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Cuando el antro se engalana

De Norberto Insuasty

Fue por aquel entonces, a mis veinte años, cuando en un improvisado y emotivo discurso de dirigente juvenil pronuncié la palabra “antro”. Lo discutible fue que con dicho término califiqué, en agradecimiento, el lugar, aledaño a la tienda de mercado y a la carnicería, que el sacerdote eudista Rafael García Herreros, nuestro mentor, nos otorgaba a los jóvenes del barrio el Minuto de Dios, en Bogotá, para que estableciéramos, como era nuestro deseo, la “Casa de la Cultura”, y de alguna manera se institucionalizaran nuestras actividades e inquietudes intelectuales en la naciente comunidad.

Lo dije radiante y absolutamente convencido de la justeza idiomática del término para significar algo entrañable, pero luego de los aplausos protocolarios, y para desgracia de los comentarios post mortem de la oratoria, mi amigo Francisco se encargó de dañarme el día y muchos otros días de nuestra común existencia intelectual, al ridiculizar tan sonoro gazapo, recordándome, burlón y hasta la saciedad, que “antro” es un buen término para designar a una cantina o a un prostíbulo, en fin, a cualquier lugar de dudosa reputación, pero, en ningún caso para calificar a nuestra naciente Casa de la Cultura.

Esa cruz del público error idiomático la llevé por mucho tiempo a cuestas, y no me fue suficiente que el diccionario de la Real Academia de la lengua Española admitiera, fuera de la acepción que fastidiosamente, cada vez que podía, me recordaba Francisco, que “antro” podía también utilizarse para designar, en lenguaje poético, a una caverna, cueva o gruta.

Sin embargo, y con el tiempo, Homero, vino felizmente en mi auxilio, pues releyendo la Odisea encontré que este padre fundador de la gran poesía utilizaba la palabra “antro” para referirse a un precioso lugar, parecido al Paraíso, consagrado a las ninfas llamadas Náyades, así el sitio estuviera en una gruta. Dice así el pasaje:

“Al cabo del puerto (Puerto de Forcis, en el país de Itaca) se levanta un olivo de largas hojas y muy cerca hay una gruta agradable, sombría, consagrada a las ninfas llamadas Náyades. Allí existen cráteras y ánforas de piedras, donde las abejas fabrican los panales. Allí pueden verse unos telares, también de piedra, muy largos, donde tejen las ninfas mantos de color púrpura. Allí brotan también manantiales inagotables. Dos puertas tiene el antro: la una mira al Bóreas y es accesible a los hombres; la otra, situada frente al Noto, es más divina, pues por ella no entran los humanos, siendo el camino de los inmortales”. Homero. La Odisea. Traducción directa del griego, cotejada en las mejores versiones. Precedida de un estudio de Mauricio Croiset. Canto XIII, p. 163, Editorial Iberia, Barcelona, 1956.

Hoy, nuevamente, por esa magia evocadora de las palabras, me transporto a ese lugar de mi discurso juvenil y a la vieja crítica de mi amigo Francisco, al leer el artículo “En el magno mar”, del destacado crítico literario, semiólogo y novelista italiano Umberto Eco, publicado por El Espectador el pasado domingo 6 de febrerote 2005. Dice Eco que gracias a internet, y sobre todo a www.maremagnum.com y al sitio Mare Magnum Librorum, de la librería Antiquaria Malavasi de Milán, es posible acceder a casi dos millones trescientos mil títulos de libros nuevos, usados o agotados, y recoger información de 486 libreros en todo el mundo, atentos a remitirnos el ejemplar pedido, por raro que sea, previo pago, claro está, con tarjeta de crédito. A esos apartadísimos y encantadores sitios reales de las librerías de viejo, a esos nuestros paraísos a donde tantas veces fuimos a ojear y a manosear a gusto pilas de libros raros, nuevos y viejos, ¡oh sorpresa!, Umberto Eco los califica de “antros”, y de paso se pregunta si el ciberespacio nos quitará el placer de volver a trasegarlos, de rebuscar libros en sus puestos. Dice así el semiologo:

“¿Es posible que esta oferta virtual nos quite las ganas de visitar puestos y apartadísimos antros? Creo que sucede exactamente lo contrario, Mare Mágnum nos permite descubrir muchos lugares donde podemos encontrar cosas viejas, quizá conocíamos tan sólo el puesto de debajo de la casa, por lo que, tras esta visita al magno mar de los libros existentes sobre inexistentes caballeros, nos entrarán ganas de ir a buscar y tocar la cosa en carne y hueso”.

Caramba, cómo se engalana con el tiempo, para mi agrado, el antro.

Norberto


De Enrique Peña

Apreciado Norberto:

Todos y todas, tenemos, en algún momento de nuestras vidas, la ilusión de enmendar nuestros errores mediante racionalizaciones de los mismos, pero ya fuera de contexto, de modo que el error sigue allí donde se cometió sin remedio alguno. Las buenas nuevas que Usted creyó encontrar para su causa, a mi modo de ver perdida frente a la crítica de Francisco, ya no tienen más que un efecto de satisfacción intelectual pero la verdad es que en su momento y ante el auditorio que lo escuchó aquel día, quedó el sinsabor del término que Usted creyó utilizar bien pero que su público lo valoró de otra manera y, a mi modo de ver las cosas, esto último es lo que cuenta, pues, al fin y al cabo, la razón de ser de un orador es su auditorio. De otra parte, los legítimos significados del lenguaje son los que determina el uso cotidiano de los mismos y no aquellos significados reservados a círculos restringidos.

De modo que I'm sorry for you.
Saludos,
Enrique P.F.


De Camilo Insuasty

Cuando antro es útero

Tesis por la que Camilo cree solucionar la razón disímil del empleo de “antro”. Iluminada por la idea de que al ser lo propio de las ninfas, refiere necesariamente al útero.

No cualquiera califica, como antro, a la sabiduría. Es una conjunción llamativa, y difícil. Normalmente califica los lugares. Y sin la finura de la erudición, tal calificación es despectiva.

Antro ha sido el lugar de las ninfas, el mundo del útero. Lo ha sido siempre. Un mundo sagrado, secreto, de fascinante encanto al cuerpo –humano. Antro ha sido el mundo del útero por el que el cautivo entra a la sabiduría –y del goce- y por el que surge la vida. Y así lo describe Homero, con toda su carga erótica –que condena todo sagrado génesis:

“Allí pueden verse unos telares, también de piedra, muy largos, donde tejen las ninfas mantos de color púrpura. Allí brotan también manantiales inagotables. Dos puertas tiene el antro: la una mira al Bóreas y es accesible a los hombres; la otra, situada frente al Noto, es más divina, pues por ella no entran los humanos, siendo el camino de los inmortales”.

Camino de los hombres, de los inmortales, es el antro.

Fascinante, siempre, será aquel manto y sus inagotables manantiales que ofrecen y ocultan sus puertas, sus dos puertas.

El encanto de los pueblos vigorosos ha unido el mundo uterino a la sabiduría y a la inmortalidad. El antro ha sido la sabiduría y su inmortalidad.

Aquello, en lo vital de los pueblos apasionados, ha sido así. Más la soledad del Solo, y he ahí lo disímil que viene representando nuestro antro, la ha desligado bajo la obscuridad del pudor, encerrando –lo único que le quedaba- entre querubines. Entonces, y desde entonces, al nombrar a la sabiduría como antro, ha disonado, y disuena. Y, ver a los antros como lugares para el despliegue de la sabiduría, ha disonado, y disuena… peor: Ha entrado en el antro del mal, de lo pecaminoso.

Mas si se ha de condenar esta interpretación de Homero, donde antro es antro (el lugar más maravilloso en el universo), por ser el canto al útero, y no simplemente gruta -hermosa, tendremos un sinsentido irrevocable en Homero y, además, condenados a la obscuridad de no saber el porqué el antro nos refiere, para los desgraciados fieles, la perdición. Pero de tomarla tal cual lo es, antro bien lo son todos los lugares destinados para unos pocos, llamados al constante conocimiento y, por lo tanto, a la inmortalidad. Sitios ocultos, esto es, abiertos únicamente para quienes saben adentrarse y desean ir. Sitos que excluyen el accidente y que son monumentos a la intención y al deseo de ser, y conocer, y amar, y desear, y palpitar en los ardores de la piel –bajo la luz del sol.


De Francisco [2007]

El pasado no perdona

Yo también he arrastrado por años la duda de si fui demasiado duro cuando critiqué tu discurso en el que, sospecho, para lucirte ante la audiencia juvenil y la comunidad del Minuto de Dios, usaste la expresión “En este antro de cultura” como abrebocas de lo que ibas a decir más adelante; no creo fueran celos “profesionales” por no haber sido yo el orador designado aunque, en retrospectiva, pudo ser esa la razón. Pero lo cierto es que últimamente cuando veo a mi “biblioteca” y reparo el estado deplorable en que tengo los libros, al lado de la aspiradora, las lámparas y demás utencilios descartados de uso, en el cuarto abandonado de mi casa, espacio, que fue diseñado orginalmente para el “servicio” o la sirvienta, –palabra desterrada del español moderno por los eufemistas y forma de trabajo desterrada por el desarrollo económico y las regulaciones de la seguridad social– encuentro que si puede ser una expresión correcta. La segunda corroboración de su uso correcto, la he tenido en la librería de viejo de Rafael Martínez en el barrio de la Candelaria que tiene a mano todos, absolutamente todos, los libros y documentos originales de la historia colombiana en arrumes más numerosos y peores que los míos, sentado bajo pilas cajas con Gacetas y Revistas que amenazan derrumbarse y que usaba, para mi horror, como escalones para poder entrar a un segundo antro en una especie de semisótano, con mala ventilación y mal iluminado, en nivel un metro inferior del antro principal, usaba libros gruesos y antiguos encuadernados en cuero roído los que pisaba con la sensación angustiosa de estar andando sobre brazas. Esta debió ser la misma visión de Umberto Eco, cuando la empleó.

Librería de Rafaél Martínez, Barrio la Candelaria Bogotá, Foto de David Cifuentes

Luego queda validado el giro literario que usaste, pero insisto, que el recinto donde se estaba inaugurando una biblioteca de una comunidad de pobres, con libros descartados con mesas y estantes reciclados donados por las damas piadosas de la ciudad, no era un antro. Recuerdo los estantes alineados, las mesas de lectura bien dispuestas aunque desiguales, que el sitio había sido amorosamente aseado para el evento y la comunidad que expectante por oír tus palabras, abarrotaba el recinto aquella noche. ¡Maldita sea! desluciste mi espíritu en ese momento sublime. No te lo perdono. 


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