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Armando Mutis: In memoriam

Eran diez fanegadas que cuidaba con celo. Puro bosque nativo a 20 kilómetros de Fusagasugá, en la antigua vía que conduce a Bogotá. No permitía que los campesinos talaran allí ningún árbol, y él mismo se abstenía de “beneficiar” esos terrenos para cultivar y lucrarse, y entre cedros y romerones nativos los osos hormigueros paseaban tranquilos en las tardes, penetradas por el canto de mil pájaros. Podría decirse que hasta allí se prolongaba el paraíso.

En su juventud escudriñó en viejos textos laberintos teológicos y, por largo tiempo, en la ciudad capital, ejerció el oficio de maestro. Con el correr de los años abdicó del bullicio y del cemento de las urbes y como buen lector, numismático, ajedrecista y libre pensador, buscó encontrar su ser en el silencio y complicidad de esos bosques que él bautizó, La Aguadita, a donde se retiró a escribir.

Hace dos años su familia, que ahora es la mía agrandada, me habló con gran respeto de Armando, y sólo faltó decisión para visitarlo y escuchar de sus labios los pormenores de su larga experiencia de ermitaño.

Inventarió sus árboles por familias y latines, acantiló con piedras los finos nacederos del agua por entre las raíces de muy raras orquídeas, y de allí, en verdad, nunca quiso salir, a no ser hasta el pueblo cercano por motivos obligados y para solicitar ante obtusas e indiferentes autoridades alguna ayuda para proteger su terreno de los depredadores humanos. Por Armando Mutis no necesito ya inclinarme en reverencia intelectual ante la proeza de David Henry Thoreau durante su vida en solitario en los bosques de Massachussetts.

En la región el blandir de las armas paralizó los espíritus y todos, excepto él, sintieron el hielo del terror penetrar por los huesos. ¡Qué tan fácil resulta a tan pocos acallar a tantos! Basta una orden, un fusil y una máscara. Que nadie colabore con el enemigo dice el enemigo del enemigo. Que nadie abra la boca, que se le cierre la boca para siempre al que la abra. Que nadie vea. Que nadie oiga. Que nadie transite por estos caminos después de las seis de la tarde. Que haga usted lo que yo quiera. Que me entregue su hija, que me entregue su tierra, que tienen veinticuatro horas para desalojar la vereda. Que muéranse porque yo lo determino. Esas fueron las nubes de palabras que llenaron de insidia los caminos del agua.

Armando, quien había decidido encontrar en la soledad y en la meditación su ser interior, era demasiado grande de espíritu, y esa fuerza no podía ser tolerada por quienes intentan ser alguien tras las balas. El también debió, como el que más, recibir ultimátums, entre ellos el más obvio, le damos estas tantas horas, ese nuestro miserable plazo para medir el tiempo. Para salir. El día señalado, sentado frente a sus piezas de ajedrez, esperó a su agresor, lo invitó a seguir, lo invitó a sentarse, a degustar su consabida aguadepanela caliente con queso, y antes del último sorbo recibió tres tiros en el pecho. Allí quedaron a medio consumir las dos tasas.

Armando Mutis quería que sus diez fanegadas de La Aguadita fueran declaradas oficialmente parque natural, para llevar allí a los niños de las escuelas vecinas, y para librarlas del inexorable arrasamiento de las sierras y de los rastrillos.

Yo fui a recoger sus libros y su viejo universo de Caissa. Estuve a dos kilómetros de su casa, pero la debilidad de mi espíritu, advertido varias veces por el sistemático amedrantamiento de mandan a decir que está prohibido entrar, me detuvo, finalmente, con una lágrima ahogada de impotencia que ni siquiera se decidió a resbalar.

Norberto


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