El alboroto que se ha armado en torno a las próximas negociaciones del gobierno de Colombia con el de los Estados Unidos para acordar un tratado de libre comercio (TLC), demuestra como es de ingenua la clase dirigente empresarial y la clase política si se toman en serio sus declaraciones públicas. Es un hecho cierto que tarde o temprano caerán las barreras arancelarias que protegen los productos de uno y otro lado de las fronteras. También que los intentos hechos por Colombia, por ejemplo, con el pacto andino fracasan una y otra vez por motivos ajenos a la intención del gobierno pero por actos arbitrarios de los gobernantes de los otros países, o de los industriales y comerciantes. Venezuela por ejemplo cerró la frontera a las empresas de transportes, congeló el pago de la deuda de comercio y cometió todos los atropellos posibles de un pacto que llevaba años. Chile se apartó en su momento y creo recordar que Bolivia lo hizo también, cuando los empresarios de ese país pensaron que no les era favorable a sus intereses.
Las restricciones de comercio de un país a otro se conocen desde antiguo y buena parte de las guerras han tenido su raíz en ellas. Para los lectores de historia, por ejemplo la corona española prohibía el cultivo del olivo en sus colonias, para mantener el privilegio de las exportaciones del aceite de sus plantíos. Sólo en Villa de Leiva y en un sector de Caldas se permitió este cultivo. La guerra americana con Inglaterra se dio como pretexto de un impuesto al té. Uruguay debió someterse a no producir paños por imposición del gobierno inglés. En los tiempos actuales la guerra es obsoleta pero los efectos de las decisiones de los países dominantes son devastadores en lo social y lo económico. Por ejemplo, el gobierno de los Estados Unidos se retiró de la organización internacional del café (OIC) y dio al traste con el precio artificial del grano que se mantenía por encima del dictado por las leyes económicas por el establecimiento de cuotas y hundió en la pobreza a grandes masas de campesinos caficultores muchos de ellos colombianos. La historia de estos incidentes no interesa a nadie; por ser de alto vuelo político o ser pasado, excepto que afecta a todos los ciudadanos. La última de estas imposiciones unilaterales se dio con la reforma del artículo 58 de la Constitución en el año 99 con la que el gobierno colombiano para adecuarse a las exigencias del inglés que quería proteger a los inversionistas de la expropiación sin pago y el someter la indemnización a debates inciertos en el parlamento; suprimió una parte del artículo.
La supresión del texto constitucional fue:
“Con todo, el legislador, por razones de equidad, podrá determinar los casos en que no haya lugar al pago de indemnización, mediante el voto favorable de la mayoría absoluta de los miembros de una y otra cámara. Las razones de equidad, así como los motivos de utilidad pública o de interés social, invocados por el legislador, no serán controvertibles judicialmente.”
Bien puede leerse acá a quienes se favorecía con la reforma y evaluarse el efecto de entrega de la soberanía en el poder de expropiar sin pago que tenía el gobierno nacional.
Con la nueva oferta del imperio son los exportadores de uno y otro país quienes verán desaparecer las barreras arancelarias en un plazo de tres años. Ambos piensan en las economías del país contrario y ambos ven las ventajas de la integración de sus mercados sin el sobrecosto del arancel.
Pero es obvio que la correlación es desequilibrada desde todo punto de vista. La productividad de uno de los dos es superior, la calidad de sus productos inducida o real es superior, la novedad de los productos, la tecnología empleada en la producción y casi cualquier factor que se considere en esta comparación se sabe de antemano quien es el dominante.
Colombia como país sólo puede ofrecer sus legiones de trabajadores desempleados como elemento competitivo en su economía y la abundancia de los recursos no renovables inexplorados que están a disposición del arrasador si los necesita, y con la esperanza remota de que con la involución de las tendencias del consumo americano a lo artesanal, se encuentre cabida para los productos de estos ciudadanos periféricos.
Ante lo inexorable del proceso sólo queda decir que es necesaria una campaña oficial en gran escala para encontrar una arteria con la cual se pueda nutrir la economía nacional, pues el panorama con lo que se está diciendo es el del empobrecimiento extremo de los ya pobres y el distanciamiento de aquellos industriales y sus obreros que logren nivelar las desventajas y puedan ofertar sus productos competitivamente. De resto lo que se diga sobre un mercado de doscientos millones y todo lo demás, es un simple chorro de babas.
El Tratado de libre comercio de Colombia y los Estados Unidos está a punto de materializarse según los informes periodísticos, y el presagio es que su implantación será inevitable y pronta.
Recientemente he visto en televisión una serie de programas sobre la economía mundial que rescatan las teorías de Hayek en su libro “El camino a la servidumbre”, y que refrescan la historia del proceso liberación del comercio chileno en la época oscura de Pinochet bajo los consejos de quien fuera más tarde nobel de economía Friedman.
Hoy 18-05-04 se organiza una huelga de sindicatos de burócratas oficiales contra el TLC, «para defender los derechos de los trabajadores» y ayer se oían voces de algunos industriales pidiendo que su cuota o su privilegio no fuera excluido, como si a estas alturas pudiera hacerse algo que alterara el curso central de la negociación.
Se ve en esto la ingenuidad del subdesarrollo y la ignorancia de las tendencias y efectos actuales de la economía mundial que no solo arrasaron con el muro de Berlín, la cortina de hierro y la cortina de Bambú; sino que forzaron a los europeos a ceder sus orgullos nacionales, sus monedas y buena parte de sus culturas.
Que hayamos estado, como país, mal preparados para enfrentar esta negociación no es disculpa para tener que afrontar lo que viene, que no serán ciertamente los ríos de leche de miel que se nos prometen. Se requiere una mayor difusión de las consecuencias de esta negociación y un plan social y de reingeniería gerencial para los que serán barridos por estos nuevos vientos del progreso.
No hay que espantarse como individuo y tampoco hay sitio a donde salir corriendo, pero si hay que reflexionar y mucho sobre como se manejará el impacto social del estartazo de esta nueva situación: el desempleo inicialmente puede llegar al 30%, según las experiencias chilena y polaca; la reducción de los ingresos por aranceles forzarán una reforma fiscal con el doble efecto de incremento en los impuestos y adelgazamiento de la burocracia estatal, sin dejar por fuera que somos una país en guerra y que nuestros “mejores hombres” no están en las “usinas” sino en los montes limpiando los cañones de sus armas.
¡Suerte Colombia!, ¡ánimo colombianos! son las exclamaciones que se me ocurren para entrar en este nuevo ciclo de la historia al que creo nos estamos montando cuando ya las mejores sillas estaban ocupadas.
Las últimas novedades
Las negociaciones avanzan y los despiporres abundan, lo que me hace ratificarme en que muy pocos quieren entender lo que es un Tratado de Libre Comercio, –la caida de los aranceles–, pero el hermano mayor no podrá ahorcar al menor. No estamos preparados, no estaremos preparados y tampoco hay que hacer nada para prepararse por que implicaría una inversión en infraestructura para llegar a los mercados americanos que también es una vía de doble entrada de sus productos. Lo único que podemos aportar como país son el elemento humano: brazos, piernas, y cerebro. Ya está historia se vivió en el desarrollo venozolano y es un capítulo cerrado. Ahora, según algunos, tenemos medio millón de 'trabajadoras sexuales' o como la quieran llamar los eufemistas, dos o tres millones de 'esclavos modernos' y doscientos mil cerebros fugados dispersos por todo el mundo, suficientes para ser el renglón más notable de la balanza comercial con sus remesas. La diferencia, en esta nueva relación, es que nos someteran o eso dicen los economistas acá. "Peor que ser explotado es no tener oportunidad de serlo" creo se lo leí a Ruddy. Es paradógico que se defienda encarnizadamente como patrimonio nacional de la biodiversidad a "la machaca" y se entregue impunemente y sin reparo a la metrópoli el patrimonio genético humano, –lo mejor del patrimonio genético– los más aptos, las mas bellas y los mejor preparados sin que se oigan voces ministeriales contra ese saqueo, sin que se haga nada por prevenirlo. Pero hay siempre un límite y un contrapeso cuando estemos sin un dolar para comprar nada el mercado americano y endeudados hasta el cogoyo, tendrá nuestro socio que aceptar los productos colombianos irremediablemente. Lo único angustiante es que los gobernantes hagan lo mismo que hicieron sus pares mejicanos y argentinos y en las primeras saqueen al país. Pero si hay gobierno, con toda seguridad, habrá progreso, porque la gente colombiana sabe por su lucha contra el hambre y contra el desorden que lo que necesita es una oportunidad, una entrada en las ligas mayores; con su ingenio desarrollado por la supervivencia, su reciedumbre fortalecida en la guerra y su corazón siempre festivo y optimista son el gran capital de este país.
Un segundo frente favorable, pero anatemizado, la droga, podría ser la salvación de esta nueva sociedad. Implicaría hacer propuestas realistas de que hay 40 millones de consumidores que prefieren soñar despiertos y vivir dormidos, que han renunciado al Prozac como bálsamo liberador y que pueden llegar a constituir una mayoría definitoria. En este caso, las sabanas y montañas colombianas reverdecerían con los cultivos de las yerbas malditas, ya que el cafe y el tabaco no son estimulantes lo suficiente fuertes para alcanzar el trance liberador de las angustias.