No me gusta jugar a ser estratega militar para analizar cada golpe que se da contra las fuerzas armadas, no lo hago por carencia de ilustración, pues son incontables los textos que han pasado por mi vista sobre el tema, sino porque no tengo tiempo ni contactos que me actualicen sobre el estado de las fuerzas en el terreno de operaciones. Por eso en los ataques de la subversión a la población civil o a un carro lleno de soldados, o el pipetazo errático lanzado contra una estación de policía, o el palacio de gobierno, que cae en una iglesia, o sobre un fogón de desechables, siempre guardo silencio, y en mi interior asumo el dolor de las familias para las que el ataque fue un verdadero desastre humano y no distingo la calidad de los muertos infamemente.
Pero con Toribio estoy saturado de los analistas y he descubierto otra plaga de indeseables en la sociedad colombiana que se equipara a la los expresidentes: los exconsejeros de paz. Ellos como los primeros se agarran de la experiencia de su gestión, no siempre exitosa sino salpicada o abrumada por el fracaso, para seguir tocando tambor en la procesión de la desgracia que no supieron resolver.
Investidos del cartón de “ex” al que nunca agregan “fracasado”, los consejeros de paz están invadiendo las columnas de los periódicos prediciendo catástrofes que ellos oportunamente avizoraron y la pequeña confrontación ocurrida en Toribio les ha servido de plataforma para lanzarse a la palestra pública con sus desteñidas credenciales. Con la misma facilidad que las reinas de belleza saltan a presentadoras de noticieros; los consejeros saltan de negociadores de paz a estrategas de guerra.
Las interpretaciones y propuestas autorizadas de estos nuevos “sabiondos” me dejan perplejo porque siempre confié en que las negociaciones de paz estaban en manos de personas inteligentes y sensatas –con excepción del consejero de paz del gobierno anterior a quien siempre catalogué de “fronterizo” en sus respuestas y todavía me lo parece– y, pensé, que el fracaso de las negociaciones era siempre producto de la intransigencia de los insurrectos. Pero tardíamente encuentro que se estaba dejando la suerte de la negociación en manos de personas con el destino de guerreros frustrados.
En bombo que se da a que en una zona sin carreteras no se haya desplazado con rapidez la fuerza pública, a que después de una semana sigan merodeando por ahí algunos insurgentes, y el augurio de que el plan del gobierno es un verdadero fracaso son el pan cotidiano con el alimentan sus columnas. Nada se dice sobre el terreno, sobre la población hostil, sobre el valor de los policías aislados defendiendo la presencia del Estado, ni sobre la historia de ocupación de la zona donde han campeado todos los movimientos insurgentes.
Para ellos lo que viene es el desastre. La reagrupación inminente de las fuerzas contrarias al gobierno, las marchas de masas soliviantadas y la caída irremediable de la Capital. Hay otro elemento adicional, los “consejitos” que dan a la dirigencia insurgente para lleguen por el camino mas directo, seguramente lagartiandoze anticipadamente un puestico en los "cuadros revolucionarios" del nuevo gobierno.