La belleza es esquiva. Tal vez por eso valga la pena consagrarse a su búsqueda como sumo proyecto, hora tras hora, día tras día, hacia la perfección del arte elegido. En el trasegar con las palabras rara vez, y por azar, nos encontramos con ella, para perder, casi de inmediato, su rastro. Si en un instante feliz uno se topacon la veta, con el filón ansiado, luego del deslumbramiento inicial por el hallazgo, por el insuperable giro de la nueva composición, el sendero hacia la mina se enmaraña nuevamente impidiéndonos descender a la oscuridad de sus socavones misteriosos.
Es un mito demasiado hermoso creer que algunos llegamos a este mundo dotados, sin más, con disposiciones naturales para asumir el alto papel de la creación, esto es, de componer la belleza, de ser dioses.
Por tal motivo nuestro máximo proyecto a cada instante tambalea, en dura lucha contra el paso del tiempo y sus secuaces, distractores de toda laya, alejándonos del derrotero, impidiéndonos descubrir aquellas circunstancias que nos permiten expresarnos, no mejor, sino con plenitud.
Decir “tiene vena” como si fuese un don natural, no es más que un pobre consuelo, una forma caricaturesca para indicar una cierta disposición o sensibilidad para acariciar la creación. Los clásicos conocían esa necesaria arqueología sobre las palabras para descubrir su vena, al interior de la cual uno se expresa plenamente, en soledad, como llevados por una inercia interior, irrepetible, absolutamente personal.
Con tan alto ideal tras la belleza poco a poco construimos nuestro cenáculo y los rituales apropiados para la celebración del misterio que nos descubre por primera vez las cosas que han estado siempre entre nosotros. En Pound y Pavese, obsesivos tras la veta, en ocasiones se encuentran señales didascálicas de cómo debe escribirse en verso.
Pound llamó la atención sobre la poesía provenzal, en particular sobre Arnaut Daniel, el más grande para seleccionar palabras y encontrarles eco en el canto y ajustarlas perfectamente con la melodía.
El proyecto de Arnaut consistió en dominar la estética del sonido, en alcanzar un arte intermedio entre literatura y música al punto –dice Pound– de poder diferenciar sonidos cristalinos, opacos, transparentes, diáfanos, con tiempos marcados con levedad o con mucha fuerza. Llama, pues, la atención el proyecto de Arnaut Daniel de Ribeyrac quien entre los años 1180 y 1200 de nuestra era se propuso enriquecer el lemosín (lange d’oc), que ya empezaba a declinar, con la exclusiva finalidad de ir tras la belleza a través de la forma, el contenido, la música y las palabras.
Son tan bellos esos logros que Ezra Pound, su traductor al inglés, consagró gran parte de su vida a un proyecto inalcanzable, incapaz de reemplazar el original y de plasmar en ingles los ecos y las combinaciones sonoras de Arnaut Daniel, acercarnos, eso sí un poco, al embelezo y magia de su arte. Pound recuerda en alguna de sus notas críticas que no podía él en pocas décadas lograr lo que dos centenares de trovadores tardaron un siglo y medio en conseguir. Los primeros versos de “Can chai la fueilla” en langue d’oc dicen así:
Can chai la fueilla dels ausors entrecims,
El freitz s’ergueilla don sechal vais’ el vims,
Dels dous refrims vei sordezir la brueilla;
Mais ieu soi prims d’amor, qui que s’en tueilla.
La versión de Pound al inglés suena así:
When sere leaf falleth from the high forked tips,
And cold appalleth dry osier, haws and hips,
Coppice he strips of bird, that now none calleth.
Fordel my lips in love have, though he galleth.
En español, más cercano a esas sonoridades provenzales que el inglés, los versos de Arnaut pueden escribirse así:
Cuando la hoja marchita cae desde lo alto de las ramas,
Y el frió aterra al mimbre seco, a la rosa silvestre y al espinillo
Y despoja al soto del pájaro que otro no llama ya con su trino.
Mis labios, de amor resecos, duelen.
Mucho más cercano a nosotros, el italiano Cesare Pavese, decidido a no cejar en su proyecto, comenta, en “El oficio de vivir”, cómo llegó un momento en que logró expresarse a sí mismo en forma concisa y absoluta, a construir una persona espiritual que ya no podía sustituir ni negar. Pavese cree encontrar su vena cuando logra una “contemplación inquieta de las cosas” más cercanas, digamos, de su entorno piamontés, de la ciudad de Turín. Antes, dice, trabajaba con “contemplaciones ensoñadas”, con “espiritualización de escenas completamente descriptivas (Señala los poemas Mari del Sud, Paesaggio a Tina, Ritratto d’autore), pero a partir de Luna d’agosto (1935) cree haber encontrado su vena, lo que el llama la “verdadera creación de un misterio natural en torno a una angustia humana”. No trascribo el poema Luna d’agosto por ser relativamente extenso, pero sí este regalo de “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escrito en 1950, en traducción del escritor José Agustín Goytisolo con el que me despido, y con el que medito acerca de por qué valió la pena consagrase al proyecto.
Norberto
VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos- esta muerte que nos acompaña desde el alba a la noche, insomne, sorda, como un viejo remordimiento o un absurdo defecto. Tus ojos serán una palabra inútil, un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana cuando sola te inclinas ante el espejo. Oh, cara esperanza, aquel día sabremos, también, que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio, como ver en el espejo asomar un rostro muerto, como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
VERRÀLA MORTE E AVRÀ I TUOI OCCHI
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi- questa morte che ci accompagna dal mattino alla sera, insonne, sorda, come un vecchio rimorso o un vizio assurdo. Y tuoi occhi saranno una vana parola, un grido taciuto, un silenzio.
Cosí li vedi ogni mattina quando su te sola ti pieghi nello specchio. O cara speranza, quel giorno sapremo anche noi che sei la vita e sei il nulla.
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Sarà como smettere un vizio, come vedere nello specchio riemergere un viso morto, come ascoltare un labbro chiuso.