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Decisiones críticas

Francisco Cifuentes

Colombia parece estar colgando siempre de un hilo y en consecuencia, todos los procesos que aboca el gobierno son críticos para que ese hilo no se rompa y no caiga el país en el vacío.

En estos momentos hay dos procesos de paz paralelos con grupos irregulares y es difícil decir cual de los dos es más crítico. En la gama de opciones universales y del peor escenario, es mejor que se esté negociando que no estarlo. El afloramiento de las dificultades en cada uno hace desalentar a los más optimistas.

En primero –con las AUC– tenemos los problemas de la identidad y el pasado de los negociadores; la labor de los periodistas sacando y trayendo trapos sucios que se atraviesan a la rueda de las negociaciones; que con sus preguntas ponen contra la pared al alto comisionado, fuerzan a declaraciones inoportunas a los mediadores internacionales y distraen el eje del tema y del problema; su prioridad parece ser la «chiva periodísticas» más que el proceso avance o la información del desarrollo sobre el mismo. Como si fuera poco los defensores de la humanidad –Vivanco entre otros– amenazan al gobierno con el látigo de la opinión internacional para que no se dé el perdón y olvido; para que los asesinos de motosierra se entreguen pacíficamente y de contera si traen la herramienta ensangrentada mucho mejor para poder judicializarlos; por otra parte los «políticos demócratas» acostumbrados a ver con lentes de diversos colores la realidad de la desangrada Colombia niegan el estatus de insurgencia política a los responsables de los descabezamientos de antaño y parecen no tener interés que el problema tenga una solución negociada.

En el segundo proceso de paz –con el ELN– el delirio que ha caracterizado a estos quijotes derribadores de tubos de petróleo, a falta de molinos de viento, equalizadores de los pensadores liberales desarmados, bloqueadores de carreteras y minadores de los campos por excelencia, delirio que aparece cuando pretenden imponer de entrada la convocatoria a una nueva asamblea constituyente y a una nueva Constitución política sin proponer nada en concreto, excepto según recuerdo, la de federalizar el país. Los apoyan prestigiosos corifeos de la sociedad civil, que dudo tengan conciencia de los efectos de esta descocada propuesta. Con este grupo insurgente son más indulgentes los periodistas, los resarcidores y reparadores internacionales de la injusticia y los analistas políticos. Los insurgentes tampoco quieren tirar por la borda su pasado glorioso y siguen arrastrando sus muertos momificados como si el tiempo no hubiera corrido en su contra. Son costumbres inmemoriales de los pueblos guerreros –creo que eran los moches los que llevaban en andas a sus momias en los combates–, pero ya olvidadas por las generaciones que han vivido esta guerra solo por los titulares de prensa.

Es crítico pues la solución del nudo y es difícil hacer propuestas que contribuyan a encontrar el camino, hay que hacerlo si se quiere un futuro mejor, porque el presente no sonríe para muchos colombianos que han padecido el horror de la muerte, el secuestro, la incorporación obligatoria de sus hijos como cuota de guerra, el desplazamiento y desarraigo de sus parcelas y sus entornos; todo en nombre la liberación del pueblo.

Lo primero es que hay que hablar abiertamente es del narcotráfico, este fenómeno ha permeado la sociedad colombiana y con más énfasis los movimientos irregulares que se han convertido en simples administradores y embarcadores de la sustancia prohibida. Si se soslaya este tema se llegará a un punto muerto en cualquier negociación. Que haya hombres inmensamente ricos en la mesa de negociaciones, para mí, es más una garantía que una desventaja, pues si ellos fueran meros raspachines los acuerdos carecerían de peso. Que haya como negociadores de la contra parte unos colombianos pedidos en extradición por la metrópoli es mejor, pues ellos tienen en el cuello el dogal de la justicia extranjera y sobre esa amenaza harán concesiones que nunca considerarían en otro esquema.

El tema del narcotráfico debe pues, ser un tema dominante en ambas mesas e involucra una actitud diferente de la sanción, compromete a los gobiernos de las potencias consumidoras y requiere negociar previamente con los gobiernos de estos países sobre la impunidad del comercio pasado y el perdón de los arrepentidos.

El segundo tema que hay que hablar abiertamente el proceso es sobre la crueldad y el horror. Que haya arrancacabezas, pirómanos o minadores en las mesas de negociaciones es mejor a que sean un grupo de cobardes o pusilánimes pues ellos son los que deben lavar sus manos del pasado y si es necesario besárselas para que se reintegren a la sociedad se hará, como lo hizo Príamo con el divino Aquiles. Si los más tenebrosos personajes de esas organizaciones dicen se acabó el baile, todos los inferiores apagarán el pick up y saldrán de la sala. Aquí hay que luchar en estas mesas contra la intromisión los justicieros internacionales que tienen sus cajas resonancia en la sensiblería de la Unión Europea y sus montajes en las ONG, hay que distanciarlos de la negociación, de los foros sobre soluciones al conflicto. Sus aportes son insensibles a la dura vida de la violencia armada porque sus metas están por encima de las fronteras nacionales. Ellos son defensores de la humanidad, no de los colombianos.

El perdón con los irregulares hay que darlo con magnanimidad, sin pedir relatos horripilantes de las fechorías, sin pedir confrontaciones de verdugos y víctimas, sin crear esperanzas de reparaciones imposibles en las ya de por sí acongojadas y devastadas víctimas.

La ceguera es una virtud que se otorgó a la diosa justicia –nos lo recuerda Hayek– para que el sentido del golpe de la espada no se vea afectado por el rostro de dolor del sancionado. Dhritarashtra se negó a recuperar la visión para no ver morir a sus hijos en la batalla entre kurus y pandavas. Ciegos, sordos y mudos debemos ser los colombianos en el final de este proceso, si no queremos embarcarnos en una nueva interminable guerra de retaliaciones.

El tercer tema áspero es el de la política partidista que proponen ejercer los movimientos. Debe debatirse una vez se hayan superado los anteriores, no antes, porque los escollos de la droga y el derecho humanitario tienen interesados extranjeros poderosos que hay que alinear previamente. Ellos pueden descarrilar cualquier tren que no los consulte porque tiene los medios y no tienen el miedo que nos aflige –viven en paraísos–.

Pero las concesiones sobre política no deben arrastrar al negociador a aceptar el embeleco de una nueva Constitución impuesta por los «diez mil». Si los irregulares tienen un proyecto político –así sea el cubano de hace cuarenta años–, que lo expongan abiertamente y lo hagan prevalecer con la razón, aunque tal vez demoren cien años en comprender que el pueblo, sin historia, «eterno», era pueblo antes de iniciar ellos su gesta liberadora, y seguirá siendo pueblo en sus rasgos esenciales luego de la negociación. Siguiendo a Spengler, la nación es un símbolo de cultura que está en la cabeza de una minoría encerrada en los libros y, agrego yo, recordando el final de la película de Kurosawa sobre los siete samurais que al pueblo lo que le importa es vivir y dormir sin zozobra: primero esclavo que muerto en contravía con el proverbio de Frisia.

El cuarto tema duro como el que más, será el de los secuestrados que deben regresar a sus hogares, para dar luz los suyos con la sonrisas de que vendrá un mundo mejor. No permitir que se utilicen como producto de intercambio en el proceso.

Por último, a pesar la crisis pensional, prepararse y crear las condiciones para que el Estado sea el sostén de estos dos nuevos ejércitos de «veteranos» desocupados, por los siglos de los siglos. 


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