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Correo de Norberto Insuasty Plaza

Qué no me gustaría repetir en el evento de un eterno retorno perfectible

Apreciado Pacho:

Tus dos correos sobre los logros obtenidos en el año 2004 y los propósitos que planteas para el año 2005 me llevaron diligentemente a mi también, y con el más sano de los espíritus de enmienda, a identificar qué situaciones, o circunstancias, o asuntos del pasado no me gustaría repetir en el 2005, y en realidad que en un primer ejercicio la lista resultante fue muy larga. Sin embargo, cuando se hace el esfuerzo de señalar tan sólo cinco situaciones que realmente valgan la pena no repetir, o incluso una, entre otras cosas para no aburrirte con tanta nimiedad personal, no resulta tan fácil y simple decidir, pues a la hora de la verdad lo que en una primera instancia nos afligió o molestó sobremanera, visto con más calma, y desde otras perspectivas, empieza a mostrar facetas y consecuencias nuevas y sorprendentes que ya no quisiéramos suprimir.

Como en el análisis de estas bien intencionadas reflexiones de fin de año me percato que no tanto nos mueve la mala conciencia de un espíritu pío, contrito, sino la búsqueda constante de la esquiva perfección y de la rara belleza en el difícil arte de cincelar cada uno de esos instantes y momentos estelares que hemos decidido gozar y consagrar para la inmortalidad, se me ocurrió hacerle una mejora a la hipótesis filosófica del eterno retorno, cuya consecuencia más inmediata y obvia radica en el sumo cuidado con que debemos manejar todos y cada uno de nuestros actos, pues si estos se van a repetir eternamente, lo sensato sería el evitar caer de nuevo en tanta torpeza diaria, a la cual constantemente nos vemos abocados, pues en este caso se nos dañará no solamente el día de nuestra debilidad, sino todos los días correspondientes al eterno retorno, pues con excepción de aquellos santos que han elegido la contemplación y el éxtasis, una rápida contabilidad de todas las sumatorias de nuestros balances de fin de año nos plantea un cuadro tétrico, digno de un semblante atroz y espantado, a punto de un grito, como el que parece contener el “Angelus Novus” de Paul Klee, condenado a mirar de frente la historia de la humanidad, el cúmulo total de nuestras miserias del pasado, las que como en una especie de onda expansiva lo lanzan sin piedad, colocado de espaldas, hacia el porvenir. Walter Benjamín, a quien cautivó hondamente esta pintura, dijo de ella en uno de sus escritos:

“Una pintura de Klee llamada “Angelus Novus” representa un ángel que parece estar a punto de alejarse de algo que está fijamente contemplando. Sus ojos están atónitos, su boca está abierta, sus alas desplegadas. Este es el aspecto que debe tener el ángel de la historia. Tiene el rostro vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe que no cesa de amontonar ruinas sobre ruinas arrojándolas a sus pies. El quisiera detenerse, despertar a los muertos y volver a juntar lo que ha sido vuelto añicos. Pero una tempestad sopla desde el Paraíso y golpea sobre sus alas con tal violencia que el ángel no puede plegarlas. Esta tempestad irresistible lo empuja incesantemente hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras que frente a él un cúmulo de ruinas crece hacia el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso”.

Walter Benjamín. “Tesis sobre la filosofía de la historia”. 1940

A Klee painting named “Angelus Novus” shows an angel looking as though he is about to move away from something he is fixedly contemplating. His eyes are staring, his mouth is open, his wings are spread. This is how one pictures the angel of history. His face is turned towards the past. Where we perceive a chain of events, he sees one single catastrophe which keeps piling up wreckage upon wreckage and hurls it in front of his feet. The angel would like to stay, awaken the dead, and make whole what has been smashed. But a storm is blowing from Paradise; it has got caught in his wings with such violence that the angel can no longer close them. The storm irresistibly propels him into the future to which his back is turned, while the pile of debris before him grows skyward. This storm is what we call progress. (257-8)

Walter Benjamin, “Theses on the Philosophy of History” (1940)

Paul Klee, Angelus novus

¿Qué tal, pues, un eterno retorno así de miserable? Los mismos actores, las mismas guerras, los mismos desencantos, los mismos desamores. No. En la hipótesis de un eterno retorno, y aún sin ella, uno debe intentar poner su granito de arena personal para este cambio colosal, pues no basta, lo sabemos, con el deseo voluntarista e ingenuo de las consignas multitudinarias y fervorosas de todos los tiempos que animaron y dieron algo de mística a las protestas y movilizaciones sociales, y aquí sí cobran sentido nuestros inventarios de logros y propósitos de finales o principios de año.

Dentro de este descomunal alud de miserias históricas, hay un cáncer social, cotidiano, extremadamente invasivo, al cual estoy expuesto particularmente –a otros, tal vez les resulte inocuo o no los afecte demasiado- que desde muy temprano anida en nuestra existencia introduciéndose por todos los intersticios del cuerpo y del alma hasta matarnos, sin remedio, con una eficacia implacable.

Lo digo sin rubor, se trata de las cuentas que continuamente debo hacer para lograr un adecuado manejo del salario, que no es gran cosa, mal de quienes tenemos un empleo, y que, precisamente por ello, por ser como es, hay que gastarlo con cuentagotas, sobre todo en estos países, abocados, con mayor probabilidad que otros, a la penuria. Esta contabilidad de miseria, incluso considerada por muchos como ejercicio responsable y prudente, en mala hora se trasladó al hogar y a la familia, entendida ésta como una organización económica al igual que cualquier otra, tal vez por aquella vieja relación semántica entre la palabra casa (oikos) y la palabra economía (oikonomia), esto es, el arte de administrar la casa. De todas maneras, si se me pidiera dejar constancia escrita sobre qué situación no me gustaría repetir en otra vida, a la cual pudiera retornar después de la muerte en el evento de un eterno retorno perfectible, sin duda que destacaría esas horribles horas de las compras, las cuales adquieren su mayor intensidad dolorosa cuando debo cumplir la inexorable cita quincenal en el supermercado y constatar, aterrado, cómo ese grifo abierto vacía, aceleradamente y sin piedad, la mesada.

En las épocas de navidad y año nuevo el ritual del dar, del regalar, del agasajar, que identifica culturalmente a occidente, llena de tal esplendor los rostros de tantos miles de consumidores con los que me cruzo en los megacentros comerciales de la gran ciudad que necesariamente empiezo a creer que ese mal lacerante del balance de la cuenta sólo me ocurre a mi, pobre diablo huraño, neurótico, tacaño y egoísta, sin capacidad para la alegría de la fe en el hermanamiento colectivo. En esas horas el suplicio de las compras se eleva en mí a la enésima potencia y creo que no puedo disimular mi desazón, en contraste con la hermosa despreocupación por tan insulsos detalles de todos los que disfrutan la alegría de las compras, de mis bellos hijos ilusionados con la novedad del regalo, y de mi comprensiva y paciente esposa, quienes me acompañan y, de alguna manera, evitan que naufrague definitivamente entre el mal tiempo que para mí empieza por esos días desde temprano.

Pero de todo esto alguna buena consecuencia es oportuno extraer. No se me ocurre otra, por ahora, que la ficción siguiente: Pensemos en la posibilidad de un eterno retorno parcialmente perfectible, de sucesivas y renovadas vidas tras la muerte cuyas características estarían determinadas por la modificación a voluntad de tan sólo una situación, cuya experiencia ya vivimos en nuestra vida originaria. En este evento la tendencia normal apuntaría a no repetir aquellas situaciones que desencadenaron, a nuestro parecer, lo que en términos generales podríamos denominar como lo indeseado.

No entro en detalles sobre el sistema que finalmente adoptó la sociedad para hacer viable el eterno retorno perfectible, ni ahondo en el relato de las formalidades de registro y perfeccionamiento de la voluntad de los interesados en él, aunque por motivos que en su momento fueron considerados como de salud social, y luego de muchos años de decantación y debates, sólo a las personas que alcanzaban la oteante edad de 60 años se les otorgaba el poder para hacer realidad un retorno perfectible, el cual, a diferencia de los eternos retornos tradicionales, idénticos en sus detalles para siempre, tenía la particularidad de poder experimentar una nueva existencia a partir del momento en que ya no se repite el acontecimiento descrito, en este caso como indeseado. En dicha decisión triunfó la tesis según la cual siempre fue más profundo y de mejor calidad el pensamiento de madurez que el de juventud, desde luego apoyada en contundentes evidencias y registros históricos, y la no despreciable hipótesis del decantamiento social de los procesos individuales, la cual plantea que sesenta años es el tiempo perfecto para una lenta cocción del caldo existencial de una persona y para degustar, sin apresuramientos y con la debida prudencia, aquellas nuevas situaciones derivadas de lo que sería deseable no volver a repetir.

El mío, indudablemente, fue un caso de decisión atípica. Dado que contaba con toda la eternidad para experimentar los cambios más atrayentes y extremos, decidí en mi primera experiencia ser prudente e introducirme tan sólo en una variación a mi personalidad. En mi nueva vida volvería a ser como fui, exactamente igual en todo al Norberto anterior, la misma genética, el mismo ciudadano, el mismo país, el mismo tiempo y lugar, los mismos padres, la misma condición social, las mismas novias primaverales de pueblo, la misma niñez, los mismos errores de juventud y desencantos de madurez, los mismos amigos, el inmenso dolor del abandono de Dios, y al final, el consuelo de jugar a escondidas con la palabra y el arte de su composición, pero con la notable diferencia de que en mi nuevo ser degustaría el escape gota a gota del dinero pero sin brizna alguna de dolor.

Norberto


Correos

Comentario de Camilo

Plantear el tema del acto distinto, del gesto suplementario, es juzgar que no todo ha estado bien, esto es, estar en disposición de una orilla desde la que los acontecimientos son valorados, una orilla, cuya estabilidad, permite fundir el acto de conocer y de vivir, una orilla desde la que se pueda contemplar la infinidad de hechos y repercusiones, y la densidad de los posibles hechos y el vértigo de las variantes y combinaciones de sus, así mismo, posibles implicaciones –del trasegar individual y colectivo.

Plantear el tema del acto distinto, del gesto suplementario es negar que vivir sea una cosa y conocer otra. (Lo que, por cierto, va en contravía de lo concreto, en donde no es nada anormal actuar a pesar de un saber, como ya lo señalaba el estagirita al impugnar aquella misma tesis a mi Sócrates, y al exigir que no nos interesa saber qué es ser valientes, sino serlo.)

Presuponer la orilla es subsumir la vida en el conocimiento, anteponer un mundo de la Idea a las circunstancias que tocan, acarician y carcomen la piel. Y, sobre todo, es acabar con el héroe, con los seres paradigmáticos que revindican al individuo al comprender o contemplar, en un instante de decisión, su fuerza de destino, su luz –por la se arroja aún más allá, en medio del pánico y la parálisis, a quien intenta estabilizarse para juzgar los acontecimientos.

Dado una unión entre vida y conocimiento, no hay héroes, no hay historia. Entonces la alegría de mi día se esfuma:

Vale la pena señalar que no es difícil que la autoridad vea con malos ojos a aquellos filósofos como Sócrates cuyo examen de los conceptos morales sugiere defectos en la moralidad de la época, aun cuando su falta de prestigio generalmente hace que la condena a la muerte sea una pérdida de tiempo. Es un signo de grandeza de Sócrates que no se haya sorprendido ante su propio destino.

- Y no todos requerimos, dado el caso, entregar la vida. No todos hacemos de una pena de muerte algo que acreciente la historia: su escalofrío, su vértigo –que arroja a Dios.

Vivimos. Y hay momentos que esa vida se intensifica en la nostalgia de los lugares que no fueron suficiente amados en las horas pasajeras. Hay momentos que esa vida se intensifica cuando, sin querer borrarlos, se les desea devolver de lejos el gesto olvidado, el acto suplementario. Y en ello me acojo al ensueño de Rilke: Por ellos, tal como fueron, ¡hoy los ensoñamos!

Camilo, -¡enamorado!


Correos

Comentario de Enrique

Apreciado Norberto

Hermosa reflexión la que realiza a propósito del cambio de año en el continuum temporal que nos ha correspondido vivir. Concuerdo con su idea de querer ser el mismo en un eventual retorno, sólo que me gustaría tener mayor madurez para evitar aquellos errores que, en su momento, se mostraron como fácilmente evitables, tanto en la vida como en esa otra vida que constituyen las partidas de ajedrez.

Saludos,
Enrique P.F.

Correos

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