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Gomorra

Francisco Cifuentes

Como tantos otros, este era un caserío que surgió en una convergencia de caminos cuya única industria era el comercio. Pero bien visto, era un punto estratégico donde se sabía que su control llevaba también a controlar la entrada a todos lo pueblos que quedaban más allá del desierto. Eso consideraron los estrategas del ‘señor’ y lo sabían los del gobierno. Por eso reforzaron sus guardias con garitas y barricadas, y doblaron el número de agentes y pertrechos.

Sin embargo la tensión por el dominio de la población aunque era fuerte no fue óbice para durante años las cosas se mantuvieran en calma.

Fue la imprudencia de un serafín, que desobedeciendo al ‘señor’ –tal vez aburrida de estar encerrada y solo para su servicio y adoración– lo que rompió el desequilibrio. Se apareció de repente en una cantina de las veredas cercanas. Su belleza deslumbrante fue notada por el más distraído. La noticia se regó en la región, los agentes montaron un operativo y en una corta refriega fue muerto(a).

El ‘señor’ ciego de ira prometió venganza. Él quería escarnio y dolor, la muerte de su querubín favorito lo trastornó. Dicen que casi enloqueció de dolor. Dicen que juró venganza y que arrasaría ese pueblo, y que no dejaría piedra sobre piedra.

La amenaza del castigo del ‘señor’ fue conocía desde mucho antes del día de la toma, tanto que las gentes lo olvidaron, o se ocuparon de sus bestias y sus chivos con tal ímpetuque no tomaron en serio la gravedad de la desobediencia, ni la crueldad de la mano.

Pero ese día sí notaron perplejos mucho silencio. Parecían todos como alelados, dice el cronista. Y mucha gente se perdió de repente. Los agentes se recogieron temprano y no hablaron con nadie, por el cansancio que producen días y días de tensión sin que pase nada, no tomaron mayores precauciones. Nadie tampoco les quiso decir que pasaran buena noche, porque el presagio de la tragedia era inminente y hubiera sido cínico decirles algo así. «Pobrecitos» murmuraban a sus espaldas, sabiendo el sino que los esperaba. Nubarrones oscuros aparecieron en el cielo en una tarde de verano, las chicharras no atormentaron los oídos, o era tanta la tensión que nadie las oyó.

Los ángeles del ‘señor’ se presentaron en la noche anterior en los sueños a los justos y a otros les mandaron razón de que salieran y les advirtieron que el castigo a que los someterían sería severo –llovería fuego–, por eso el pueblo estaba medio desocupado esta tarde.

La toma se inició sin resistencia en las pocas calles donde aparecían hombres como hormigas, todos los agentes estaban ya en su cuartelillo, la gente andaba curioseando a prudente distancia de los guerrilleros para ver como los iban a asaltar y a matar. Herencia ancestral del circo romano. Los camarógrafos de la televisión llegados desde la capital, estaban solícitos al ángel (Ariel) que oficiaba de director de escena. El levita salió al encuentro de ellos, su Dios era el mismo de ellos, si no se hacía una interpretación muy estrecha de las escrituras. Se ofreció a llevar el megáfono para intimar la rendición investido su autoridad y así acabar rápido con el asunto. Una bala que rebotó cerca de él, lo puso en estampida. Las balas comenzaron a silbar, luego vino el tropel de los que traían las pipetas de gas. El estruendo del primer estallido paralizó hasta al más valiente. La gente corrió despavorida a sus casas, ya no querían saber nada del castigo. Nadie durmió. En la mañana aún sonaban ráfagas dispersas. Ya todos estaban fatigados, hasta los mismo ángeles parados en las esquinas de la retaguardia, –zurrones dijo un blasfemo–, querían también un rápido fin a la guardia que estaban montando. Los agentes supervivientes a las balas, las esquirlas de las bombas, y las llamas del ataque con gasolina, salieron de las ruinas de su cuartel, fatigados y heridos con los uniformes en jirones, pero con dignidad y resignados a su muerte. El ‘señor’ cumplió su palabra. Los agentes fueron paseados desnudos por las calles, castrados, sus testículos metidos en la boca, ninguno se doblegó –debieron hacer un pacto de muerte antes de salir del cuartel– ni imploró por su vida; lo que enardeció aún más la ira del ‘señor’, que desde lo alto de una colina cercana veía el humo que salía del pueblo y dirigía por celular a los arcángeles que cometían el oprobio. Al medio día, los agentes, recibieron el tiro de gracia para alivio de los pobladores –descansaron en paz–.

Al los habitantes se le perdonó la vida y el arrasamiento de sus casas; su castigo fue someterlos a la esclavitud. Los justos regresaron en la tarde y desde entonces no trabajan; esperan sentados en los bancos del parque que los esclavos, cada quince días, les hagan las ofrendas de expiación y entreguen los tributos que anotan en letra cuidadosa en planillas que llenan junto a los formularios de chance. Porque esas son las leyes de la guerra.

En la noche siguiente llegaron los refuerzos, un piquete. Los ejércitos del ‘señor’ dejaron la población para que los agentes recogieran a sus muertos, –el blasfemo dice que huyeron despavoridos dejando hasta las alpargatas en la plaza–. Los recogieron en silencio, con rabia. Al amanecer sólo había piedras, esquirlas y una bota ensangrentada; las calles estaban desoladas. Ninguno gomorreño se escapó al castigo; es y será por los siglos de los siglos un pueblo triste y oprimido. Son los designios del ‘señor’.

En sus casas clandestinamente se apegan a la oración:

Recuerda, Señor lo que nos ha pasado; míranos, ve cómo nos ofenden.
Todo lo nuestro está ahora en manos de extranjeros; ahora nuestras casas son de gente extraña.
Nuestra propia agua tenemos que comprarla; nuestra propia leña tenemos que pagarla.
Nos han puesto un yugo en el cuello; nos cansamos, y no nos dejan descansar.
Ahora somos dominados por esclavos, y no hay quien nos libre de sus manos...

Febrero de 2001


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