Lotario era uno de los campesinos que vivía en un pequeño caserío de cien ranchos distribuidos a lado y lado de una única calle que desbocaba en un embarcadero a la orillas del río Sinú. Explotaba una parcela con cultivos de maíz, situada a unos dos kilómetros del pueblo, las tierras secas no lo desanimaban cada verano a iniciar sus siembras esperando que la lluvia se presentará como todos los años.
Un atardecer, de cielo abierto, se encontraba en las afuera del caserío entrenando sus gallos finos de pelea, cuando divisó dos jóvenes forasteros bien vestidos, es decir, con ropas limpias y afeitados. La pulcritud no es corriente en las personas de esa región a menos que se trate de ir a una fiesta. Cuando fue abordado pensó que eran galleros de la ciudad que le querían comprar alguno de sus gallos. Rápidamente pasó por su mente que se ganaría unos pesos, y eligió el animal del que se desprendería, por considerarlo inferior.Los hombres además de bien educados eran conocedores de gallos. Pero no le hicieron la propuesta que él pensó. Mas bien, le preguntaron sobre el pueblo y sus gentes.
Desde hacía años éste, como muchos otros en la región,era un pueblo a la buena de Dios. No había autoridad y los problemas los resolvía un delegado que subía a las montañas de vez en cuando, cuando los problemas eran mayores y bajaba con las soluciones que le aconsejaban los amigos de allá.
Lot pronto simpatizó con los forasteros a quienes por la codicia de los negocios que tenía en mente invitó a su casa. Recogió sus gallos y se dirigió a ella pues ya anochecía. El grupo fue visto con curiosidad por casi todos los habitantes que solían sacar sus sillas de los ranchos para escapar del calor, y acogerse a la brisa fresca que el río brindaba.
La mente de Lotario, orgulloso de ser el centro de atención tuvo otro requiebro cuando pensó en sus hijas casaderas que de pronto se podrían prendar a alguno de los jóvenes forasteros.
Al llegar a su casa ordenó a su mujer que atendieraa los jóvenes, cuyos nombres ya había olvidado, que les prepara un pescado frito con patacones y yuca, y que mientras tanto, les alcanzara las totumas para tomar un poco de chicha, pues de seguro pasarían la noche en la casa, ya que por la noche estaba prohibido el tráfico de carros y el único jeep que había en pueblo no se prestaría para sacarlos a esas horas por ninguna plata del mundo. Por discreción a la curiosidad de los demás, colocó los bancos en el patio donde esperaba charlar más con los jóvenes a quienes mientras observaba, más atributos descubría. Parecían ángeles, y en realidad en la región de vez en cuando surgían leyendas de ángeles extraviados que desaparecían dejando buenas propinas a los que los ayudaban a reencontrar el camino. No prestaba atención plena a lo que decían porque su mente estaba ocupada ahora con esa otra posibilidad.
De pronto fue sorprendido cuando uno de los ángeles se levantó y lo llevó al otro extremo del patio y le dijo:
Sabemos que usted es bueno, y debe salir esta misma noche del pueblo con su mujer y sus hijas, pues...
El diálogo fue interrumpido por un tropel que se armó al frente de su casa. El joven saltó como un felino a la tula que había traído consigo. Y Lotario un tanto azorado se fue a investigar que estaba pasando. Para ser tan temprano, no era normal que hubiera peleas de borrachos.
El delegado acompañando por unas veinte personas, estaba gritando que sacaran esos hijueputas paradarles por el culo. Lotario en su inocencia respondió que ellos no eran maricones, que eran parientes que hacía rato no lo visitaban, que no molestaran a los muchachos que eran gente decente y que él respondía por ellos. Esto desarmó los espíritus belicosos, ayudado por un fuerte remolino que se alzó inesperadamente en medio de la calle polvorienta y casi encegueció a los revoltosos. Sin embargo, al dispersarse la gente, alcanzó a oír en los últimos insultos de que «se cuidara».
Trastornado por el suceso regresó donde sus invitados que estaban parados junto a la tula ya abierta. Los ángeles estaban tensos, pero amables con Lotario. Pidió que disculparan a sus vecinos porque estaban borrachos y llenos de envidia porque a ese pueblo no llegaba sino gente del monte a emborracharse y a sonsacar a las muchachas, que ese era un pueblo perdido, que por eso lo jodían a él porque no prestaba sus hijas para sinvergüencerías.
El ángel le dijo entonces ya delante de la mujer y de las hijas, tienen que salir está misma noche,porque este pueblo lo vamos a volver mierda.
Fue un choque para Lotario escuchar una mala palabra de un ser que infundía tanto respeto y admiración en él. El otro ángel asintió.
Llevó aparte a su mujer y la brisa trajo algo del diálogo que era más un discusión porque la mujer alzaba la voz.
Cómo vamos a dejar todo. Usted está loco. Cómo le cree usted a unas personas que apenas conoce.
Son ángeles, el Señor nos los mandó. Si hubieran querido matarme lo habrían hecho en las afueras del pueblo donde nos encontramos y nadie se hubiera dado cuenta.
Y para donde nos vamos a ir, no ve que las montañas están llenas de guerrilleros y hartas ganas les tienen a las muchachas.
Ellos nos protegen, el Señor nos acompaña.
Usted, pobrecito, iluso. Dejamos todo lo que hemos conseguido en esta puta vida, y no se le da nada. Yo me quedo. Cuál peligro. Entréguelos y que ellos se defiendan, quién los estaba llamando para que vinieran a este cagadero. Si los matan, ese es problema de ellos.
La discusión fue interrumpida por el ángel, decídanse ya, queda poco tiempo que ya casi llegan los comandos. Gabriel los acompañará y los dejará en un lugar seguro, yo tengo que quedarme, veré si los alcanzo luego.
Lotario recogióuna muda de ropa que envolvió en un poncho, le dijo a sus hijas que hicieran caso, escoltando a Gabriel salieron por los patios agachados en medio de la oscuridad. Gabriel llevaba una AK-47 y se había cruzado dos cintos con proveedores. Ahora vestía un traje camuflado. No usó la linterna hasta estar lejos del pueblo. Lotario pensó en sus gallos y en su mujer. Y alcanzó a oír voces de un grupo numeroso de hombres que avanzaban hacia el pueblo; alcanzó a llegarle una ráfaga de olor a hombre.
La nota del genocidio al día siguiente ocupó los periódicos, el vicepresidente de la República fue personalmente al sitio, elejército emprendió maniobras conjuntas por tierra, mar, y aire. El cuerpo de elite de los investigadores del CTI estuvo cuatro días recogiendo hasta las colillas de cigarrillo y entrevistando agresivamente a los sobrevivientes. No pasó nada más. Fue una masacre perfecta que entrará a las estadísticas de las oficinas de las ONGs defensoras del DIH.
El Sodoma es ahora un pueblo fantasma donde quedan las ruinas incendiadas, como tantos otros, porque la ira castigó a los pecadores con la muerte y a los justos con el desplazamiento.