Esta carta la encontré en un libro usado que compré. Me gustó y por eso te la mando.
Mis querida hermanas:
Sé que me queréis, como yo a vosotras. Son tantos los recuerdos de aquella infancia pobre y tierna, donde los llantos, si los hubo se secaron con el viento.
Recordareis sin duda cosas que no eran precisamente alegres, pero también como yo, el café con leche, la mañana siguiente a la Nochebuena saboreado con el pan dulce que había quedado de la cena, las veces que comprábamos chocolate con los vueltos a la salida de la escuela.
Por mi parte cuando comparo nuestra niñez, ahora desde este tiempo, con otras en que nada faltó, en que abundó el dinero y la ropa, no cambio la sencillez de esos días por la infancia egoísta y desgraciada, envidiosa y cargada de odios de otros, a quienes nada les faltó pero solo el dinero les preocupaba y los hizo odiarse. Esos que jamás supieron lo bueno que es usar la ropa que le queda chica al mayor. Ellos tuvieron viajes a Europa, en trasatlánticos costosos.
Prefiero las vacaciones de mi amiga, cuyo abuelo llevaba a todos los parientes en un viejo camión, al que a medianoche estacionaba en la banquina de la ruta y bajando colchones para todos, dormían sobre ellos con las cabezas hacia la ruta, para asombro de los conductores de los coches que veloces, se dirigían a la costa, contemplando ese familión de “gitanos”, que esperaban durmiendo la mañana para seguir viaje, seguramente el destartalado vehículo no tenía luces o el abuelo se cansaba de manejar por la noche. Prefiero también haber perdido la salchicha, en un comedor de tercera en un barco. La había dejado para el final y así hacer desear a mi hermana el codiciado alimento. Un malhadado barquinazo me hizo quedar sin salchicha y sin molestar a mi hermanita.
Ahora que el tiempo hizo su trabajo y nos desgastó un poco como a las piedras el río, ahora que ya no podemos estar realmente juntas aunque nos encontremos, quería decirles que mis recuerdos más lindos los tengo de ustedes en esa época lejana y que ahora sé feliz. Después vinieron los hombres, los hijos, todo eso que trae la juventud, que arrastra la vida hacia las mujeres que se enamoran y sufren y ríen y cantan y que una y otra vez vuelven a sentir calor o amor o lo que sea.
Ahora que ninguno de nuestros padres existe y no permitimos que sus fantasmas nos acosen, finalmente podemos decirles “gracias a pesar de todo, por que fuimos muchas”.
Porque en casa se padeció por faltas o carencias de cosas imprescindibles para cualquier chico pero no empañó eso el ser “pobres pero bellas” y otras risas simples como esas. Y nos volvimos varias cosas, pero no egoístas, no codiciosas, nunca nos embargo el odio porque otra tuviera más bienes pecuniarios.
Heredamos el viento, la paciencia de los árboles, la furia de las tormentas, cosa que padecieron los que nos amaron, pero solo eso y la capacidad de dar hasta la vida por ellos.
Logramos a pesar de eso, ciertos hijos hermosos, algunos más fuertes que otros, temblamos un poco con sus dolores, pero les dejaremos, creo, un recuerdo bueno, claro que con los lógicos reproches y acusaciones, pero todo eso pasa. Después estarán tratando de no cometer los mismos errores con sus hijos, así el río del vivir corre.
Llegará un día en que recordaran algo bueno de nosotras, por eso no tenemos culpas que llorar ni remordimientos que nos torturen, bástenos saber que los amamos mucho.
Yo solo quería agradecerles por haber estado allí, una familia numerosa y pobre tiene eso, el recuerdo de aprender a compartir, a pelear duro, a jugar.... Quiero decir sois lo mejor que tuve en el principio de mi vida y seréis el mejor recuerdo cuando llegue el momento del descanso.
Gracias.
Los libros viejos
Este correo me llega en un momento en el que por los vectores que cruza el azar estoy encartado en buscar los libros viejos del folklor colombiano con los que espero documentar el tema en el abedul.
He encontrado "intacto", por cinco mil pesos, menos de dos dólares, dedictorias de puño y letra del autor como está:
Querido Mario: Aquí tiene la historia de mi vida. Léala para que ría y me compadezca.
Afectísimo amigo. Guillermo Uribe Holguín
Mi impresión es que Mario apenas ojeó el libro que le regaló el autor, y no tuvo el placer que yo he tenido leyéndolo. Por ejemplo, la conferencia del año 1923 sobre la música colombiana, que le causó más de un problema a este gran músico. [1941]
En otro la dedicatoria firmada por el autor dice:
Para Eduardo Forero Añez de la manera más cordial.
José Ignacio Perdomo Escobar Septiembre 5 de 1968
He encontrado entre sus páginas fichas cuidadosas de la lectura y anotaciones, seguramente de Eduardo, que yo aprovecho para para barrer el libro y explorar las intenciones del lector.
En la compra del libro de Manuel Pombo "De Medellín a Bogotá", escrito en 1852, publicado en 1917, el librero me "rapó" el libro, una vez lo hube abierto, cuando observó que tenía como separador una postal la que además de la valiosa estampilla del porte, seguramente contenía un mensaje coleccionable de alguna personalidad colombiana que la envió desde el exterior. No eran frecuente ni baratos los viajes al exterior en 1918. Yo no había antes reparado esta fuente de documentos y este tipo de "joyas" encontrables en los libros viejos.
Otro separador con mensajes religiosos, me aparto de la lectura cuando lo revisé, me saco de la cama y el relax y me obligó a escribir el texto que yo desearía tener en todos los separadores de los libros míos.
Puede que Dios quiera y pueda, en ese caso no es un Dios coherente. Puede que Dios quiera y no pueda, en ese caso no es Dios todopoderoso. Puede que Dios no quiera y pueda, en ese caso es un Dios implacable. Puede que Dios no quiera ni pueda, en ese caso es un Dios cómplice.
Pero nunca lo mandé a imprimir, tengo un pariente impresor que me hace lo que le pida a precios muy razonables aunque le pida 10 ejemplares, aún me queda en la lista de casos pendientes la hechura de estos separadores.
Pero obviamente, el tesoro más grande de las joyas olvidadas en los libros viejos es el que dejó Joseph Cartaphilus en la venta la Iliada a la princesa de Lucinge, que nos relata Borges y de donde dice extrajo los textos de Marco Flaminio Rufo que tituló "El Inmortal". Esta la presentación que hace el argentino:
En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la llíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y del inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de los. En el último tomo de la Ilíada halló este manuscrito.
El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.
Como puedes ver hay un mundo inexplorado y fantástico en el mundo polvoriento de los libros viejos.
Gracias por tu nota y compartir tu hallazgo. Te reclamo que no hayas dicho el nombre del libro, el autor y la fecha, y haberme dejado el alma en suspenso sobre este tema que trataba. Que tal que hubiera sido, por ejemplo, el libro de "El viento Blanco" de Juan Carlos Dávalos, "excelente escritor argentino, de Salta", probablemente impreso en 1929. Tampoco me das detalles sobre la descripción del interior de la librería donde compraste el libro-cofre si este era "engalanado"; para ver si se puede validar como correcta la expresión "antro de cultura" de la que Norberto ha querido sacudirse citando un texto Umberto Eco.