Independientemente del descubrimiento de la redondez de la tierra, para un niño la conciencia de la globalización empieza cuando por primera vez sus padres le permiten quedarse por algunos días en la casa de parientes o amigos, mejor aún si se trata de una temporada por fuera de la ciudad natal. En la antigüedad esta experiencia abarcadora era el pernoctar en la maloka vecina, visitar otro clan, ser aceptado como un miembro más en otra tribu.
En lo que a mí respecta, esta licencia trascendental se dio cuando tenía 14 añosymi mundo conocido se limitaba a los alrededores de la ciudad de Palmira y al verde mar de cañas del Ingenio azucarero de La Manuelita. De manera que el primer salto adelante que amplió mis horizontes se dio cuando, bajo la orientación expertade mi primo Joaquín, por aquel entonces 6años mayor que yo, se me permitió viajar por una temporada de vacaciones ala ciudad de Cali.
Juaco, a tan temprana edad, ya se defendía solo en la vida, y, como hijo único, era el consuelo y apoyo económico de su madre, la viuda tía Ana. Por aquel entonces Joaquín ya conocía los secretos de la zapatería, y en un pequeño taller del populoso barrio La Alameda, en asocio de dos viejos conocedores del oficio, diseñaba y confeccionaba zapatos enlucidos para las bellas salseras del lugar y los camajanes a la moda. Fueron muchas las horas que allí lo vi trabajar con aquel infaltable trasfondo de tangos que con dificultad él se esforzaba en hacerme degustar soltando detalles y anécdotas de las orquestas y cantantes consagrados. Por el andén del frente las muchachas de la cuadra iban y venían a la tienda de la esquina mostrando indolentes y al desgaire su figura cuando aún los jeans no habían opacado, como hoy, las bajas líneas de sus talles. Así de vital era ese sol que pintaba la mañana y la eterna y refrescante brisa de las tardes que con puntualidad acogía a la ciudad, desde los cerros de Los Cristales pasando por San Fernando hasta Juanchito. En Cali, como entonces y siempre, sí que tenían sentido estos versos que traduzco fragmentados de Pierre Jean Jouve al pensar la ciudad de París:
“¡Viaje que atraviesas las ciudades y las carnes Los pensamientos y los cielos, las estaciones, o los odios! Vicio y candor tienen los mismos senos y las mismas caderas. Nada ha cambiado, sino esta cara entrevista De lejos en lejos más pesada y más lenta que su forma; Nada ha cambiado, sino todo ardor sobre la arena Escrito, y que el viento rabiosamente deforma Nada ha partido, sino el viaje perdido”.
Mediaba la década del 50 y fue el descubrir, en largas sesiones de dos y hasta tres películas en serie, los clásicos westerns, y en las tardes de los sábados el rock and roll y la salsa, inducido al baile por la iniciativa sin restricciones de las lanzadas amigas de mi primo, congregadas en alguna casa vecina a falta de discotecas, las que pronto germinarían como arroz en el entorno cuasi idílico del Valle..
- Fíjese bien por donde vamos – me decía con autoridad al salir de la casa rumbo a lo ignoto. – Usted me guía al regreso. Y era primero entonces un suave caminar por las calles del barrio obrero hasta la quince, el bullicio de las cantinas cercanas a la zona de tolerancia, el paradero de los buses, el Alameda gris, el San Fernando verde, el plateado La Ermita, el amarillo estadio Pascual Guerrero, después el infaltable champús con empanadas donde Lola, y eran entonces los laberintos y la magia de esa entrañable ciudad atravesada por un río. Fue Joaquín quien por primera vez me planteó así un verdadero problema de investigación, el de la orientación en la gran ciudad, el de la orientación definitiva en la vida. – A ver, flaco, ¿en dónde estamos?, ¿para dónde seguimos?… Usted guía”
De los cueros y hormas Joaquín dio su gran salto a la multinacional Coca Cola, y allí, a fuerza de cumplimiento, lealtad con los intereses empresariales y tesón a toda prueba, se las arregló para ser campeón de ajedrez tras derrotar uno a uno a todos los gerentes y demás cuadros directivos, y de simple celador alcanzar el importante cargo de administrador general de vendedores. Luego de una larga trayectoria laboral, sin una sola mancha en su hoja de vida, se pensionó y construyó una casa chalet de descanso en la vía al mar, en la ruta hacia Buenaventura. Desde allí muchas veces debió recordar ese valle del Cauca a sus pies de nuestras tardes lejanas, y alguna sonrisa pícara, con seguridad, se anidó en su rostro al observar mis desconciertos en la temprana desorientación.
Joaquín luchó desde entonces, y siempre en vano, para romper mi aislamiento neurótico y mi acartonamiento academicista, y no podía entender, como tampoco yo explicarle, para su entera satisfacción, cómo podía anteponer a Beethoven sobre los aires porteños de la orquesta típica de Alfredo de Ángelis, o, en el campo narrativo, La Divina Comedia sobre las novelitas de vaqueros, para leer en una hora, de Marcial La Fuente Estefanía. Como un rayo en el alma me llegó la noticia de su muerte impensada. Cada cual tiene una memoria que contar, o callar, de sus muertos más queridos. Ya también, como ayer, estoy hoy asido de tu mano en Cali.