He seguido prendado al tema de la decadencia de la juventud que me tomó tanto tiempo responderte en el correo anterior. No resisto resaltar la nota cada vez que encuentro algo que se relacione él. Esta madrugada (es el problema de tener internet inalámbrico y en la cama) escuché a un experto en tendencias sociales que hablaba apasionadamente sobre la juventud y el impacto de la tecnología. No supe en que programa lo oí (es el problema de tener mil emisoras a la distancia de un click) pero si anoté el sitio y la publicación “The trends Journal”; su director Gerald Celente se refería a los jóvenes que están siendo arrastrados a esta forma de esclavitud tecnológica. Encontré coincidencias con mis observaciones anteriores sobre cómo los juguetes electrónicos están absorbiendo el tiempo de las personas sin dejar espacios vacíos para la reflexión ni la comunicación cara a cara. Mi crítica era que el joven moderno se estaba convirtiendo en un autista en la política y en la familia; pero con los datos de Celente me parece que el problema del cambio es más profundo.
La evolución de la especie sigue su curso inexorable hacia el ciber hombre. Lo cierto es que nada se puede hacer, –ni encerrarse en cantar mantras budistas o abrazar el manifiesto del unabomber o imponerse los silencios de la disciplina del yoga–. No se debe culpar a la juventud de dejarse dominar por la intrusión de la tecnología en la forma como encara las nuevas relaciones sociales. Fueron los políticos los que cerraron los espacios de participación a los nuevos ciudadanos, permitieron que arrasaran los campos deportivos gratuitos en las ciudades, los educadores que no supieron dar la motivación suficientes al goce de las experiencias sociales y colectivas. Pero es necesario, para los que quieran mantener el ritmo del cambio, que se adapten a la nueva situación y al nuevo hombre si buscan mantener alguna comunicación con él. El poder invencible del timbre del celular relega al plano secundario al interlocutor de carne y hueso que está presente; rompe el debate, deja inconcluso el argumento, para dar entrada a un saludo o alguna pregunta sosa del ausente o un mensaje de otra máquina; la respuesta es inaplazable porque cada segundo es un torbellino de noticias, textos y luces que dan la sensación de “ser en el mundo” para el que lo vive, pero sin presencia activa. Simplemente es llevado por los hechos que le dictan las máquinas. En cada segundo se exige una reacción inmediata porque la llamada es siempre de vida o muerte, o por lo menos tiene esa apariencia. Los espacios vacíos de la vida son llenados con interacciones con las máquinas que esclavizan o sumergen al hombre en un ciclo infatigable para el silicio (infernal al hombre, digo yo) las veinticuatro horas del día. Es inconcebible la vida sin el celular, es un pecado mortal no revisar las múltiples cuentas de correo, es imperdonable no estar al tanto de lo nuevo en cada día; aunque el alma siga luchando por un contacto humano más duradero e intenso; el cerebro clama por una idea bien elaborada y coherente; el cuerpo por un ejercicio más saludable y vigoroso que teclear botones, la mente pide ver sensaciones tranquilas y lentas del paisaje sobre las luces de colores de los aparatos de las cintas sin fín en los espacios cerrados de los gimnasios; pero el ritmo de la vida actual produce otra cosa y la libertad tiene otro significado.
Parece que me hice viejo prematuramente o me encerré en la senectud para justificar mi atraso. Pero asumiendo esta actitud de rechazo a la tecnología solo me aparto del mundo y, en esencia, tendré una vida tan vacía como el hiperactivo, seré un subactivo que vive el antiautismo electrónico.