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Pueblos y ciudades

Oswald Spengler

En el campo sin ciudades, la nobleza fue la primera que representó a la nación en sentido elevado. Los aldeanos, sin historia, «eternos», eran pueblo antes de iniciarse la cultura: siguen siendo pueblo primitivo en rasgos muy esenciales y sobreviven a la forma de nación. La «nación», como todos los grandes símbolos de la cultura, es posesión íntima de po­cos hombres. Hay que nacer para ello, como se nace para el arte y la filosofía. Hay en esto algo que corresponde a la di­ferencia entre creador, aficionado y lego; y lo hay tratándose de la polis antigua, como tratándose del consensus judaico o de un pueblo occidental. Cuando una nación se enciende en entusiasmo para luchar por su libertad y su honra, siempre es una minoría la que «entusiasma» a la multitud, en el pro­pio sentido de la palabra. ¡El pueblo despierta! Estas pala­bras son mucho más que un tópico habitual. Se manifiesta ahora realmente la vigilia del conjunto. Todos esos indivi­duos que ayer aún andaban presos en un confuso sentimen­talismo aplicado a la familia, a la profesión, quizá a la aldea natal, son hoy, de repente, ante todo hombres de su pueblo. Su sentir y su pensar, su yo, y con él el conjunto unitario en ellos, se ha transformado profundamente; se ha hecho histó­rico. Entonces es cuando el aldeano inhistórico se torna miembro de la nación; para él despunta ahora una época en que vive la historia y no se limita a verla pasar.

En las ciudades mundiales es donde, junto a una minoría que tiene historia, que vive en sí la nación. que siente en sí representada la nación y quiere dirigirla, se produce otra mi­noría de hombres literarios sin tiempo, sin historia, hombres de razones y causas, no del sino, hombres que, ajenos ya por dentro a la sangre y a la existencia, son pura conciencia vigi­lante, y no ven en el concepto de nación ningún contenido «racional». Y es la verdad que estos hombres ya no pertene­cen a una nación. Todo «pueblo culto» es una corriente de existencia; pero el cosmopolitismo es mera asociación de «inteligencias». Hay en todo cosmopolitismo odio al sino, y sobre todo a la historia como expresión del sino. Todo lo na­cional es racional, hasta el punto de no encontrar lengua ex­presiva; y en todo lo que exige pensamiento se manifiesta inhábil y desamparado. El cosmopolitismo es literatura; fuerte en argumentos y muy débil cuando ha de defenderse, no con argumentos, sino con la sangre.

Precisamente por eso esta minoría, espiritualmente supe­rior, combate con las armas del espíritu, porque las ciudades mundiales son puro espíritu, sin raíces, posesiones mostren­cas del hombre civilizado. Los «ciudadanos del mundo», los entusiastas de la paz universal y unión de los pueblos -en la China de los «Estados en lucha», como en la India bu­dista, como en el helenismo y como en la actualidad- son los directores espirituales del felahismo. «Panem et circen­ses!» He aquí la otra fórmula del pacifismo. En la historia de todas las culturas ha habido siempre un elemento antina­cional, aunque no tengamos noticias de él. El pensamiento puro, orientado hacia sí mismo, ha sido siempre enemigo de la vida, y, por lo tanto, hostil a la historia, antiguerrero, sin raza. Recordad el humanismo y el clasicismo, los sofistas de Atenas, Buda y Laotsé. Y no hablemos del apasionado me­nosprecio que los grandes defensores de las cosmogonías sacerdotales y religiosas sintieron siempre hacia toda ambi­ción nacional. Muy distintos, sin duda, son estos ejemplos entre sí. Pero todos concuerdan en reprimir el sentimiento cósmico de la raza, el sentido político y, por lo tanto, na­cional de los hechos -right or wrong, my country!-, la de­cisión de ser sujeto y no objeto de la evolución histórica, pues no hay más que esas dos actitudes posibles; en suma, la voluntad de poderío, sustituyéndola por una propensión o tendencia, cuyos directores son muchas veces hombres sin instintos originarios y, por lo mismo, esclavos de la lógica, hombres que viven en un mundo de verdades, de ideales, de utopías, hombres librescos que creen poder reemplazar la realidad por la lógica, la fuerza de los hechos por una justi­cia abstracta, el sino por la razón. Esto empieza con los hom­bres del eterno miedo, los que se apartan de la realidad y se retiran a los claustros, a los cuartos de trabajo, a las comuni­dades espirituales, y declaran que la historia universal es in­diferente; y termina en toda cultura con los apóstoles de la paz universal. Cada pueblo en el curso de su historia llega a tal punto de decadencia. Las cabezas mismas forman ya un grupo fisiognómico aparte. Ocupan dichos hombres un lu­gar eminente en la «historia del espíritu» -entre ellos hay una larga serie de nombres ilustres-; pero desde el punto de vista de la historia real su valor es mínimo.

El sino de una nación sumergida en los acontecimientos de su mundo depende de la fortuna con que la raza logre ha­cer históricamente inocuo ese fenómeno. Acaso pueda de­mostrarse hoy todavía que en el mundo de los Estados chi­nos consiguió, hacia 250 a. C., la victoria final el imperio Tsin porque su nación fue la única que se había conservado libre de los sentimientos taoístas. Desde luego, si el pueblo romano venció a todos los demás de la Antigüedad, fue por­que supo aprovechar para su política los instintos felahs del helenismo.

Una nación es una humanidad reducida a forma viviente. El resultado práctico de las teorías que aspiran a mejorar el mundo es, por lo regular, una masa informe y, por lo tanto, ahistórica. Todos los apóstoles cosmopolitas. lo sepan o no, defienden ideales felahs. Su éxito significa la anulación de la nación en la historia, para provecho, no de la paz eterna, sino de otros hombres. La paz universal es siempre una reso­lución unilateral. La pax romana no tuvo para los soldados imperiales y los reyes germánicos más que un sentido prác­tico: el convertir una informe población de cien millones en objeto sobre el que ejercitar la voluntad de poderío de los pequeños enjambres guerreros. Esta paz hizo tantas víctimas pacíficas, que a su lado se reducen a la nada las de la batalla de Cannas. Los mundos babilónico, chino, indio y egipcio pasaron de las manos de un conquistador a las de otros y pa­garon la lucha con su propia sangre. Tal fue su paz. Cuando en 1401 los mongoles conquistaron Mesopotamia, levanta­ron un monumento conmemorativo con cien mil cráneos de los habitantes de Bagdad, que se entregaron sin resistencia. Sin duda, con la extinción de las naciones, surge un mundo de felahs que es superior a la historia, un mundo definitiva­mente civilizado, un mundo «eterno». Vuelve, en el reino de los hechos, a un estado de naturaleza que oscila entre larga paciencia y efímeros estallidos, sin que los torrentes de san­gre -que la paz universal no disminuye- cambien nada en absoluto. Antes sangraron para sí; ahora sangran para otros, y aun muchas veces para su solo mantenimiento. Esta es la diferencia. Un jefe de puño firme que reúna diez mil aventu­reros puede hacer lo que le venga en gana. Suponiendo que el mundo entero fuese un imperio único, ¿qué habría pa­sado? Que esos audaces conquistadores dispondrían para sus hazañas del máximo espacio imaginable.

Antes muerto que esclavo, dice un viejo proverbio aldea­no de Frisia. Lo contrario justamente es el lema de toda civi­lización postrera. Y todos hemos podido experimentar lo que cuesta.

La decadencia de Occidente, Oswald Spengler, traducción de Manuel Morente.


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