“Víctima de una embolia cerebral falleció en Bogotá el poeta Henry Luque Muñoz uno de los más destacados docentes de la literatura colombiana y representante de la denominada «Generación sin nombre».”
Dice la noticia pérdida sobre la muerte de este amigo. La parca está rondando cerca de mí, he estado ocupado asistiendo a funerales de allegados o conocidos en estas tres semanas. Carmen Alicia, Hernando y Jorge, quienes eran gigantes de lo cotidiano, forjadores de vida. En los ritos de ellos siempre he recordado –en uno lo leí– el poema de Henry “Vuelo”.
Vuelo
El mar irá en busca de tus brazos, en busca del resquicio más hondo de tus huesos. Te llenará de profundidades, te iluminará de historias vegetales que dejarán su dulce marca en tus recodos. Las catapultas, los huecos del mar y su caricia de olvido navegarán intermitentes al oeste de tu corazón, abriendo compuertas, inaugurando flotas para que la soledad haga su ruta. Viaja hacia adentro, ahógate. Reta las frescas manos que no quisieron conocer tu muerte. Y no vuelvas, no te arrepientas. Lánzate a lo profundo, como nave que ensaya el descenso para jamás regresar
Es mi canto preferido para afrontar la muerte como un viaje desafiante sin regreso y lo leo hoy en su memoria.
El primer cruce de destinos fue cuando estudiamos juntos el último año de secundaria, dos años mayor, era un compañero destacado por su carácter retraído, nos aventajaba en edad y conocimientos literarios, compartí de cerca sus últimas lecturas que siempre llevaban a autores no tan conocidos para los jóvenes de este tiempo (1966): Par Lagervich, La sibila, El enano; Herman Hesse, El lobo estepario, y no recuerdo cuantos más. Fue el único de mis condiscípulos que me atreví a entregarle una participación de mi grado de bachiller. Muchas horas del “recreo” las empleamos en este ejercicio literario, el era el lector que compartía sus hallazgos, con su voz pausada y su lenguaje culto y yo el escucha. Aunque a veces hablábamos de su sorprendente participación en el deporte: fue un arquero consagrado que estuvo en las selecciones distritales, –quizás se tomaba esta licencia mundana por tener el fútbol la bendición de Albert Camus quien también fue arquero. Al final del grado nos abrimos. El otro punto de sus disertaciones eran las películas intelectuales que veía y de ellas me hacía vívidos recuentos con su mente literaria y que me llevaban normalmente a iniciar cacerías posteriores por cine clubes para confrontar yo mismo las imágenes con las descripciones que Henry me hacía. Una en particular de Igmar Bergman lo impactó por la belleza de las imagenes que narran la tragedia: "El manantial de la doncella" (1960). Logré localizarla años después. Hoy tengo la versión en DVD, en mi colección permanente y siempre invoco su recuerdo cuando la miro.
El segundo cruce se dio cuando resultó enamorado de una “ojos de lechuza” amiga mía. Lo invité a la casa con ella a una velada y agotamos las provisiones de alcohol –de todos los tipos–, creo que él era abstemio en ese tiempo, pero valía trasgredir la norma para la ocasión. Recuerdo vivamente el dolor de cabeza que lo agobió al día siguiente y sus exclamaciones de agradecimiento por el baño de agua caliente que le brindé para aplacárselo.
El tercer cruce se dio cuando lo encontré en la calle casualmente, estaba en funciones de profesor universitario, lo invité a proponer su nombre en un trabajo de investigación sobre los medios de comunicación en el que yo participaba, –se graduó de sociólogo–, no logró pasar el círculo de la rosca que estaba haciendo la selección a pesar de mi insistencia en sus calidades profesionales en las que fui apoyado por Norberto. Me queda un recuerdo grato de la charla sobre los semiólogos de la época, que él dominaba desde antes, Sauserre, Jacobson, Eco, Chomsky y que yo estaba apurado en absorber sus obras para estar a tono en el equipo de esa investigación.
Le seguí la pista en los años siguientes, pero era poco lo que podía aportar yo para alguien que ya tenía alto vuelo. Esta semana es pues el cuarto cruce de destinos y el cuarto golpe cercano de la parca que me retrae a su poema y que me asusta al pensar de que ella tenga mi nombre el su lista cercana.
Un hombre de alta sensibilidad, suave y convencido en su arte de poeta, un hombre que asumió su papel de intelectual en toda la línea y que hizo su aporte a la vida tocando el corazón de los que se cruzaron por su camino, ese fue Henry para mí.