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Las citas de la decadencia la juventud [1]

Norberto

Te incluyo las citas sobre la decadencia de los jóvenes que esbocé en el comentario a “Los patetismos de la Educación" donde reclamas más calidad de las generaciones jóvenes, (fortaleza en la crítica, autonomía deliberativa), esta suele ser la monserga reiterada y perpetua de los maestros y de los viejos contra los jóvenes de su tiempo. Yo creo que si tomamos en serio lo que dijeron estos autores, el mundo de hoy sería cuadrado, o estaríamos todos en los infiernos y nosotros no habríamos encontrado lugar el mundo para presentar nuestro discurso. ¿Te imaginas que todavía se estuviera enseñando latín en la educación secundaria? yo me salvé por milímetros. Te reitero, “nuestro tiempo mejor” es este, la juventud moderna es la mejor de toda la historia, gracia a este momento y esa juventud maravillosa nosotros tenemos la oportunidad de hablar, de “refundar” la patria, de redirigir la historia. Ahora bien, si tu vez en la visión de estos educadores, el retrato de la juventud actual, entonces, la conclusión es inapelable: La educación no sirve para nada. O por menos, los vicios y defectos que se denuncian son de la esencia y la naturaleza del hombre en esa edad y por lo tanto incorregibles en las aulas.

Pero arranquemos con el recuerdo común que tenemos los dos y que nos hace evocar ese “mejor tiempo pasado”. Quizás con la lectura las recordarás y estarás de acuerdo conmigo que es un error creer que solo nosotros vivimos en la “edad de oro”, y que los tiempos modernos son de decadencia. Te recuerdo que tengo en los rescoldos mi memoria el texto completo de las coplas de Manrique. 


De Jorge Marique (1440-1470)

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo después, de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquier tiempo pasado
fue mejor.


Para entrar a reforzar con otras citas.

De Cayo Salustio en “La conjura de Catalina” (86 antes del Señor, - 35)

Así que de las riquezas pasó la juventud al lujo, a la avaricia y la soberbia. Robaba, disipaba, despreciaba su hacienda, codiciaba la ajena, y, abandonado el pudor y honestidad, confundía las cosas divinas y humanas sin miramiento ni moderación alguna. Cosa es que asombra ver nuestras casas en Roma y su campaña, que imitan en grandeza a las ciudades, y cotejarlas con los pequeños templos de los dioses, fundados por nuestros mayores, hombres sumamente religiosos. Pero aquéllos adornaban los templos con su piedad, las casas con su gloria, ni a los vencidos quitaban sino la libertad de injuriar de nuevo; éstos, al contrario, siendo como son hombres cobardes en extremo, quitan con la mayor iniquidad a sus confe­derados mismos lo que aquellos fortísimos varones dejaron aún a los enemigos, después de haberles vencido; como si el usar del mando consistiese solamente en atropellar y hacer injurias.

Dejo de contar otras cosas, que nadie creerá sino los que las vieron; haber, digo, muchos particulares allanado montes y terraplenado mares, gente en mi juicio a quien las riquezas no sirvieron sino para desprecio y burla, porque pudiéndolas gozar honestamente, se daban prisa a despreciarlas por modos vergonzosos. Ni era menor el exceso en la lascivia, en la glotonería y demás regalo del cuerpo. Prostituíanse infamemente los hombres; exponían las mujeres al público su honestidad; buscábase exquisitamente todo por mar y tierra para irritar la gula; no se esperaba el sueño para el reposo de la cama; no el hambre, la sed, el frío, ni el cansancio; todo lo anticipaba el lujo. Estos desórdenes inflamaban a la juventud, después que habían disipado sus haciendas, para todo género de maldades. Su ánimo envuelto en vicios, rara vez dejaba de ser antojadizo; y tanto con mayor desenfreno se entregaba al robo y a la profusión.


De Petronio en el Satiricón (año 66)

¿Conclusión? Son los padres quienes deben ser reprobados, pues no quieren hacer educar a sus hijos con una disciplina severa. Como en todo, lo primero que hacen es sacrificar en aras de la propia ambición sus esperanzas. Después, apresurados por las ganas, impulsan hacia el foro a estos espíritus todavía inmaduros en el estudio.

Y esta elocuencia, que consideran como lo más grande del mundo, es puesta en manos de recién nacidos. Si los dejaran realizar sus estudios de manera gradual para que el espíritu se impregne de los preceptos de la filosofía, para que extraigan las palabras de un implacable estilo, para que escuchen bien a los modelos que quisieran imitar, para que se persuadan de que todo lo que seduce a la infancia es mediocre, muy pronto esta sublime elocuencia recuperaría la autoridad de su majestad.

Hoy en día la niñez sólo se dedica a jugar en la escuela; la juventud hace el ridículo en el foro y, lo que es más vergonzoso, los mayores no se atreven a confesar la pésima educación que recibieron de niños.


De Marcus Fabius Quintiliano (35-95)

Escribió un libro, perdido, llamado “Causas de la corrupción de la elocuencia”. Recuerda que fue un destacado profesor de Retórica y que su obra en doce tomos Institutio Oratoria, no fue suficiente para detectar y tratar sobre la decadencia de la juventud de su época y por lo mismo debió escribir esta última obra desaparecida.


De Nabesshima Mitsushige transcrito por Yamamoto Tsunetomo “Hagakure” (1716) El manual del samurai

Los tiempos han cambiado mucho en el transcurso de estos últimos treinta años.

En nuestros días, cuando los jóvenes Samurais se reúnen, hablan de dinero, de provecho, de pérdidas, de la manera de administrar su casa, de los criterios para juzgar el valor de la vestimenta, e intercambian opiniones profanas. Si otro tema es evocado, el ambiente se estropea y cada uno se siente vagamente a disgusto. ¡Qué estado tan lamentable éste al que hemos llegado! Antaño, hasta la edad de veinte o treinta años, un hombre joven no tenía ningún pensamiento para las cosas materiales o indelicadas, por lo tanto no hablaba de ellas jamás. Si, por accidente, en su presencia, los hombres de edad madura dejaban escapar de sus labios alguna reflexión fuera de lugar, se sentía tan afectado como si hubiera recibido una herida física. La tendencia nueva ha penetrado aparentemente mediante lo que los tiempos modernos aprecian al máximo: el lujo y la ostentación. Sólo el dinero tiene importancia. Es manifiesto que si los hombres jóvenes no tuvieran estos gustos de lujo, incompatibles con su situación, esta actitud errónea desaparecería. Por otra parte, alabar como ricos en recursos a jóvenes ahorrativos y parcos, es completamente despreciable. La frugalidad equivale a la ausencia del sentido del giri u obligaciones sociales y personales. ¿Necesito añadir que un Samurai que se olvida de sus obligaciones hacia los demás es despreciable, cobarde e indigno?


Te quedo debiendo la cita de Proust (1919); me tomó tres meses leerlo y me tomará seis años encontrar la cita que quiero que conozcas, pero además ahora estoy buscando otra sobre el momento en que tuvo la revelación que lo inspiró cuando miró el asiento de una tasa de café, momento que dio el giro en su vida para encerrarse a escribir su monumental obra.

La de la decadencia en la educación colombiana, (1949) ni siquiera recuerdo en qué libro la leí creo que era un discurso de un Dr. Pareja.


Del gran Timonel, en la entrevista transcrita en las "Antimemorias" por André Malraux cuando lo visitó en Pekín. (1958)

-¡No sólo los mariscales! Por lo demás, los sobrevivien­tes de la vieja guardia se formaron en la acción, como nues­tro Estado. Muchos son revolucionarios empíricos, resuel­tos, prudentes. A la inversa, hay una juventud dogmática, y el dogma es menos útil que el cagajón de las vacas. ¡Puede uno hacer con él lo que se le antoja, y otro tanto con el revisionismo! A pesar de lo que piensa su embajador, esta juventud muestra tendencias peligrosas...


Te agrego, resaltando el reclamo del poeta de tiempo mejor.

De Robledo Ortiz (1917-1990)

Siquiera se murieron los abuelos

Hubo una Antioquia grande y altanera
Un pueblo de hombres libres.
Una raza que odiaba las cadenas
Y en las noches de sílex,
Ahorcaba los luceros y las penas
De las cuerdas de un tiple.

Siquiera se murieron los abuelos
Sin ver cómo se mellan los perfiles.
Hubo una Antioquia sin genuflexiones,
Sin fondos ni declives.
Una raza con alma de bandera,
Y grito de clarines.
Un pueblo que miraba a las estrellas
Buscando sus raíces..

Siquiera se murieron los abuelos
Sin ver cómo afemina la molicie.
Hubo una Antioquia en que las charreteras
Brillaban menos que los paladines.
Una tierra en que el canto de la cuna
Adormecía también los fusiles.
Una raza con sangre entre las venas
Pero sin sangre niña en los botines.

Siquiera se murieron los abuelos
Sin ver los cascos sobre los jazmines.
Hubo una Antioquia en que las hachas eran
Blasones de la estirpe.
Una tierra de granos y espigas,
De cantos y repiques.
Una Antioquia de azules madrugadas
Y tardes apacibles.

Siquiera se murieron los abuelos
Sin sospechar del vergonzoso eclipse.
Hubo una Antioquia en que la Cruz de Cristo
Llenaba el corazón de los humildes,
Una tierra en que el pan era sin llanto,
Y el calor de hogar sin cicatrices.

Siquiera se murieron los abuelos
Frente a la dulce paz de los trapiches.
Hubo una Antioquia donde la esperanza
Medía su estatura en las raíces.
Una raza de hombres que ignoraban
La blanda sumisión de los rediles.
Un pueblo de Patriarcas
Con poder en la voz, no en los fusiles.

Siquiera se murieron los abuelos
Sin ver la omnipotencia de los alfiles.
Hubo una Antioquia de mineros fuertes,
De arrieros invencibles,
De músculos que alzaban el futuro
Como vara de mimbre.
Una raza enfrentada a la montaña
Con tesón de arrecife.

Siquiera se murieron los abuelos
Sin la sensualidad de los cojines.
Hubo una Antioquia donde la alegría
Retozaba en los ojos infantiles.
Un pueblo que creía en las campanas
De las torres humildes,
Y respetaba el grito de la sangre
Y la virginidad de los aljibes.

Siquiera se murieron los abuelos
Creyendo en la blancura de los cisnes.
Hubo una Antioquia de himnos verticales,
De azadas y clarines.
Un pueblo que veía en las estrellas
Dorados espolines,
Y le rezaba a Dios, mientras la luna
Templaba la nostalgia de los tiples.

Siquiera se murieron los abuelos
Con esa muerte elemental y simple.

Jorge Robledo Ortiz


Quedo pues en paz de mi deuda contigo sobre este tema, que estaba perturbando todas mis lecturas y forzandome a llenar los libros que leía con papelitos –lo que detesto–, para hacer la inclusión correspondiente en la respuesta.

Pero quiero que con estos textos recrees la reciente tarde luminosa, donde tropezaste, en un espacio de dos horas, con tres grupos de jóvenes en la entrada de universidad. Los "dogmáticos" arrastrando pupitres para bloquear la sede, los "uniformados" que persiguieron a los primeros y los neutralizaron rápidamente, seguramente para evitar el bochorno de tener "tomada" la universidad durante las fiestas sanpedrinas y los "disfrazados" con sus faldas amplias, raboegallos y alpargatas que entraban por entre el tropel para hacer los ensayos de los bailes que darían lustre a la ciudad y la universidad en las fiestas; cada grupo con su propia agenda. Mientras existan jóvenes tan maravillosos y determinados como esos el mundo seguirá girando y la vida tendrá sentido, independientemente de lo que digan "los adoradores del pasado" y los que se quedaron viviendo "en el tiempo mejor".

Un abrazo

Francisco


[1]  Complemento del correo de Francisco sobre "Los patetismos de la Educación" de Norberto.


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