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Ana Cecila Duque

Francisco Cifuentes

Hoy entra en mi santoral un nuevo nombre; no quiero olvidarlo. Ana Cecilia Duque, colombiana, madre de una niña, maestra de escuela de vereda asesinada por los redentores del acero que posaron de ángeles exterminadores y la enviaron directo al Cielo de los caídos en combate. Muchas otras mujeres han corrido igual suerte. Hace años me impactó un drama similar cuando, en una pequeña nota periodística, se reportó sin ningún despliegue posterior, ni reacción alguna de la sociedad, ni de las autoridades, que otra maestra de pueblo fue asesinada frente a sus alumnos por los fundamentalistas de la igualdad social. Era un peligro para el movimiento de ‘liberación o muerte, ni un paso atrás’ por su posición ideológica. Lo mismo sucedió con las muchachas de Arauca, asesinadas por hablar y flirtear con los soldados del ejército colombiano.

¿Fue este un acto de guerra? No lo creo. ¿Merece conciliar con ese tipo de asesinos? Pues mejor que se entreguen antes de que se dé el acuerdo humanitario para que entren en el intercambio y la sociedad les perdone, de una vez, todas sus culpas. Así podrán comenzar de nuevo su labor redentora cuando sean liberados y expiados.

La paz no se logra sentándose a negociar con asesinos de esta laya. Porque este asesinato no es un acto de guerra, es otra cosa horrenda que se hace con la máscara de la guerra. En estos arrebatos de dolor como el que siento es cuando se desea de todo corazón que haya otra vida de tormentos terribles para los asesinos; pero creo que el castigo no es divino, es humano. Son actos en la tierra y deben expiarse en la tierra.

He de seguir coleccionando nombres y rumiando la rabia que siento por la impotencia de no haber podido hacer algo para que Ana Cecilia siguiera entre vivos.

Nuestro Odiseo criollo lo dijo estúpidamente en su diario: “Ahora viene una etapa en la que el terror sobre los campesinos se ejercerá desde ambas partes, aunque con calidades diferentes; nuestro triunfo significará el cambio cualitativo necesario para su salto en el desarrollo”.

Ana Cecilia fue liberada de la estupidez y del terror. Que su espíritu y su sonrisa quede entre nosotros.


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