Imposible a los humanos es el silencio. Estamos condenados a articular palabras, y eso somos, palabra y voz, por el trabajo, la labor, la acción política.
Ningún Dios articula palabras, esas que, tratadas y decantadas producen el encantamiento humano, el misterio del arte, la desdicha, la batahola hilarante de los chillidos en la plaza, la elegante retórica en las ágoras.
Ellos, en cambio, en su mutismo, son esas gotas de metal perdidas cayendo sin fin de una estrella, en el espacio interminable.
Alguien dice, están allí, en el despuntar imperceptible de la vid, en el aleteo brillante de las mariposas sobre las margaritas, en la mañana rotunda de Torridez.
Alguno conjetura que hablan por ese loco que desgrana gritos, que gime su lucidez incomprensible en la calle obscurecida por el humo de los exostos.
Otro insinúa que complacidos se divierten contemplando la inconsistencia humana, el desorden, capaz de reunir en un instante, en un mismo espacio, y a pocos metros de distancia, la culminación de una clase de filosofía, el enconado accionar de los encapuchados que a pocos metros de las aulas queman llantas de automóviles y bloquean las vías de acceso a la universidad, y el ensayo de un grupo de danzas que refina su coreografía y los pasos del Sanjuanero para engalanar y alegrar con su música de embrujo las fiestas de San Juan y de San Pedro en las tierras calientes del Huila.
Ahora es el correteo por el campus de los especialistas antimotines llevándose con precisión, uno a uno, a los alborotadores. Es el fin de dos largos meses de paro estudiantil, de huelgas de hambre, de anormalidad académica, de carpas de campaña para pernoctar tras la acción, de consignas improvisadas sobre libertad y democracia mientras a su sombra se aplauden todas las formas de lucha.
Llegada la noche, el equipo de fútbol local disputará, por primera vez, la final del campeonato nacional. Se está, entonces, ad portas de la gloria, lo cual quiere decir que la fanaticada puede enloquecer, poner en peligro la ciudad, tanto si el equipo gana como si pierde. La fuerza antimotines, enviada especialmente desde Bogotá, está de nuevo preparada.
Curiosa necesidad ésta de consagrarles a los Silentes eternos nuestras vidas, de rendirles pleitesías, cuentas exactas, mientras coros estremecidos gritan su jerga caótica de alegrías, y una lluvia, que bien pude ser llanto, desciende lentamente sobre la ciudad, como sobre mi corazón.