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Correos sobre el respirar

Lo mejor del silencio, Pacho amigo, es que, si logramos salir al día, lo podemos recordar y compartir.

Aquí te envío lo que una vez compartimos –para vivir. Y que sea buen material para tu amiga – poeta; aunque si no lo vive, estará por fuera –del respirar.

1. De Francisco

Camilo:

Gracias por compartir el Diario y los sentimientos que te invaden.

Yo siempre recuerdo a los poetas, es curioso, nunca me recuerdo a mi mismo leyendo poesía. Pero Jorge Manrique en sus coplas me parece escribió un compendio suficiente de la vida.

El sentimiento del valor del oficio no debe agobiarnos porque "otros con oficios no debidos se mantienen".

Retomando la idea del correo de las vacaciones sobre la intrascendencia del Proyecto vital que puede suspenderse a voluntad, yo me critico el dormir, pues la Empresa no debe sufrir interrupción, dado el carácter de mortal que tengo y la perentoriedad de darlo por terminado, pero bueno, ¿qué puedo hacer si mi cabeza se derrumba por el sueño? Así que cuando me dispongo a dormir, me recuerdo mi naturaleza animal de simple sobrevividor y no me avergüenza el quedar indefenso a los peligros acechantes.

El valor del oficio es relativo a la mirada del colectivo, no soy yo quien lo aprecia, aunque me sienta a gusto haciéndolo o me sienta condenado. El valor del oficio es la presencia, el compartir el espacio y el tiempo con los otros. No importa que sea pasivo o incomunicado, o activo y comunicativo.

Yo no soy especialista en el tema de justificar el vivir y la existencia. Solo defiendo "el respirar" como acto heroico y a partir de ahí como te dije en un correo temprano hace dos años "todo lo demás es ganancia".

Eso es lo que me explica la lucha del hombre por la sobrevivencia y la búsqueda de la inmortalidad física por medio de la del colectivo.

Un abrazo

Francisco

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Francisco:

A propósito del correo sobre el valor del respirar, me llama mucho la atención lo que le dices a Camilo, que a pesar de que no eres un experto en el arte de la justificación, eres un gran defensor de lo colectivo, de la inmortalidad física.

Quisiera, claro está si tu deseas, que me explicaras un poco más este asunto.

También, me gustaría profundizar un poco, porqué dices que el solo hecho de respirar es ya heroico. Las bacterias respiran, las plantas, etc., ante ¿quién son héroes?

Desde luego mi Nogal es un héroe, ante este sistema, enemigo de los amantes de la vida, pero ya empieza a estar dentro plano poético que desde luego da vida.

La poesía ensambla posturas distantes, igual que la música. Ensambla posturas del pensamiento que en otros planos serían totalmente antagónicas.

Un ¡hurra!, ¡hurra! por la poesía y la música que vivifican.

Con aprecio

David Mauricio

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Buenos días Pacho.

Ya, un poco más por fuera de mi mismo, saco mejor provecho de tu último correo. Lo que además significa que, tras el envío, le he tenido muy presente. De cierto en mis cuatro últimas caminatas (con la que he reemplazado, de momento, el atletismo –por razones de economía de fuerza, básicamente) la he estado rumiando, al decir de Nietzsche.

Obviamente el primer y segundo día no me decía nada. Y digo “obviamente” no sólo por no ser una idea mía, esto es, por ser algo ajeno y que, al tiempo, se exponía cual punta de iceberg, – ocultando su materia, sino por estar yo mismo como el grueso del iceberg: Sumergido en el mar ardiente y complejo del instinto.

El tercero, quietud – en todos los órdenes: Pasmosa nada que hace de nuestro ser un ser de roca.

Pero el cuarto, ayer, todo cambió.

Caminaba más lento que de costumbre. El Sol Poniente velado por un cielo saturado de nubes plateadas. El calor estático, aprisionado; sin los vientos y sus corrientes. Más quietas que de costumbres las vacas y sus becerros, los gallos – en los muros, los perros – vigilantes nuestros en las entradas de las fincas, el rasante cielo – sin los enjambres de libélulas que marcan la mayoría de las tardes; y, por la quietud misma – tal vez, mucho más ensordecedoras las chicharras entre los árboles. Entonces, al comenzar la cuesta, sobre los elementos del cielo y la tierra se impone la respiración – de un hombre en ascenso. Voluntariamente la ahondo y el paso se hace más firme, más decidido.

“Tras respirar, todo es ganancia” entona mi mente. Y sonrío.

Simple. Puntual. Nada que ver con la existencia.

Y sí: Alienta. – Nos aleja del tiempo. Nos saca del tiempo. Propone una contrapartida al ser en el tiempo: Eleva la ilusión de no ser sujeto histórico, y, por lo tanto, sin mayor anclaje social. – De algún modo: El Yo armoniza sus fuentes instintivas porque mata –por un momento al menos– lo otro – que es cultura (historia y sociedad).

“Tras respirar, todo es ganancia” alienta si hay un cielo despejado en el alma. Y alienta porque, además, toma para sí lo mínimo que es una vida: El respirar. Lo planta en un extremo: Después de ello no hay nada. La lanza a un extremo: A la ilusión de estar en un perenne origen, – en el instante concreto de un nacer que elude –dado que contemplamos como se transforma el ver y lo visto– la consciencia de un transitar, de ser medianeros en un andar ante el ocaso (dormimos, y por norma es en la noche).

Bien, pero esto último puede ser, de igual modo, pura ilusión, simple representación. De allí que, desde ayer, aquella consciencia de respirar está en mí.

De allí que, desde ayer, aquella consciencia de respirar está en mí.

Camilo

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Camilo:

Son muchos los momentos en que me tropezado con el impacto de "respirar"; de encontrar un ser que se enfrasca sola y únicamente en respirar, porque asume que si lo continúa haciendo algo sacara de ganancia.

Te refiero dos experiencias que se saltan de la memoria.

1. La primera es una joven contemporánea nuestra (de Norberto y mía) del Minuto que ocultó su embarazo de señorita a su familia. Verás que el feto no tuvo sosiego en su gestación pues las fajas y el desamor buscaban torcer el brazo de los genes. Ocurrió que esta señorita un día fue al baño, y según el relato que la madre de ella hizo a mi madre la joven gritó:

Mamá!, se me salió algo.

La madre corrió al baño y se encontró con su hija pálida y azorada. En la tasa del inodoro se encontraba una criatura –me imagino en la posición más incomoda del mundo–. La madre confrontó a la hija por no haberle dicho sobre su embarazo, y se reprochó a sí misma por no haberlo notado.

Luego miró con compasión a la criatura y maldijo a Dios por que:

"¡Respiraba el hijueputa!".

El niño fue alzado, limpiado y hoy seguramente ignorante de su inadvertido arribo a este mundo debe ser un hombre feliz.

2. En una salida mañanera del barrio Tisquesusa con Alejandra y Andrés –los llevaba para el kinder– cuando se estaba terminando la ampliación del segundo carril de la avenida 80, nos encontramos con un accidente absurdo de un auto Simca contra un bus que pretendió ahorrarse unos segundos echándose en contravía veinte metros, –razonando su chofer seguramente que por lo temprano de ahora y el poco tráfico visible era un paso seguro.

Corrimos todos, los vecinos y transeúntes fueron a socorrer a los heridos y los sacaron del automóvil, el choque no fue aparatoso en cuanto a las latas, parecía un choque más menor que mayor (después supe que varios de los heridos murieron), yo quise que los niños vieran el accidente. Es una forma directa de enseñar a respetar y temer la velocidad y las consecuencia de las contravenciones e imprevisiones.

Me encontré con un grupo de heridos silencioso, nadie gritaba ni se quejaba –todos hombres adultos– sentados y mutilados, y uno en particular tenía una cortada terrible en la garganta, por la cual "respiraba", me confirmó que a él no le interesaba en ese momento nada más que respirar.

Tú puedes buscar en un barrido del pasado situaciones admirables sobre el respirar y entenderás porque soy tan simple en mis reclamos de la existencia, y a la vez porque soy tan feliz cuando recobro la conciencia de que respiro. De que estoy respirando.

Un abrazo

Francisco

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 ¡Salud, Pacho!

Espero que las condiciones, las circunstancias te hayan permitido disfrutar la hermosa luna – en lo alto. Y que aquel, mi regalo nocturno, te haya producido cierta alegría, como a mí – tu idea.

De cierto en Bogotá casi nunca la miraba. – Su clima, sus construcciones que cierran el horizonte casi a perpetuidad, o durante el tiempo justo de una vida, y el peligro latente tras las esquinas oscuras de la noche, tras las profundas sombras de la luz de la ciudad, impedía que de manera natural, no forzada, mi mirar se perdiera en la lejanía y en el cielo sobre una tierra que aguarda el día. Aquí, en cambio, la he visto vestirse de los más diferentes colores y sonrojarse por mi mirada. Rojo como la sangre, amarillo pálido como la guayaba madura, y sus diversas tendencias al rosado – propio de Délos, y, claro, el blanco marfil cuando, dejando el horizonte, está en lo más alto. Todos ellos son colores que pueden cubrirla en el lapso de unas cuantas horas. Ah… su tamaño. ¡Cómo crece, cómo se agranda y se empequeñece! Y como el color de su ropaje, todos ellos, también, abarcables en el lapso abarcable de una mirada nocturna, y de un mirar tranquilo y confiado.

Sea ello, de momento.

La consciencia del respirar, esto es, “respiro (vivo), todo lo demás es ganancia” afirma la vida como medio (o condición necesaria) para el hacer. Aquí, por supuesto, lo importante no es la sentencia sino la conciencia, es decir, la energía mental que aquel estado produzca en nosotros. O, si se quiere, aquella frase afirma la vida, pero de una manera singular: Si sé que respiro, si sé que vivo, es esto, de por sí, una ganancia. – No es suficiente con respirar (con vivir); y no lo es, al menos, si se desea apropiarse de la energía del respirar, – es necesario, para ello, ser consciente de aquello. Pero, ¿Para su conciencia basta con decirlo, con desearlo? O, por el contrario ¿se requiere cierto estado propicio, cierto tipo de experiencias por las cuales este juicio –casi de carácter budista– logra constituirse en aliento?

Es muy probable que ideas tan simples y puntuales impliquen todo un doloroso recorrido y toda una ardua confrontación frente al ser en el tiempo (frente a la conciencia de la existencia, del ser y del dejar de ser).

“Respiro, todo lo demás es ganancia” es un estado de la mente por el cual acrecienta su energía a través de la potencialidad que permite su respirar, su saberse respirando – que bien podría ya no ser. Maximiza todo posible acto, por pequeño y volátil que el sea. Es una manera por la que lo positivo se vigoriza, permitiéndole reproducirse, acrecentarse.

Y si lo anterior es así, o tiene algún sentido, es porque hemos aceptado dos preguntas básicas que encierran aquella postura:

¿Ganancia para quien, para qué?

¿Ganancia de qué?

Por supuesto: Habría que sondear, al tiempo, si la conciencia del respirar debe estar sujeta a un fin o, de no querer estar en una formula más de una moral, si es posible desprenderla de toda teleología, de toda ética.

Es todo. Aunque, de momento, es una buena imagen para levantar los párpados.

Camilo.

****

Ah… Tus dos ejemplos no son pertinentes. Ya lo he dicho: La conciencia del respirar es para quien está bien. – En la vida del neonato, que nació para sumergirse en un inodoro, y en la del hombre, en la que Circunstancia le estaba facilitando las cosas al degollarlo, lo que se manifiesta es la fuerza de la vida (aquella que sustenta a la Tierra como organismo viviente; aquella que, a pesar de nosotros, y, muchas veces, contra nosotros, nos calienta, o nos dificulta, a decir no más, el paso final, el acto último). – La conciencia del respirar es en el Tú de ahora; de pronto en aquel que fue, pero eso no lo sabremos.

Sí, la señora. – Y la de la señora, abuela en ese preciso vaciar de baño, tampoco: Porque si bien podemos creer que aquel “Respira el hi de puta” es, al contrario de tu suponer, un maravillarse (y por lo tanto un dar gracias a la deidad) de lo robusta y vital que es la vida – aun en su mismo inicio, y robusta y vital por doblegar, precisamente, tanto sin deseo, tanto sin amor, tanto aparecer que lo negaba y lo ocultaba, y aquel primer gran intento por dejar de ser, es –como te decía– la conciencia de ella, de la abuela, la conciencia de un otro, y no la de aquel que ha puesto en cuestión el acto de respirar, esto: La del infante que nació directamente para sumergirse en la letrina.

Camilo

Sobre el respirar y la permanencia

En mis incursiones diarias por la poesía de calidad me encontré con un poema de Lionel Jonson, considerado por Ezra Pound, como uno de los más exquisitos en lengua inglesa. Curiosamente trata, con hermosa brevedad, el tema del respirar.

Tema arduo como el que más para ser tratado en verso. No podía pasarlo por alto y dejar de compartirlo con ustedes, pues desde hace algunas semanas el asunto ronda mis pensamientos, sobre todo ahora que ha sido tratado por Pacho y por Camilo Ernesto al iniciar esta temporada epistolar del 2002.

En su escueta sencillez, trata sobre un “Hermoso rostro desaparecido, sobre unos bellos labios que la muerte enmudeció y ya no respiran, alegres, nuestro aire.

Música que sólo de amor habla, y de cosas bellas”. Dice así:

Fair face gone from sight

Fair lips hushed in death

Now their glad breath

Breathes not upon our air

Music, that saith

Love only, and things fair.

 

Hermoso rostro desaparecido

Bellos labios que la muerte enmudeció

Y ya no respiran alegres

Nuestro aire.

Música que sólo de amor habla,

Y de cosas bellas.

 

En ausencia de un sistema global en el cual apoyarme, tomo el poema como epígrafe para iniciar algunos aforismos sobre ese signo vital definitivo que define la frontera entre la vida y la muerte, y que además intento relacionar con el tema de la aspiración a la permanencia.

Del respirar, como del palpitar, normalmente no se tiene conciencia. Experimentar el goce de su existencia requiere una cierta disposición del espíritu, un “savoir faire”, todo un arte. Naturalmente, como la poesía, como el amor, es un disfrute que no se enseña.

Las personas común y corrientes, los que algunos llaman vulgo, pueblo, gente simple, aquellos que no se interesan por ningún refinamiento, que no se preocupan por buscar sutilezas ni regalarse con finuras de ninguna especie, generalmente coterráneos felices sin saberlo, casi siempre experimentan el respirar y el palpitar o por exceso o por defecto, por lo común cuando ya es demasiado tarde, cuando por algún motivo su frecuencia se acelera o empieza a languidecer; sólo entonces esos cuerpos sin alma cuestionadora, sin voz crítica interior, quintaesenciadora, experimentan que todo, absolutamente todo, por primera vez, está faltando, se está yendo, se está desvaneciendo. Sólo en ese momento, en esa primera conciencia no buscada del respirar y del palpitar empiezan a existir para el espíritu, posiblemente en esos últimos minutos, cuando ya la vida se les escapa para siempre. Si alguno se salva, téngase casi por seguro que abrazara con pasión alguna mística agradecida por la buena suerte de esa inmerecida segunda oportunidad.

Hay que aprender a degustar nuestra respiración, nuestro palpitar, nuestros signos vitales inconscientes. Forzarlos un poco. Llevarlos a ciertos límites controlados. En este programa, que cualquiera denominaría epicúreo, pero que además considero existencial, pueden incluirse todos nuestros sentidos, toda la gama de sus potencialidades. El sentido del gusto, de los sabores, tan aprisionados en camisas de fuerza culturales. El olfato, tan torpe, sólo afín a las floralias y lavandas de pacotilla, incapaz con el jengibre, con ciertos quesos en descomposición, con los almizcles de toda humana naturaleza. El tacto y la piel, tan reacia a los contactos, tan padecida de antropofobia. La vista, nuestra pobre vista, tan censurada, tan sicoanalizada y siquiatrizada por su afinidad natural con el esplendor de todas las formas posibles; y nuestros oídos, saturados por el ruido, por las vocinglerías, incapaces de capturar los silencios, todas las gamas del bel canto con sus susurros, sus trenos y su risa.

El manejo a discreción de los sentidos, sin método y dosificación puede ser también droga mortal. Ellos tienen la capacidad de envolvernos en un manto de embelezo que conduce a un total hundimiento sin retorno posible.

El enunciado “Respiro, luego todo lo demás es ganancia” es un grito de reconocimiento agradecido por el hecho singular de sentirse poseedor de la más rara circunstancia universal: la vida autoconsciente. Pude no ser y soy. Estoy aquí. Respiro. Además, se sabe que soy único. En el azar de lo posible se calcula que la probabilidad de mi existencia era cercana a cero. Y sin embargo heme aquí, No hay dos iguales en el universo, ni siquiera clonado se podrían repetir mis circunstancias individuales. Ganar significa aquí todo lo posible, todo lo angelical y todo lo perverso, incluidas sus zonas grises y matices intermedios. Ganar también es perder, es sufrir y negarse con el recuento de todas las conquistas, con sus miserias y barbaries sin nombre. Ganar aquí es simultáneamente hundirse en las tinieblas del infierno como el nacer a la luz, es decir, simplemente el vivir.

El embelezo del respirar encierra el peligro mortal de la evanescencia. El goce permanente de esa plenitud, como el de todos los demás sentidos, nos vuelve adictos a la maravilla del más sutil de los programas epicúreos: El nirvana del cuerpo, no como supremo despojo ascético de toda sensualidad, sino, al contrario, como el goce pleno y consciente de todas las gamas posibles de su sensibilidad. En la posesión consciente y placentera del respirar, como en general de todo nuestro cuerpo, no es posible aclimatar la tensión del espíritu necesaria para acometer grandes proyectos, sobre todo aquellos que nos acercan a la permanencia. No me refiero a torres de babel. Me refiero a algún destello de belleza. En la plena contemplación, en la degustación del éxtasis, así como en la brutalidad de la guerra o la simple lucha cotidiana por mantener una existencia con decoro, no es posible desempeñar con suficiencia nuestro supremo papel de creadores de permanencia, digamos algo acabado, de alguna belleza. La búsqueda de la permanencia es la máxima aspiración, el polo opuesto del culto diario y minimalista por la conciencia personal de nuestra respiración, del reconocimiento agradecido porque ese signo vital básico aún nos envuelve en la maravilla de su red y nos anima. Actitud agradecida con el hecho enigmático de vivir, de sentirse vivo, único, así de pequeño pero igualmente insondable como se comparaba Kant con el infinito de una noche estrellada.

La conciencia agradecida del respirar, programa mínimo, debe encadenarse y no ahogar, al paciente trabajo diario sobre la roca, programa máximo, que aspira, allá en el patio, al sol y al agua, a que por fin una forma permanente de mármol exprese el contenido eterno de la belleza.

Entre tantas y tantas vanidades con que la humanidad ha hecho más amable y llevadera su existencia efímera, hay una que definitivamente cautiva mi admiración y obtiene todas mis complacencias: el aspirar a la permanencia. Podría decirse que es el supremo propósito, la máxima vanidad de vanidades. En un principio hubo alguien que esculpió su propia mano en la piedra para siempre. Quiso dejar su huella en la forma que le pareció más dura y perdurable. Con el correr de los tiempos esa tosca impronta se reemplazó por la filigrana del arte mural, por el diseño exquisito de las formas y los mitos. Aspirar a la permanencia supone una decisión de libertad creadora, un igualarnos a los dioses, supone poner en ello todo nuestro empeño y aliento, hasta olvidarnos por el gusto del respirar y por el agradecimiento de cualquier otra ganancia deleznable adicional, que no esté a la altura, que no de la talla del espíritu.Este supremo propósito por dejar una huella digna, permanente y trascendente, en tanto máxima vanidad de vanidades, ha mantenido a lo largo de la historia una lucha sin cuartel, a muerte, “a tota ultranza”, con incontables enemigos, al cual más peligroso: El llamado, supuestamente virtuoso, por la humildad, émulo y hermano de sangre de todo servilismo; el acudimiento siempre obsesivo a normas de vida y de orientación para pavimentar y hacer así más expeditas las autopistas del éxito entendido como duelo entre los mejor pagados; la competencia por el status y el desempeño de roles consagrados; la idealización de la educación tomada como paquetes tecnológicos que nos resistimos a no olvidar; y digamos, para terminar esta enumeración incompleta, la prudencia miserable de la serpiente que te impide ensoñar.

Norberto.

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David:

Con tu interés en el párrafo de un correo rescatado sobre el respirar.

“Yo no soy especialista en el tema de justificar el vivir y la existencia. Solo defiendo ‘el respirar’ como acto heroico y a partir del cual todo lo demás es ganancia".

Me colocas en el complicado papel de interpretarme a mí mismo. Pero intentaré responderte, no a vuelapluma como suelo escribir los correos, sino ponderando la respuesta para que sea la que te mereces.

Respirar es el primer acto reflejo que podemos controlar, otros como el transpirar, palpitar, salivar y excretar no son reprimibles a voluntad; a menos que se haya sometido la mente a ejercicios extenuantes y prolongados de control de los mismos. Los monjes tibetanos, por ejemplo, pueden bajar o aumentar el ritmo cardiaco o la temperatura corporal, dentro de ciertos límites. Pero aun el control sobre el respirar no es total, al final para evitar la sofocación te desmayas buscando que si eres tu mismo el que está tapando la entrada del aire, por efecto la relajación, dejes de oprimirte.

Respirar es también el primer acto por el cual el cuerpo recibe algo a cambio de nada. El cuerpo toma aire, agua y alimentos. Pero el flujo de aire tiene que ser constante. Es el input más inmediato. Podemos vivir días (40) sin comida y sin agua, solo minutos (5) sin aire. Respirar no requiere esfuerzo consciente del individuo, beber o comer si. En fin no quisiera extenderme sobre el tema que apenas estoy empezando a resaltar porque los libros deben tener apologías más completas y científicas.

Desde el punto de vista de la conciencia si no respiras estás muerto. Por eso los esfuerzos de resucitación y reanimación, las pruebas de vitalidad se enfocan a la respiración. Por eso la muerte por sofocación es la más terrible que concibo.

Luego cada mañana cuando siento que respiro, siento que estoy vivo. Lo de acto heroico viene a lo que sigue: después del primer sorbo conciente de aire. Surge la pregunta ¿Para qué estoy respirando? ¿Para que soy?

El creyente en la divinidad resuelve, creo yo, mas directamente esta pregunta con el mantra de ‘para servir, adorar y venerar’. Ahí encuentra la fuerza de su vida y dejan como secundaria la supervivencia física. El no creyente tiene que enfrentar otros retos. Eso es lo heroico. Porque objetivamente no hay nada que justifique el esfuerzo diario de vivir excepto el amor a la vida. Pero el amor a la vida sería un acto de egoísmo sin sentido ya que vivir para si mismo es también inútil. Entonces surge la base de la segunda afirmación ‘que me explica que la lucha del hombre por la sobrevivencia es la búsqueda de la inmortalidad física por medio del colectivo’.

El individuo aislado del colectivo no tiene sentido en lo que haga, diga o piense. Aun el anacoreta lo es por, y para, el colectivo, aun el místico en sus invocaciones lo hace por, y para, el colectivo. El hombre está determinado a ser un componente del colectivo que es el que lo le sobrevive en el tiempo. Es el altruismo por seres externos a nosotros mismos, el nos mueve a seguir respirando. Es el hacernos matar y morir por lo que viene así sepamos de que no vamos a participar en esa sociedad del futuro.

Sobre las plantas y el nogal, no es otro cuento, es lo mismo pero en la escala vegetal. Léete las luchas de los espacios por la luz en los árboles de la amazonía; lo la luchas químicas de virus y bacterias en el espacio del suelo y descubrirás una inteligencia superior donde no se puede explicar sino a través del acto heroico de vivir y de imponer la prevalencia de la especie aun atentando contra la prevalencia del hombre.

Finalmente sobre el mensaje, creo que cumplió su cometido. Yo no soy especialista en motivar a la gente para vivir. Pero con la exaltación del respirar introduzco un elemento de reflexión sobre lo heroico que es todo ser viviente por ese solo hecho –vivir–. Y me ha servido para acompañar los pasajes oscuros de la vida de aquellos que se sienten tentados a olvidarse de respirar. Eso fue el origen de toda esta historia.

Un abrazo

Francisco

P. S.

2004- En los siguientes dos años no perdí el interes en el tema y para mi sorpresa me encontré a Goenka promotor laico del Vipassana con páginas hermosas del tema y como esta técnica de mirada interior esencialmente es un acto de escuchar atentamente la respiración en absoluta quietud y silencio durante un lapso que puede durar hasta diez días, igualmente el budismo contempla la técnica de la respiración como una práctica necesaria para llegar la iluminación.


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