Google

El círculo amarillo

Norberto Insuasty Plaza

Ella está allí, muda, y las gotas resbalan ruidosas por sobre la techumbre de palmas de la estancia mayor en donde todos, ahora, se reúnen para darse calor, para pasar el día, la tarde, la noche, y ya van tantos días, tantos meses, tantos y tantos, que resulta mejor contar por años. Desde hace doce días con sus noches llueve sin parar y todos callan, todos se enfundan en lo mejor que tienen para capear el temporal, porque agua, alguien lo dice, es lo que siempre cae por aquí, en ésta fábrica espesa de oxigeno, en éstos verdes pulmones del mundo, en éste territorio que, sin serlo, es del Estado o, en su defecto, del que pueda tomarlo.

Vestida de camuflado, a pocos metros de distancia, ella sería indiferenciable de cualquier combatiente, salvo por su palidez de citadina y por no portar un fusil. Durante los últimos seis meses cruzó ciento cuarenta y cinco círculos de seguridad, en su mayoría rojos y amarillos. Los círculos de seguridad tienen los colores de la bandera nacional: amarillo, azul y rojo. Los rojos se trazan en áreas generalmente urbanas, y en espacios rurales controlados por las fuerzas legítimas contrainsurgentes del Estado, o por las fuerzas ilegítimas, igualmente contrainsurgentes, de corte paramilitar; los amarillos, como alguna vez lo expresara el gran timonel, en aquellos territorios en donde la guerrilla “se mueve como pez en el agua”; y los azules, en aquellos santuarios inexpugnables en el corazón de las tinieblas de la selva en donde se asegura la perdurabilidad de los máximos comandantes, esto es, como lo expresara una consigna, la dignidad misma de la nación.

Como en una especie de espectro, la seguridad disminuye al máximo con el corrimiento al rojo, pues allí los círculos, que bien pueden tener otra figura geométrica, se miden por metros, por cuadras, por tugurios, o, en muchos casos, por extensos barrios y comunas populares.

De cualquier forma, nadie sensato da un paso en la guerrilla si no está, en principio, protegido por un círculo de seguridad, el cual garantiza, a quien se encuentre dentro de sus límites, que en el desplazamiento inmediato no encontrará enemigos a la vista. A lo anterior siempre hay que acotar los impredecibles márgenes de error que para cualquier seguridad depara la cotidianidad de la guerra, sujeta a la sorpresa, la delación, la traición, y al berenjenal de errores que normalmente encadenan los estados de ánimo de los combatientes a la complejidad organizacional de cada empresa militar.

En los círculos rojos de las grandes ciudades la inminencia de la muerte es tan alta que apenas si resulta comparable, por lo impredecible y violenta, con el primitivo “estado de naturaleza” que describió Thomas Hobbes cuando la humanidad, no socializada aún, y sobre excitada salvajemente tras la satisfacción individual de intereses egoístas, se enfrentaba brutalmente en una guerra de todos contra todos, lo que motivó al sabio inglés a esclamar: “Homo homini lupus”. Pero una luz quedaba aún antes de aquel primer peligro de exterminio total, y, entonces, a alguien se le ocurrió un artificio para que cada cual pudiera continuar con la satisfacción de sus intereses egoístas, al parecer genéticos e irrenunciables, sin necesidad de matarse, esto es, designar a un Soberano, a un Todopoderoso, guardián de las normas y el orden, con la capacidad para decir “Sí o No”, sin apelación, y punto, ante lo cual, maravillados, todos estuvieron de acuerdo con el original contrato, y jubilosos llamaron al nuevo esperpento “sociedad civil”.

Ahora ella está allí, muda, en un círculo amarillo, y su ángel de la guarda, que también puede colocarle una bala en la frente si se produce un intento de rescate o un improbable intento de fuga, no le quita ni por un segundo los ojos de encima. Ella también lo mira, tal vez ni lo ve, su mirada se va y se va, se deja ir, como sin querer y a pensar de ella, perdida tras esa niebla entre gris y blanca que ahora lo invade todo, como si buscara tras las montañas lejanas, y por un instante, su vida, su ser, su devenir, su pasado, su nostalgia, esa la de sus coqueteos definitivos con la más alta cultura, esto es, la de su radiante y feliz ir y venir de muchos años entre la silenciosa rue langlois, en Anthony, y el número 54 del Boulevard Raspail, sede de la muy reconocida Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en pleno corazón del quinto arrondissement de la ciudad Luz. Sí, ella, la que regresó para medírsele con la sola fuerza de las palabras a los altos destinos de la política, ahora está allí, humillada en un círculo amarillo de mediana seguridad en el alto río Caguán.

Alguien dirá, todo se aprende, todo se asimila, e importa poco si no, pues al fin y al cabo la vida busca su curso, hasta que todo sea borrado algún día de la faz de la tierra, más sin embargo, con qué dificultad se aprende y se asimila lo inesperado, sobre todo cuando se levanta como una pared infranqueable en el camino de los sueños, esos, precisamente, que nos permiten sobrepasar una hora más, un día más, y que nadie por todopoderoso que sea nos puede arrebatar.


Inicio

Correos

Ingrid en la inmensidad de la selva

Pensando en ella

A Ingrid



Diseño y Desarrollo Web