La palabra –y sobre todo la palabra escrita- no nos pertenece; incluso aquella alentada en la primera persona, como las cartas o los diálogos, en cualquier momento se hacen de dominio público, esto es, son ya un Él, y no un Yo, un Tú.
El correo electrónico, como bien lo hemos notado, desborda el género epistolar: Ampliando un umbral, desbordando una manera de ser –en el escrito; nos lanza, con naturalidad, hacia el dominio del Él. – El correo electrónico tiende hacia dos sentidos básicos, y casi antagónicos: El mensaje funcional o el epistolar del Él.
Ya un sitio en la Web es claramente un Él.
Ahora bien, me dices que nuestro Abedul puede cambiar todos los días de identidad (porque eso es la portada: La máscara que delimita y da algo como un algo). Y argumentas para ello el hecho de ser dueños del sitio. Bueno, te confieso que aquello, el cambiar por cambiar, sólo me parece saludable en los carnavales.
Nuestra máscara tiene que ser algo digno a nuestra mirada, cuyo retoque ha de ser el producto de ese saber ir por los senderos del tiempo, y no el del capricho de la ojeada.
Un comentario final:
Como hasta ahora estamos preparando este árbol, para que las palabras que en él se icen, tomen más peso (es el costo normal de abrirlas a la mirada de un cualquiera), y como va a existir una plena autonomía de los colaboradores, sería aconsejable –por ejemplo- que las personas que allí van a dejar una hoja guindada hicieran al menos tres revisiones de lo creado: Una frente a la pantalla de la computadora, otra frente al papel en blanco y otra, se me ocurre, en envío –a sí o a otros- del pensamiento modelado. De este modo adecuaríamos una tendencia mínima, en cada uno, para que se eviten errores simples (aquellos que uno mismo se percata con una relectura). – Pienso que alguien que escribe esperando que le corrijan, evidencia su falta de compromiso con el tema, - y aún no tenemos el dinero para que alguno (o algunos) de nosotros viva corrigiendo los textos de los otros. (Además: Hay ciertos artículos que deberían hacer algún tipo de referencia a las fuentes, como en el caso de la Breve apología a la obra Gustav Malher). Y lo último, que es un poco más complicado: El artículo malo. Y malo no por su expresión o por sus grietas gramaticales. Sino simplemente malo, como el tuyo: El de Lemos Simmonds… - sin aporte, sin divinidad.