John D. Bernal ha seleccionado un texto de los egipcios sobre el tema del trabajo intelectual y el manual que cae bien leerlo en esta notas sobre la lectura, pues se revela como el carácter del escriba no es más que otra forma diferente –y cómoda– de ganarse la vida.
“En un fragmento de un papiro egipcio bastante antiguo, aunque no se ha podido precisar su fecha, se muestra un ejemplo muy interesante de esta nueva actitud. Se trata de las instrucciones que da un padre a su hijo, al enviarlo a estudiar al «Colegio de Escribas»:” [1]
«Yo he considerado violento el trabajo manual; ofrenda tu corazón a las letras. También he reflexionado acerca del hombre que está liberado del trabajo manual, ciertamente no hay nada más valioso que las letras. Como un hombre que se zambulle en el agua, así debes calar por ti mismo en las profundidades de la Literatura de Egipto ... Yo he visto al herrero dirigiendo su fundición, también he visto afanarse al metalúrgico ante el horno encendido. Sus dedos están como la piel del cocodrilo y apestan más que los huevos de pescado. ¿Y qué me dices del carpintero cuando labra o corta la madera?; ¿acaso puede tomarse mayor descanso que el labriego? Sus campos son la madera, sus instrumentos de labranza son el cobre. Y en la noche, cuando ha terminado su trabajo, sigue trabajando más que sus brazos (durante el día). En la noche, enciende una lámpara...
La suerte del tejedor que trabaja en una barraca cerrada resulta peor que la de la mujer. Sus muslos están encogidos oprimiendo su pecho, sin que pueda respirar libremente. Por un solo día en que deje de producir la cantidad de tela que tiene asignada, es golpeado como el lirio en los estanques. Únicamente sobornando a vigilantes de las puertas con (sus) pasteles, puede lograr ver la luz del sol ... Te digo que el oficio del pescador es el peor de todos los oficios; en verdad no vive sino para (su) trabajo en el río. Se mezcla con los cocodrilos y cuando faltan los macizos de papiro tiene que gritar (para obtener auxilio). Si no le dicen dónde acecha el cocodrilo, el temor ciega sus ojos. En verdad, no se puede encontrar alguna ocupación que sea mejor que la profesión del escriba, que es la mejor de todas.
El hombre que conoce el arte del escriba es, por ese solo hecho, superior; sin que se pueda decir lo mismo de ninguna otra ocupación. Yo te la señalo a ti. En verdad, cada trabajador reniega de sus compañeros. Nadie dice al escriba, "ara los campos para fulano"... Un día (transcurrido) en la cámara de instrucción es mejor para ti que la eternidad fuera de ella; los trabajos que se realizan allá (perduran como) las montañas... En verdad, la diosa Rennit está en el sendero de Dios. Ella presta su apoyo al escriba, tanto el día de su nacimiento como el día en que, convertido en hombre, entra en la Cámara del Consejo. En verdad, no existe escriba que no coma la comida de la Casa del Rey (¡vida, poderío y salud para él!)» [2]
[1] John D. Bernal, La ciencia en la historia, traducción de Eli de Gortari.
[2]Budge, E. A. W., Egyptian Hieratic Papyri in the British Museum, 2ª serie, Londres, 1923.