Desde hace tiempo me siento culpable en las fiestas decembrinas por la actitud indolente que me embarga para continuar trabajando en Mi Proyecto.
Es una actitud irresponsable hacia el Proyecto por el carácter mortal del autor. Se supone que la única limitante para terminarlo es la muerte, luego cómo puede permitirse dedicar al ocio un mes del año, para dejar que la parca se arrime con su corta cabezas y eventualmente deje al Proyecto inconcluso por sustracción de interesado en finalizarlo.
No concibo que éste se pueda abandonar a discreción –para tomar una temporada de vacaciones, por ejemplo– porque aceptar tal posibilidad, significaría que hay otras cosas más importantes en la vida que ese Proyecto principal.
No creo que el Proyecto pueda ser fuente de fatiga y que en consecuencia se esté cansado el cuerpo o la mente del promotor en alguna etapa de su ejecución. Toda la emoción y toda la pasión están comprometidos en él.
Luego es una pena para mí anunciar que mi Proyecto queda suspendido por unos días, en los que me entregaré a la vivencia colectiva de las celebraciones.
Quizás en esos momentos de ocio se asome la chispa de la reflexión que me indique que mi Proyecto soy yo mismo, o que en realidad el Proyecto es Ella.
Felices fiestas y un año por venir lleno de nuevas vivencias y alegrías.
El día cae sobre ese instante que busca negar las sombras; ese por el cual se acrecienta el astro Sol –aquel gran ojo en las alturas- y por el que se contraen, bajo su luz, los objetos en nuestras simas.
El día cae sobre lo que, coloquialmente, podemos llamar las horas sin sombras; y cae al tiempo que el allegro de la Primavera da paso al largo. (Entonces, cuando semejante coincidencia se da, sobre las cosas y frente a la consciencia de un humano, sólo podemos imaginar –conjeturar- que los instantes son tejidos o creados con precisión: Sin albur.)
El largo es un movimiento lento que llama al recogimiento del alma, y a sus lágrimas, cuando su timbre lo conducen los violonchelos, ese instrumento de sonidos graves y distantes, cual presencias únicas en el desierto de una existencia. – Y así da peso a la Primavera, Vivaldi, con su dolorosísimo largo: Forma con la que se suspende el tiempo, forma que abre las honduras del ánimo, del alma.
Un griego –no podría ser otro- apasionado del ver sensual y de ese que a lo absoluto se eleva, conjeturó que en un momento del año y en un lugar de la Tierra habría un medio día sin sombras. Y, fijado el tiempo –ese que abre y cierra las distancias-, lo halló.
Como aquel griego no era poeta, tan sólo demostró, con ello, la redondez, esférica, del planeta, y determinó con precisión superior a la del fotón el tamaño de este globo. Números exorbitantes para aquel entonces, curvaturas inmensas para aquellas miradas.
Como no era poeta, su precisión no cautivo ni transformó la historia: Su dato, su lucidez, no sirvió de nada y de igual llegaron los filósofos y luego la escolástica, vino todo el necesario discurrir del tiempo hasta cuando el avance de los turcos por el sagrado Imperio Romano de Oriente alentó las velas de los galeones españoles. Entonces, tras el apremio de los conflictos bélicos, el dato, escondido desde aquella presencia en los arcones de la memoria humana, despertó. Y despertó para dar la redondez a la Tierra. – Entonces, tras los períodos de estaciones y de ciclos vitales surcados, consumidos, vividos, tras esos periodos que consumen generaciones de presencias y que, bajo la dinámica de la quietud de las estrellas, dan, así mismo, sus ausencias, recordamos que un griego, mucho antes de la Pasión del Cristo, dio con precisión la forma y el tamaño del Planeta. Y su dato –al menos como indicio de la genialidad del cerebro humano- hace parte ya –y desde entonces, pues ese es el milagro de la luz de la historia- del proyecto, aquel que ve las formas y las distancias.
Por ello, o viendo aquello, presumo que si hay algo que se pierde (una idea, un giro expresivo, un acto de guerra, una manera de tocar lo amado y de vivir lo sagrado, - no un nombre), es porque no se requería para la vitalidad de un instante.
Habría que decir que nada de lo vital se pierde. No importa si lo iluminado no cae en manos de poetas. Tampoco si caen en manos de poetas y luego los dueños de las verdades sagradas las queman en los recintos de las bibliotecas… o decapitan, a espada limpia, a bardos de memorias descomunales. – Nada vital se pierde, afirmo, mientras exista una presencia humana que eleve su mirada sobre al horizonte o que la cierra para ahondarse dentro sí.
En el proyecto participamos todos, porque aquel no es nombre, sino que son giros, sentidos, maneras de tocar, de acariciar, de mirar y de yuxtaponer, en la extensión de lo blanco, las siluetas negras de las palabras.
Sea, y defendamos: A la sazón no importa si el apodo, tras el devenir del tiempo, se pierde, porque el proyecto es de la historia que va más allá de los nombres. – Por eso, y valga el ejemplo, a Sísifo no le importa condenarse en su montaña: Pues su esfuerzo da el valor del obrar humano. Pues su esfuerzo enciende miradas, anima gestos, forja palabras… adorna la vida.