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Sobre algunos deleátures

Norberto:

Demoré más de la cuenta en darte esta respuesta porque tenía refundidos los libros en las pilas que sin orden especial tengo en el cuarto de san Alejo. El primer factor de la tardanza estaba en recordar en qué libro había visto algo sobre el tema, el segundo venía después con tener que redescubrir el texto recordado dentro del libro para hacerte rigurosa la cita como te gusta y finalmente considerar la documentación suficientemente sólida para iniciar la campaña de erradicar vicios y modernizar al afligido corrector y purista –como tu y creo como yo- que ve como los bárbaros se apoderan de lo único que lo distingue de ellos: el idioma.

Para estar a tono con el reclamo, tuyo de muchos otros, de que todo tiempo pasado de la educación fue mejor; en el campo de la gramática nada es más diciente que patetismo en las pruebas de Estado a los bachilleres en la madre patria que ha suprimido la ortografía dentro de los resultados por haberse resignado la autoridad educativa al descuidado tratamiento de los jóvenes a la expresión gráfica de su idioma; aunque este fenómeno es de tendencia universal porque los franceses hicieron lo mismo y los lamentos de los educadores americanos con el lenguaje del chat que ya los superó en velocidad y contenidos también están tirando al suelo las estructuras del hablar culto: o sea, tu me entiendes, ok, yeah que se repiten y se repiten en mensajes de gran vividez para los que lo entienden pero que para el observador externo parece una conversación de dos tartamudos descerebrados.

Paso ahora al tema que te preocupa de por qué, no siempre en el abedul se tildan los demostrativos este, ese y aquel, que con regla y sangre nos enseñaron los consagrados maestro de nuestra juventud, o por qué ocurre lo mismo con solo en función adverbial. Pues para mi sorpresa y la tuya esto estaba ocurriendo casi en nuestra juventud cuando aprendíamos la regla y simplemente no nos estaban llegando oportunamente los aires de cambio desde Europa. Ya en la publicación del Esbozo de una nueva gramática en 1973, la misma academia veía como los editores preferían –e imponían– la norma simplificadora de la tilde y se saltaban la recomendación oficial para hacer merecer este lamento de Rafael Lapesa, secretario de Academia, en una ponencia presentada en 1978 publicada en su obra “El español moderno y contemporáneo”.

“La exigencia social no se satisface con normas fluidas [de la Gramática]: quiere saber a qué atenerse, dis­poner de soluciones precisas. El que la Academia haya aceptado como legítimas las acentuaciones periodo, bronconeumonia y po­liciaco al lado de período, bronconeumonía y policíaco ha sido motivo de crítica; el que admitiese la ausencia de tilde en los de­mostrativos cuando no hay anfibología, ha bastado para que prácti­camente desaparezca la tilde sobre este, ese y aquel en los impresos españoles: el mismo Esbozo ha sido sometido al criterio simplista de sus impresores, en contradicción con lo que declara considerar preferente, esto es, con el mantenimiento de la tilde en los demos­trativos sustantivos. Claro está que las normas no se pueden esta­blecer de manera arbitraria, obedeciendo sólo al gusto o al sentido lingüístico individual o de un grupo. Ni siquiera argumentos etimo­lógicos, de pureza idiomática o de conveniencia del sistema bastan para formularlas. Es preciso que se atengan al consenso, tácito o explícito, de los estratos sociales culturalmente rectores. Las normas que se den deben ajustarse a la «norma», a lo que la comunidad ha­blante estima uso preferible. Y esta norma no ha sido estudiada sino parcialmente y en cuanto se refiere al nivel literario; para el colo­quio, incluso limitándonos al de personas ilustradas, carecemos por ahora de documentación suficiente. Habremos de esperar a que se realice ese magno proyecto, ya en marcha, que se propone estudiar la norma lingüística culta de las grandes ciudades emisoras de in­fluencia en el mundo hispánico. Mientras sus resultados no estén a nuestro alcance, habremos de recurrir al dictamen de Academias y lingüistas sobre las preferencias y tolerancias del uso culto y del general dentro de cada país”.[1]

También encontré para este deleátur la cita de Ramón de Sol, en su libro de “Dudas y dificultades” donde salta olímpicamente la valla del facilismo tipográfico de la licitud a lo preferible y se rinde definitivamente en hacer las distinciones en su obra con el siguiente argumento:

“En la línea de simplificación de la ortografía a que se tiende actualmente, en esta obra se omite la tilde de la palabra solo en función adverbial, así como de los pronombres este, ese y aquel (con sus correspondientes plurales y femeninos). La propia Academia, en su Ortografía (publicada en 1959, es decir, ¡hace ya más de cuarenta años!), considera lícito escribir dichas palabras sin tilde cuando no exista riesgo de anfibología, criterio que comparten autores tan solventes como José Martínez de Sousa, José Polo o Manuel Seco.[2]

Entonces para rematar querido amigo veo con tristeza que quedaremos como fundamentalistas del idioma aquellos que estemos recibiendo los aires renovadores con 40 años de atraso y corramos el riesgo de ser tachados con toda razón por las nuevas generaciones como cultistas, afectados, o anacrónicas las tíldes nuestras en esas palabras.

Francisco


[1] Rafael Lapesa, El español moderno y contemporáneo, Grijalbo Mondadori, 1996, Barcelona.

[2] Ramón Sol, Diccionario de dudas y dificultades, Planeta-DeAgostini, Bogotá, 2004.


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