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Íngrid en la inmensidad de la selva

¡Vida!

¡Vivo!

Gritar la vida.

Apropiarse de la vida.

Aquellas dos cosas las sabe hacer el ser humano cuando, por norma, ha traspasado el obstáculo que proyectó una obscuridad sobre su alma. – Aquella negrura siempre será inmensa para esa alma. Entonces, tras erguirse, tras disponer nuevamente sus pasos y sus manos sobre la Tierra, bajo la luz que degrada lo obscuro y que da brillo a las lágrimas que lavan el rostro, entonces, digo, importará poco la disposición del espacio que lo recibe y que de nuevo lo enmarca para conformarlo en las dinámicas del tiempo, en las presencias de los otros: Estar allí es, ya, de por sí, una gracia, un milagro: El estar de nuevo sobre la Tierra constituye, para esa consciencia, la posibilidad de entrega en pro de las dinámicas vitales que lo envuelven como un individuo en medio del todo y del colectivo de los rostros que exponen los seres humanos.

Cielo e infierno son sólo estados del alma. Y quien ha vivido su infierno, encuentra belleza y fuerza de entrega en todo acto que puede extender sus brazos y sus piernas. El espacio es para él la posibilidad de actuar, de extender la transpiración de su vida.

Vencido un infierno, el espacio es posibilidad de actuar.

Vencido un infierno, el rostro humano actúa sobre el espacio.

Nadie es imprescindible. – Ya el Mesías tuvo su lugar en el tiempo. Ahora, libres de aquel deber, somos, esencialmente, elementos en el todo, - elementos capacitados para dar color a nuestras inconmensurables circunstancias, si hemos aprendido a valorar el milagro de nuestro estar, la temporalidad que nos hace vibrar ante la consciencia del respirar.

Camilo


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