el despliegue y la exigencia de ella en la ley de Justicia y Paz no es otra cosa que un acto político donde no importa el respeto que merecen los muertos, es un acto indiferente a la suerte de las víctimas, que solo busca por los promotores tener para sí otro elemento más para ejercer el poder de acusar y perseguir. El comandante “Pambelé” puede seguir tranquilo trasegando los caminos de Arauca imponiendo el orden; nadie se acordará de lo que hizo por amor a su hija, –o el desprecio de sí mismo, por la traición de ella a su bando– nadie le reprochará que al “irse para el monte” dejaba a su suerte el camino que el destino daría a su familia. Quizás lo veamos y reconozcamos en la caravana en alguna de las “burbujas cuatro puertas” secundarias cuando se produzca la toma de Bogotá y se festeje la entrada triunfal de las fuerzas libertadoras.