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 De Angeles Rocío Tillet

Francisco: Me puse a releer en casa aquello que escribiste para fin de año sobre “el sentido de la vida”, en realidad creo que es el ùnico problema serio que tenemos, hablando en terminos ontològicos, ya que los sentidos a veces se pierden y tal vez como dijo Borges que la vida cobra sentido en su precaria duraciòn.

Te mando algo que escribì a raiz de una noticia de Suiza donde se ayudó a un hombre que deseaba morir, por ser manìaco depresivo o bipolar, yo creo que no hace falta un motivo.

De Francisco

Angeles Rocío: Tu correo donde te opones al derecho del Estado a restringir la libertad en la eutanasia tiene algo muy importante en las reflexiones iniciales: no fuimos libres en elegir el momento ni el sitio de entrada al goce de la vida. Fuimos “arrojados” al mundo. Desde el primer suspiro, hasta el último, la pasamos ocupados resolviendo problemas vitales y existenciales; tu y yo nos contamos entre los afortunados que cada mañana antes de tocar el suelo con el pie, sabemos que hay algo que hacer para que el mundo siga rodando. Por eso me planteaba la pregunta en la nota de “la razón de vivir” de esas personas plenas y optimistas que en situaciones tan diversas como las descritas, encontraron la cita definitiva y cerraron el ciclo vital sin haber tenido tiempo para planificarlo.

El suicida, en cambio, si planifica este cierre y, a veces, lo hace enfrentándose a la ley, obviamente que el valiente es aquel que se queda con la carga jurídica de haber facilitado el suicidio de la persona cercana.

Quisiera comentarte como se ha cruzado el suicidio en el camino que he recorrido; no es pobre en realidad, pero el dolor de la tragedia no me ha tocado muy cerca. Viví parte de mi juventud en un barrio asilado de Bogotá donde se pretendió armar una comunidad cristiana, de ahí que las relaciones entre los jóvenes fueran muy intensas y especiales –era una fraternidad– y hacía que las familias fueran muy solidarias entre sí, porque el indicador común era la pobreza. Esto generaba especializaciones en roles y mi mamá se erigió en una especie de “médica descalza” porque sabía aplicar inyecciones y su experiencia de años la autorizaba a “formular”. Por arrastre cuando ella no estaba en casa y había una emergencia médica, la gente me llamaba a mí para que las socorriera.

Dos casos separados en el tiempo atendí a jóvenes aspirantes al suicidio, recuerdo las escenas de los familiares amorosos, compugidos y desesperados que solícitos y atentos a mis requerimientos de ayuda –qué droga tomó, cuantas pastillas, cuando tiempo lleva, traigan tal o cual cosa– iban y venían. Yo tenía, a pesar de mi juventud, el control de la situación y encarnaba, en el desespero de la familia, el muro de la esperanza. Recuerdo los ambientes sórdidos, la oscuridad, la pobreza y el desorden; los cuerpos desgonzados de los candidatos. Finalmente, celebro mi fortuna de haber logrado, armado con una simple cebolla larga y de buches de agua tibia, provocar el vómito liberador del tóxico. Ambos andan el mundo, son gente feliz y amada por sus hijos, aunque pueden haber olvidado el papel que yo jugué en el desenlace e inclusive, pueden haber olvidado el incidente. Te preguntarás a que hora entraron los paramédicos en mi ayuda y eso es lo admirable, en esos tiempos y para esa comunidad “desfavorecida” la salud corría por cuenta y riesgo del responsable.

En el plano afectivo me ha tocado administrar otras dos situaciones de personas queridas por mí, que afectados por el desamor, me eligieron como “dama de compañía” en su intento de dar el salto al vacío; creo yo, que lo hicieron por la confianza que tenían en que no haría nada para impedirlo. La pobreza nuevamente juega a mi favor, pues no había a mano armas de fuego para liquidar rápidamente el acto por lo que se requería de elementos y recursos más primitivos.

El primero eligió el ahogamiento como solución, lo que implicaba una procesión hasta un distante lago enmalezado donde ya se habían ahogado anteriormente por accidente varias personas. Era seguro que luego de lanzarse al agua la maleza impediría cualquier intento de regresar a nado porque se hacía más espesa al agitar los brazos y la muerte debía ser el resultado inevitable. Recuerdo estar parado con mi apadrinado solos en medio de oscuridad total, no había casas a medio kilometro, estabamos a pocos metros del barranco; la luna rielaba en las aguas verdosas, recuerdo que era una madrugada brumosa y fría como son habituales en los veranos bogotanos; recuerdo el silencio y las pocas palabras que nos cruzamos. Era un duelo de voluntades, la del amigo en morir y la mía en demostrar que no estaba impresionado. Ganó la vida. No recuerdo los detalles que hicieron abortar la decisión. Pero sé que yo no vacilé. Hoy él es un fotógrafo de pueblo que vive feliz y es amado por los suyos.

El segundo candidato eligió un método más prosaico: Hacerse matar. El plan era perfecto, buscar un bar en un sitio sórdido y de mala muerte, provocar a algún matón con la seducción de la hembra, armar una pelea y esperar a que el ofendido sufriera la ofuscación para consumar con su mano el sacrificio. Mi papel de acompañante no me aseguraba que fuera a salir indemne en el lance, podría ser baleado o apuñaleado junto con mi apadrinado. Tomé medidas defensivas, reduje el consumo de alcohol para estar lo más lúcido posible en el momento crítico del lance. Nuevamente recuerdo la oscuridad, el ruido, los olores y de poseer un cierto sentido de ser ajeno a lo que pasaba, de estar rodeado en medio un aura que me hacía invulnerable. El plan marchó conforme a lo previsto, el matón se acercó a mi mesa enfurecido a reclamarme porqué mi amigo era tan osado con su mujer con la que estaba bailando de manera indecente, él pensaba que yo era el instigador de la afrenta. No lo contradije, ni lo puse en antecedentes, ni me corrí. Creo que lo descontrolé con la respuesta orientada a las calidades innegables de la dama. Al final el “intelectual” controló al “primitivo” y terminamos armando una mesa común con los tenebrosos amigos del matón y las putas que los acompañaban y quien en muestra de amistad y gratitud no nos dejó pagar la cuenta. Hoy el amigo es un feliz guachiman (security) en alguna super tienda del Imperio.

Es mucho tropel para una simple existencia, estos son los contactos de primer tipo con las personas de mi círculo que se han atrevido a retar la Parca.

Tengo otros temas que quisiera tocar sobre los encuentros de segundo y tercer tipo: el bel morir, los pactos, el abatimiento, el acorralamiento de otras personas que conocí y "lo lograron", el uso de la palabra escrita y los programas de los extropianos sobre la suspensión de la vida. Pero me quedaré aquí con este recorrido, para que veas que la vida es un problema sin otra solución que darle un valor incomensurable a cada bocanada de aire que se respira y que lo que ocurra en el intertanto es ganancia.

Dejar el registro de estos hechos, que inclusive yo también había pretendido olvidar, fue mi razón de vivir hoy y lo hice para que al compartirlo tengas más aliento en tus propias razones y sepas que estas tienen un efecto entre muchos otros. Hoy seis mil millones de personas se despertarán concientes de lo que tienen que hacer en este día con un número igual de motivaciones, todas perentorias y determinantes: George Bush lo hará para imponer la democracia en Iraq; el Papa para prevenirnos de que caigamos al infierno; Al Gore para salvar el mundo del calentamiento global, los imanes fundamentalistas para lograr la conversión de todos los infieles a la fe de Alá; Hugo Chávez para liberar a latinoamerica del “yugo imperialista”; los políticos corrompidos de tu país y los del mío para buscar formas ingeniosas de cómo acrecentar su pecunio y mantenerse en el poder; los delirantes subversivos colombianos para lograr redimir los desquilibrios sociales sembrando minas antipersona en los campos. Otros despertarán para observar las estrellas y descubrir que sí hay vida inteligente en el abismo del espacio o para prevenir a la humanidad de la ocurrencia de un desastre total. Nosotros, “las manos pequeñas”, somos a la vez los beneficiarios y víctimas de las tensiones que generan los poderosos en sus luchas; por eso creo que estos espacios de intercambio de ideas son el refugio para ratificar que lo único válido son nuestros sueños. Los verdaderos poderosos somos nosotros, los “descamisados” del poder y los que no tenemos compromiso con la historia.

Un beso

Francisco


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