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El Deleátur del Corrector

Queridos Pacho y David, apreciados todos:

Ustedes han sido los primeros en colgarle hojas al abedul, en especial Pacho, suyas son tres, aunque los dos textos de David aún no están publicados, pero sí enviados. Sabido es que no es fácil mostrarse y arrancar en punta. Son los primeros retoños, felicitaciones por ello. Algunos hemos dedicado tiempo a preparar el terreno, sugerir el frente, indicar detalles del decorado, pero sobre todo, dejar bien determinado el por qué y el para qué de esa presencia verde entre nosotros, pero siempre será más valeroso y valioso, me parece, las tareas de la vanguardia, ese abrir el sendero, el decidirse a colocar allí las primeras hojas.

Lo importante es que el empeño, cualquiera sea la tarea, nos depare felicidad, alegrías, satisfacciones, tal vez sea mejor decir plenitud, o como quiera llamársele a esos estados del espíritu en búsqueda de mejores aires, así como bellamente lo dice el verso degreiffiano. El cultivo de nuestro árbol no puede convertirse en una condena, no podemos convertirnos en esclavos de su porte y de su florecimiento. Él debe, a no dudarlo, padecer los defectos de su especie, de su genética y de su tierra, los cuales, no obstante, buscaremos aminorar para que sea larga, larguísima su vida entre nosotros. En este sentido la reprimenda de Camilo, su malestar por los errores en la salida del abedul, frutos de la premura o del descuido, aunque bien intencionada, no  debe consumirse totalmente, pues bien puede convertirse en antídoto o veneno paralizante.

Este mal de los puristas y perfeccionistas, especie negadora, entre los cuales me encuentro, nunca nos dejará satisfechos, y por ello fastidiamos del trabajo de los otros, porque al leerlos, es como si nos leyéramos a nosotros mismos, pues convertimos sus textos en nuestros textos, y, precisamente ahí, sentimos ese corto circuito interior al ver que las palabras no se suceden como esperábamos, como las soñábamos, y, por el contrario, las vemos allí rodar cuesta abajo en avalancha, en el desmadre del carajo de otras manos. Aprovecho esta situación, pan diario de quienes trajinamos con las palabras, para comentar lo que le sucede al corrector en la “Historia del cerco de Lisboa”, pues creo nos deja útiles enseñanzas.

Saramago introduce en ese libro la gran importancia que tiene el corrector en el mundo de la escritura. En una editorial que se respete por el corrector deben pasar las pruebas, no una vez, sino tres veces, hasta cuando ya no existan dudas sobre todas y cada una de las palabras, sobre todos y cada uno de los signos, sobre cada giro gramatical o lingüístico, pues de  su supremo ojo y criterio depende que no sean necesarias las erratas.

Al corrector le compete la inmensa responsabilidad de utilizar el deleátur y evitar así que nadie pueda avergonzar al escritor por el mal uso de la escritura una vez publicados los textos. El deleátur, expresión latina que significa “suprímase”, esa suprema capacidad para quitar palabras o frases enteras, está, pues, en sus manos. Alta es su misión y Saramago se divierte ironizando sobre el poder quitar un “Si” o un “No” en una frase, pues ejercer con ellas el deleátur bien puede cambiar la historia misma, como sucede con la del cerco de Lisboa.

Raimundo Bienvenido Silva, corrector serio y competente,  podía pasar días enteros con sus noches investigando si en la época del cerco de Lisboa por parte de los cruzados, contra los allí asentados moros, era correcto hablar, por dar un ejemplo, de hondas baleares para referirse a ciertas máquinas de guerra, o mejor hondas baleáricas como se le hacía lo correcto; sin embargo su mayor problema no eran los deleátures que no tienen discusión , típicos de su oficio, que pescaba y anotaba al margen sin mayor esfuerzo, sino de aquellos de más peso y fondo, esos giros y palabras que pueden torcer el sentido de la verdad y de la historia como hemos dicho. El corrector se da cuenta que en puntos cruciales de la narración histórica del cerco el autor ignora aspectos de la cultura musulmana,  no explicitada en los originales. Pero como el corrector no puede avergonzar al autor agregando por su cuenta páginas enteras, simplemente las piensa, nos dice, para nuestro deleite y por esa magia de los recursos de la literatura, cómo debió ser escrito el pasaje. Tal la muy bella y pormenorizada descripción de la madrugada del almuédano en su subida al alminar, en lo más alto de la mezquita, para llamar a los fieles a la oración,   que el historiador del cerco omite, pues para habar de cercos sólo le basta un ejercito, una ciudad y un río. Pero no, insatisfecho, Saramago pone a pensar en voz alta al corrector, que sí conoce de pormenores, y, entonces, nos regala a partir de los pensamientos no escritos del corrector esta exquisitez:

“A los pies del almuédano hay una ciudad, más abajo un río, todo duerme aún, pero con inquietud. Empieza la mañana a moverse sobre las casas, la piel del agua se vuelve espejo del cielo, y entonces el almuédano inspira hondo y grita, agudísimo, Allahu akbar, pregonando a los aires la sobre todas grandeza de Dios, y repite, como gritará y repetirá las fórmulas siguientes, en extático canto, tomando al mundo por testigo de que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es el enviado de Alá, y en habiendo dicho estas verdades esenciales llama a la oración, Venid al azalá, pero siendo el hombre de naturaleza perezoso, aunque creyente en el poder de Aquel que nunca duerme, el almuédano reprende caritativo a aquellos a quienes los párpados aún pesan, La oración es mejor que el sueño, Assala-tu jay-rum min an-nawn, para quienes en esta lengua lo entienden, y concluyó al fin proclamando que Alá es el único Dios, La ilaha illa llah, pero ahora una sola vez, que es cuanto basta si se trata de verdades definitivas. La ciudad murmura las oraciones, el sol apuntó e ilumina las azoteas, no tardarán en aparecer los moradores en los patios. El alminar está a plena luz. El almuédano es ciego.”

En abedul.net estamos completamente inermes, esto es sin un diligente corrector que corrija tres veces, y al final, con toda calma, realice una última lectura de conjunto antes de lanzar los escritos a los otros. ¿Quién estará además dispuesto a agregarle un bello giro a nuestra idea? Seguramente nadie, excepto nosotros mismos. Nadie nos puede evitar el ser avergonzados por nuestros propios errores u omisiones. Este es el precio de mostrar nuestra alma. Una nota final puede indicarse: Saramago, quien trabajó por mucho tiempo como editor y conoce el oficio, cita la lección que sobre errores nos dio Bacon en su Novum Organum y que puede sernos útil, dice así:

“Divide él los errores en cuatro categorías, a saber idola tribus, o errores de la naturaleza humana, idola specus, o errores individuales, idola fori, o errores del lenguaje, y finalmente idola theatri, o errores de los sistemas. Resultan ellos, en el primer caso, de la imperfección de los sentidos, de la influencia de los prejuicios y pasiones, del hábito de juzgarlo todo según ideas adquiridas, de nuestra insaciable curiosidad a pesar de los límites impuestos a nuestro espíritu, de la inclinación  que nos lleva a encontrar más analogías de las que realmente hay entre las cosas. En el segundo caso, la fuente de los errores viene de la diferencia entre los espíritus, unos que se pierden en los pormenores, otros en vastas generalizaciones, y también de la predilección que sentimos por ciertas ciencias, lo que nos inclina a querer reducirlo todo a ellas. En cuanto al tercer caso, el de los errores del leguaje, el mal está en que muchas veces las palabras no tienen sentido, o lo tienen indeterminado, o pueden ser tomadas en acepciones diversas, y, finalmente, cuarto caso, son tantos los errores de los sistemas que no acabaríamos nunca si empezáramos a enumerarlos aquí. Válgase, pues, el corrector de este catálogo y prosperará, y sírvase también de los beneficios de aquella sentencia de Séneca, reticente como a los días de hoy conviene, Onerat discentem turba, non instruit, máxima lapidaria que la madre del corrector, hace muchos años, y sin saber latín y poquísimo de su lengua propia, traducía con natural escepticismo, Cuanto más lees, menos sabes.”

Norberto


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