Terminado el periplo de dos semanas que hice con mi familia, por las tierras en que ustedes amablemente nos guiaron, es tiempo de escribir unas líneas para agradecerles sus servicios. Fue una experiencia maravillosa en mucho gracias a la buena ilustración que nos dieron en los escenarios donde nos acompañaron. Conforme lo prometí a varios de ustedes quiero compartir el artículo sobre la princesa inca (nieta de Huayna Capac) que se radicó en Anserma aunque en mis pesquisas he encontrado que otra hermana suya, quizás se haya radicado en Popayán. Por las cartas de linaje de estas dos princesas se puede deducir que los incas están gobernando en Colombia y que doña Francisca Coya, como madre designada del auténtico sucesor del Inca (hijo del sol), logró la continuación de la regencia de su sangre.
En la búsqueda de este artículo de la princesa, en un libro olvidado de mi armario, me rebotó la trágica historia de la muerte del último soberano chibcha que quisiera ustedes leyeran para que, por lo menos, se tenga memoria allá de este desconocido Zaque chibcha y del valor y dignidad con que encaró la muerte el día previo a su boda, en contraste con la bajeza y la perversidad de los cristianos criminales. Nuestros escolares saben más sobre Atahualpa que sobre Aquiminzaque y me avergüenza no haber tenido antes noticia de él y su heroísmo de no haber sido porque me empeñe en cumplir el compromiso con ustedes y que el azar me haya llevado a este artículo. Para mí, su estatua (solo hay una en la ciudad de Tunja, y dos cuadros del maestro Acuña que se interesó mas por escena de su bautizo que en su degollamiento), deberían destronar a todas las estatuas y cuadros de las de los infames conquistadores que le provocaron la muerte que hoy se pavonean en las plazas centrales de muchas ciudades y museos. (Quezada, Federman, Belalcazar). Los acuciosos historiadores colombianos en lugar gastar su tiempo en alabar las gestas de la conquista deberían emplearlo en darnos la lista de soldados asesinos, algunos venidos de Perú, que aconsejaron la matanza de la crema de la inteligencia indígena y en denunciar a los genocidas con nombres y apellidos; los pintores y escultores en exaltar la condena de este bien ocultado episodio de la historia colombiana; los gobernantes en rendir un tributo perpetuo a estos mártires; los activistas en promover un tribunal histórico en Cajamarca (Perú) o Tunja (Colombia) al estilo del tribunal de Nuremberg con motivo del quinto de centenario de estos degollamientos en los que se ventile la verdad y se haga noticia de estos hechos.
No quiero sacarlos de su oficio ni inflamar sus corazones con mi diatriba por esta injusticia de la historia local que he descubierto y por lo tanto me despido con las muestras de la gratitud de toda la familia.