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Los hombres caducos

En un relato de fantaciencia que leí tiempo atrás, en el cual como en muchos de ellos los hombres podían viajar en el tiempo, (en este cuento el viaje podía ser hacia el pasado o hacía el futuro), una civilización más avanzada había tomado en sus manos corregir los problemas de siglos posteriores o venideros.

El problema máximo se presentaba en el siglo final donde voluntariamente los hombres se enterraban vivos e indiferentes a todo, en un mundo polvoriento y gris, como ellos.

Los habitantes de los siglos anteriores los llamaban los “hombres caducos”.

Su lenguaje era construido solo con abstracciones incomprensibles para los visitantes del pasado que se empeñaban en salvar la especie.

Entiendo que esa decisión convenía con el daño que se había ocasionado al planeta, pero en otra lectura, me parece que sería válido pensar que tal vez esos seres grises que se negaban a reproducirse y a seguir vivos hubiesen alcanzado la sabiduría.

Podemos preguntarnos que pasaría ahora mismo si nosotros sin esperar el paso de los siglos, todos los que no queremos crearnos ya vanas esperanzas. Ni construir especulaciones sobre el porque de nuestra existencia efímera. Negándonos ya a mentirnos para seguir siempre desde alguna esperanza, por la cual daríamos hasta la propia vida. Ya sea un mundo mejor, más fraternal y justo, un perfeccionamiento moral del ser humano o alguna visión metafísica del existir.

Que pasaría me pregunto si cada uno de nosotros preparase su propio plazo, o como ellos su propia tumba y se echara a morir. Por pocos que fuésemos, entre la marcha caótica e inenarrablemente injusta de este planeta y la futilidad de nuestra propia vida, quizá sirviese como testimonio para los que aún y en las peores condiciones (todas son malas) continúan como autómatas transitando una existencia individual donde solo se trata de permanecer.

 Claro que si comiendo bien, mejor; si divirtiéndose, mejor; si llenándose de millones, mejor, etc. Pero aún sin todo esto, saboreando la inhumanidad del hombre, la mayoría quiere seguir. Excluidos, hambrientos, locos caminan sin pensar hacia dónde y porqué. También aquellos en que la vida es una simple rutina, un ganarse el pan nuestro de cada día, que procrean y ponen en los hijos la esperanza de un ascenso social o cualquier cosa tan vana como esa, ignoran o pretenden ignorar la carencia total de sentido de una existencia en la cual nada vale la pena.

¿Que podemos hacer?

Disfrutemos del ocaso hasta el alba el cambio de los colores en el cielo. Es un cielo vacío, lejano, indiferente pero hermoso.

Así a modo de ejemplo pensamos en la belleza.  Es siempre perecedera, como los ojos que le miran y que al hacerlo deben inventarse una esperanza para poder vislumbrarla.

Somos ajenos a una naturaleza que no nos necesita.

Somos inaccesibles al otro, al que tampoco podemos aprehender en toda su verdad.

Aún que aceptemos el calor de los otros y brindemos mucho de nuestra simpatía, aún cuando nos creamos “muriendo de amor” por los semejantes, la soledad total y verdadera nos es otorgada en el hecho de nacer.

No estoy proponiendo aquí un suicidio colectivo o alguna quimera similar, solo pretendo decir que asumamos esta falta de sentido y obremos por lo tanto con la más total libertad frente al mundo.

Asumir esta claridad y esta libertad significa tomar la decisión de morir o la de seguir viviendo. Es una elección. Un acto por lo tanto libre que nos afirma.

No realizo una apología de la muerte, no se trata de unirse al irracionalismo o a los filósofos idealistas, solo pretendo que no nos engañemos más. Que logremos saber de verdad la inutilidad de nuestros actos.

Por eso debemos elegir sabiendo que vivimos sin esperanza, y que aun así continuaremos pasando por el tiempo o dejándonos pasar por el tiempo, como alegres personajes que animan el espectáculo del mundo.

Angeles Rocio Tillet


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