Mientras yo me dejaba arrastrar en el río de alegría y de festejos de fin de año, una espina punzaba mi corazón todo el tiempo. Era la batalla que libraba Héctor por su vida. Nada podía hacer yo para incrementar su fuerza tremenda de resistencia, era él solo, o sus despojos desorganizados, en lucha total contra la degradación que consume el espíritu. Una oración mía hubiera sido más una imprecación contra su Dios y sumado del lado negativo a la esperanza. Por eso, ni en ese campo lo pude ayudar.
Murió y perdimos muchos. Era un colombiano colosal que irradiaba alegría y energía; que siempre estaba dispuesto con habilidad e inteligencia a ayudar en los apremios de sus amigos; era un hombre en quien se podía confiar el mas grande de los tesoros sin vacilación por su integridad; o la solución del más grande de los problemas con la seguridad de que su capacidad e imaginación la lograría.
Nos tomará una vida adaptarnos a no contarlo entre los vivos.