El cuarenta aniversario de la fundación de las Farc fue celebrado ruidosamente a expensas de la vida de unos veinte colombianos que murieron cobardemente como consecuencia de los atentados indiscriminados. Esta celebración es el canto del cisne de una época gloriosa del pasado que premiaba a los guerreros liberadores de los tiranos con entradas triunfales y recibimientos alborozados y multitudinarios de las masas en las ciudades capitales, el último de los cuales se dio en la Habana hace cerca de 50 años.
Hoy día no es in tener simpatía por estos rebuscadores de fortuna que encontraron en la opresión de los campesinos por medio del terror, la fuente del material humano para cometer sus atentados; en el filón del narcotráfico, el dinero fácil para sobrevivir, para llevar una buena vida sin tener que hacer mayor esfuerzo material, aún para lucir pendientes de plata y adornos de oro en el cuello y las muñecas, el dinero fácil para financiar las campañas de terror que esporádicamente desarrollan en contra de las discotecas de las ciudades y de las gentes que se divierten en ellas.
Por su forma de vida «al pie de los árboles» se encuentran estancados de todo progreso y toda comunicación, han perdido la sensibilidad que da el interactuar con el humano, quedaron aislados del sentir de la sociedad, a la que pretenden liberar, desconocien las tendencias del futuro y el impacto de los cambios del presente; desarrollan una guerra simplista donde el enemigo es todo el mundo y la destrucción de vidas y bienes es resultado de mala suerte para el que muere, para el afectado, o son lecciones niveladoras –por lo indiscriminadas– y ejemplarizantes –por los crueles– que la sociedad debe pagar para compensar como la retribución justa a el propio sacrificio, o también el castigo moral a los libertinos que no comprenden ni se interesan en su gesta y solo se divierten; el nicho de pertenencia a la sociedad es enteramente disfuncional: son un grupo que si no ataca a la población puede ser olvidado, su papel militar en la historia fue borrado de los libros.
Dentro de doscientos años tendrán todavía que leer sus proclamas «desde las montañas de Colombia» –escritas en cómodas haciendas de algún país vecino– con la seguridad de que siempre podrán encontrar a algún alienado a sus creencias que arroje las bombas en las ciudades. La sociedad no hará nada para abrazar su fe ni para escuchar sus mantras, seguirá indefensa y expuesta, como hasta ahora, porque para lograr erradicarlos la naturaleza del suelo patrio y el accionar ladino e irracional facilitan la supervivencia de los camaleones que pueden ser anacoretas, guerreros, potentados, narcotraficantes, liberadores o reformadores según el caso o la circunstancia lo requiera en una confusión de roles peor que la que se dio en la torre de Babel.
La sociedad colombiana seguirá pagando el tributo anual de bienes destruidos y los cientos de vidas arruinadas o de ciudadanos hechos cautivos; como las gacelas que saben que la hiena está hambrienta y comerá, se someten a que sean las fuerzas del colectivo y del destino las que determinen quién sobrevivirá. A pesar de las víctimas que provocan los depredadores de la alegría y bloqueadores del progreso. los seguirá soportando como un tumor parásito a su estructura social que por el carácter marginal de su daño no merece el dolor del trauma quirúrgico de la extirpación, convivirá con él.
En doscientos años la organización será una comunidad con una forma diferente y exótica de religión que tendrá siempre el cantón de sus adeptos en los territorios oprimidos con sus métodos de terror, sometidos a la ignorancia; la fuente de su arcas la tendrán en las poblaciones marginales del territorio nacional, con los explotadores de los cultivos de coca y amapola, continuará el saqueo de los dineros públicos de estas comunidades, hasta el último centavo, por los improvisados hacendistas públicos, y seguirán encontrando para la perpetuación de la fe de su credo que el sostén de los misioneros de la «igualdad total en la miseria total», «sin patria para nadie», que tendrán el eco de resonancia a sus discursos en la boca y los comunicados de los redentores primermundistas que los alentarán y apoyarán incondicionalmente desde las trincheras de sus escritorios de burócratas de las cofradías y gobiernos supranacionales, llevando la vocería del imaginario de «la comunidad internacional». Hacia el futuro seguirá copando espacio en los medios de comunicación con el espectáculo de las primicias de las imágenes deplorables de los cautivos en su poder, cada vez más ancianos e incoherentes en los mensajes a sus familias; porque ellos también habrán, como sus captores, perdido la razón sobre el sentido de sus existencias y la conexión con la realidad.
Este fue otro aniversario donde se desconoce que la oportunidad ya pasó, y ocurrió hace tres años cuando la debilidad del Estado casi se equiparó con las fuerzas en alza que tenía la insurgencia; cuando se dio el vergonzoso desfile de los embajadores de las potencias extranjeras presentando sus cartas credenciales en la mitad de la selva; cuando se escuchaba el angustioso llamado de los candidatos presidenciales, con una excepción, ofreciéndose a negociarlo todo, excepto conceder la fractura del territorio nacional; cuando se expidieron las temidas leyes confiscadoras hechas bajo los toldos de Los Pozos por un sandrín de desconocidos. Fue el clímax de un proceso que no supieron aprovechar los dirigentes y esto ya es pasado.
Son situaciones que no se volverán a dar en mucho tiempo porque el río político nunca es el mismo. El péndulo de la historia es lento pero inexorable, ahora va en dirección al Este: El imperio americano en busca de las fronteras del Islam y de los talibanes; el franco-germano ha absorbido ya a los eslavos y a los rusos y va tras los mongoles, tardará cien años en iniciar su regreso hacia Occidente con un nuevo Gengis Khan, un Stalin, u otro azote de Dios dirigiendo las huestes de los 'bárbaros'; ya cayeron en su elongación la Cortina de hierro, el Muro de Berlín, la Cortina de bambú y en el caso de la insurgencia colombiana la Cortina de fique. El papel de árbitros que tenía este movimiento en la política nacional como definidor de los procesos electorales también pasó; se acabó su influencia en agudizar las tensiones sociales y sindicales; se acabarón «los territorios 'liberados'», ahora los guerreros son meros de cargadores de bombas, enterradores de minas quiebrapatas o mensajeros de amenazas con declaratorias de objetivo a militar contra el indefenso ciudadano.
En resumen se llega al desolador resultado de que el esfuerzo de lo que se hizo por tantos bienintencionados en esos cuarenta años fue vano; se desfiguró la finalidad por la alianza con el narcotráfico, se degrado la calidad de la lucha al haber aceptado el terror contra la sociedad como arma válida; se redujo al guerrero a un mero velador o celadosr de los cultivos de coca o de los rehenes. Se envileció el valor de persona al convertirla en un simple objeto de intercambio. Las vidas ofrendadas en la guerra, las cobradas con el terror o en el combate y las malgastadas en el cautiverio por rehenes y centinelas fueron, son y serán un tributo absurdo y atroz a la estupidez humana.