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De nombres y de números

Pachito, llueve en la ardiente Neiva. Es la primera lluvia desde que, a mediados de mayo, los vientos se hicieron presentes para secar, con el astro que adentra el día, todo lo viviente. Llueve. Es ese el fenómeno que más me gusta de este planeta. Sí, sin duda, quien disfruta la lluvia es un ser privilegiado. Es factible que los griegos, de tener que valorar la riqueza en función de los elementos, la lluvia, la capacidad de disfrutar de ella constituyera su medida. Este elemento, como ningún otro, exige un hogar, fuerte, rozagante. Como ningún otro elemento, su fuerza, sus descargas, ponen a prueba nuestro poder, nuestra permanencia. Y entonces escribo, porque ese es un acto que debe hacerse desde el privilegio, desde la permanencia.

La semana pasada, al regresar de la ciudad, mi papá me trajo –en la textura de lo impreso– los correos que, desde Canarias, Ángeles Rocío intercambia contigo sobre los rostros, los nombres y los números, sobre la presencia, la memoria y el olvido, sobre la partida, sobre la esperanza; sobre el héroe, ese ser que desencadena –y acoge– palabras y actos. Y en él, en estas líneas, me detengo. Defenderé las siguientes tesis:

1) No todos merecen tener un nombre, en el sentido que ese nombre acoja universalidad.
2) El nombre que se rescata, y al que se le canta, no lo alimenta la compasión, la misericordia, la lástima.
3) El héroe sólo es posible entre los humanos; pero no por ser humano, no por enfrentar una vida humana, se es héroe.

El tema lo han motivado estas últimas avalanchas de africanos a las costas españolas, la clandestinidad con que cruzan las fronteras e intentan mezclarse con los ciudadanos de un Estado en el que ellos no lo son. Clandestinidad por la que mueren. Perdida de ciudadanía por la que aceptan ser esclavos, apartados del contrato, al margen del derecho. Huyendo –en algunos casos, tal vez todos– de realidades atroces, consienten a vivir sin derecho, y sin ese sueño por el cual nos elevamos sobre nosotros mismos en esos instantes en que no debemos doblegarnos ante la presencia de nuestra estrella Sol. Han decidido vivir limpiando los sanitarios –de otros–. Y si así no lo han decidido, serán la materia nueva y vigorosa de la muerte y el atropello delincuencial.

De quienes clandestinamente emigran a un Estado, y, por lo tanto, valoran que es preferible despojarse de su calidad –así sea formal– de ciudadano, no se puede afirmar –mediante esa promesa de lo distinto que representa el ponto y su profundidad– “que se lanzan al mar en busca de una vida mejor”. Pues un no-ciudadano no hace parte del Estado. Y así como la individualidad se conquista, la ciudadanía se gana. Lo uno y lo otro no se otorga, y menos por compasión.

Quien no es ciudadano, no puede aspirar a elevar una individualidad, su individualidad, no puede acrecentar la humanidad, su humanidad. Sin ser –pues somos estructuras en constante formación, reelaborándonos como máscaras que unas sobre otras se ponen sin sustrato distinto a ellas mismas–, sin lazos con una tierra y un pasado cultural, un “no-ciudadano” vive –extrañado de la vida, ajeno a la vida– en una condición que envidiará –¡siempre!– no solamente a la de mis perros, sino a la del callejero, flacucho, engarrapatado, con sarna, con su rabo entre las piernas, pero maravillosamente tranquilo entre nuestros escombros, lejos, bastante lejos, de la desgracia –de sentirse desgraciado. Vivirá, sí, envidiando los perros –y ¡de los basureros!–

Quien abandona su condición de ciudadano, prefiriendo vivir en ese escenario de esclavitud, que lo sujetará a él y a su progenie a limpiar los sanitarios de los otros o a ser materia de lo delincuencial, no merece mi conmoción, ni la invención de una historia que invite a la piedad, ni la recreación de una miseria –acrecentada. Huir no es valor. Y menos cuando en aquella huida nos situamos al margen de los Estados, cuando no conformamos, ni promovemos al Estado.

Un héroe nunca invita a sentir lástima de él. Su nombre se individualiza porque sus actos, su vida, alientan, empuja, retan. ¿Cómo puede ser un héroe el que prefiere ser un esclavo para vivir, sacrificando su condición de ciudadano, así tenga que morir?

Hay muchos escenarios que son terribles. Y en las guerras se extermina. Pueblos enteros han debido ser exterminados. Y ha estos rostros que acogieron su sino, les cantaría, trayendo sus nombres, su lucha. Ellos dan dignidad a los vencedores, están en ellos.

Es claro: un nombre hace parte de la historia cuando acoge a la humanidad, no cuando es una singularidad, no cuando es la miseria de un rostro.

Un africano, que se lanzó al piélago océano clandestinamente, y que su clandestinidad de él sólo arrojo a las playas de Lanzarote un cadáver, únicamente es eso: un cadáver más, y nada más.

Yo no quiero compasión, ni misericordia, ni lástima para el hombre. Que lo hagan los que temen ser un nombre.

Camilo, el Ernesto

A los 18 de septiembre de 2006 años

 

De Francisco

Camilo

Tengo un taco en la cabeza sobre su correo y tardaré en responderte.

De momento te anexo dos textos:

En el de  Heródoto encontrarás la dificultad de conseguir la ciudadanía espartana y el chantaje de fueron víctimas para tener que otorgarlas.

En de Berlin encontrarás como parte del florecimiento del indinvidualismo contra el interes de la filosofía en la política y el gobierno, se debe a los "extranjeros" que trajeron a Atenas visiones diferentes de interpretar el papel del ciudadano, más como un individuo indeferente al poder.

Un abrazo 

Francisco 

Recursos

Desde las Canarias. El correo de Angeles Rocio que genera esta respuesta

 

De Edgar y Norberto

La conquista del Aghatos

 

Herodoto de Halicarnaso

La ciudadanía de Tisámeno y Melampo (IX, 34,36) 

Isaiah Berlin

Los extranjeros en Atenas



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