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Manuscritos sueltos hallados bajo un pie arqueado

Fabián Coto

 

Inicio de la vejez

 

Decir buenos días y gracias no bastaba para alegrar el mundo. Mientras caminaba hasta su casa intentó recordar el sabor del pan que acompañaba sus bostezos de niño. Aquella oblonga excreción de masa en nada se parecía al pan de hace cuarenta años. Aquel falo elástico más bien se parecía a un oprobio de caucho. La panadería tampoco conservaba el fragante aroma agrio de la harina ni mucho menos la calidez matinal de un “apúntelo a la cuenta”. Hoy el añadido elemental de pan no era más que un protocolo de los bostezos. Dobló a la esquina y esquivó instintivamente una muestra deshonesta de heces humanas.

Tras diez minutos de conjuro solar su casa ahora lucía más clara; era extraño, las primeras horas del día eran tan decisivas que bastaba un breve paseo para que todo cambiara: las sombras perdían altura y se volvían rechonchas, los colores se encendían por la magia de la luz, en el pórtico nacía el diario matutino como por efecto de una estrechez pautada y el buzón de correo se atiborraba de inutilidades. Se dijera que el día se dedicaba a coleccionar traumas y todo eso ocurría mientras compraba el pan.

Su esposa ya se había levantado y, como de costumbre, preparaba el desayuno presa de un automatismo milenario. Años y años de bebidas calientes, años y años de pan tostado y mermelada, años y años de camisas planchadas. Después de tanta ropa lavada y tanta afrenta preparar un desayuno había perdido todo encanto. La mesa estaba puesta. Un sonido intenso y constante, chorreante, agonizante, sugería que alguien tomaba un baño. Se sentó y pidió a la mejor guisa patriarcal. El café fue servido diligentemente y acompañó los reglamentarios recesos de sus ojosa la hora del leer el diario. Tal como lo había indicado el oftalmólogo no debía esforzar la vista. Los brazos empezaban a quedarle cortos a la miopía.

Corría un lunes en casa de los González y era preciso revisar la lista de lotería. Más allá del abrumador inventario de cifras nada había. El periódico los lunes estaba preñado de números: financieros, lotería, resultados de fútbol y sucesos. Todo era mudos guarismos. Una noticia cobró particular relevancia en la endurecida testa de Carlos González: el Congreso había rechazado el proyecto de ley a través del cual hubiese obtenido su jubilación. Carlos González Prendas, quien laborara durante más de treinta años en la administración pública, debía esperar seis años más por la pensión.

Un chico bajó por las escaleras. Llevaba el cabello debidamente peinado y recién salía de tomar una ducha. Cada peldaño en aquella marcha contenía un furor de años. Mientras el padre desayunaba y leía el diario, el chico crecía a paso raudo: al segundo escalón la suave pelusa de sus mejillas daba pie al vello, al tercero los hombros se ensanchaban, al cuarto los tenis se ensuciaban y aparecía el desamor, al quinto la vergüenza lo asaltaba, en el sexto derramó su primer eyaculación, en el séptimo llevaba el corazón enteramente roto como un himen virginal del alma, el octavo las llamadas telefónicas durante la madrugada, el noveno los clichés etílicos, el décimo enamorarse aun más, el onceavo una tarde desnudo tan lleno de claridad, de sudor y de verdad, aspiraciones milagrosas de cáñamo, el duodécimo los primeros suegros, la graduación, las traiciones pequeñas y las no tan pequeñas, la primera vez que partió… Al bajar el último escalón el padre puso la tasa de café vacía en la mesa y pidió el bordón. Habían envejecido y la madre ya no estaba.


Todo así y lalá… (El señor Nëdri y su adorada señorita Ciruela)

 

-Señorita Ciruela le parece bien así

-No estoy segura señor

-¿Cómo dijo que se llamaba la película?

-¿A qué película se refiere?

-A la que proyectan ahora mismo

-¿De qué me habla señor Nëdri?

-¿Acaso no es esa Ingrid Bergmam?

-No, señor, es simplemente un farol

-¿Y la luz?

-Aquí en el bolso tengo poco. ¿Desea?

-No gracias. ¿Ha visto usted mis pinturas?

-Nunca he entendido cómo deben verse las pinturas. ¿Dónde empiezan? ¿Qué cuentan? Me parece que no tienen principio ni fin. Como usted y como yo.

-Señorita Ciruela sabe algo: el miedo es un pequeño juego de seducción entre el pasado y el porvenir

-El miedo, señor Nëdri, es una suerte de silencio que se pasea por los intersticios del coraje

-¿Me está retando?

-De ningún modo. Usted es un viejo. Es más, en este rato ambos hemos envejecido. Únicamente debería recordar que los viejos…

-Quisiera dormir un rato en sus omoplatos. ¿Le molesta?

-Señor Nëdri, mi cabello está estorbando

-Mí querida señorita Ciruela: ¿Qué no se da cuenta? Durante todos estos siglos el mundo se ha interpuesto entre nosotros, ¿Creé usted que ahora un mechón de pelo colado en un beso es motivo suficiente para amilanarse?

-Vaya señor Nëdri debería quizás tomar un té

-Prefiero café. ¿Cómo me dijo que se llamaba la película?

-No le dije nada, pero se llama Casa Blanca, señor Nëdri

-¿Entonces aquel es Humphrey Bogard? No es tan apuesto

-No señor, aquel no es Humphrey Bogard, aquel es un semáforo y la película finalizó desde hace tres horas

-¿Ella se fue con Laslo?

-Siempre se va con Laslo. El cine es la mejor alegoría de lo inevitable. Ingrid Bergmam siempre se va con Laslo. La utilidad de esos relatos es mostrarnos la inexorabilidad: mostrarnos la muerte

-¿Y Bogard?

-Murió hace tiempo, señor Nëdri. Como usted y como yo.


La ferretería

Yo no sé para qué viniste… viejo decrépito. Nadie te habría llamado. Por qué debías pasar con esa lentitud de horas enrarecidas, de penínsulas podridas. Una vez dijiste que fuiste un funcionario honesto. ¡Pamplinas! Se lo indiqué claramente al gato: Díganle que no quiero verlo pasar frente a la ferretería, que aquí no hay nada, mamá murió y yo ya no soy su hijo.

Eso fue lo primero que quise gritarle. Desde hacía tiempo un hombre de edad avanzada recorría con lentitud la acera de mi ferretería. Me exasperaba sobremanera que aquel hombre demorara tanto en una labor aparentemente sencilla y elemental: Caminar. Ocupaba la mañana entera para comprar el pan y de seguro cuando llegaba hasta su casa éste debía encontrarse añejo. El gato me dijo que aquel era mi padre.

…ahora te atrevés a hacerme esto. Cómo si fuera poco el daño que me has hecho. Maldito sea el día en que preñaste a mi madre por una negligencia del látex. Maldito sea el día en que nací. Esperaste únicamente que llegara tu jubilación para marcharte. Mis hermanos se han ido a estudiar a la capital, de modo que no hay nada que buscar aquí. Mamá murió hace dos meses. No quiero verte entrar por esa misma puerta que saliste hace unos años, por esa misma puerta dónde vi a mamá por última vez, antes de que un infarto acosara su pecho.

Ayer vino el gato y me dijo: González, el viejo del pan es tu padre, desde hace años quería decírtelo. Duerme en una pieza que alquila a escasas once cuadras. La otra vez te vi caminar con el pan bajo el hombro izquierdo. Sin saber que eras vos me sentí profundamente conmovido por la levedad de tu andar. Pobre viejo, con cuánto esfuerzo camina por su pan. Durabas una eternidad cruzando la acera. Yo permanecía abstraído en tu marcha si saber lo que hacías. Te miraba una y otra vez pasar el boquete de la puerta, luego la ventana y después te veía desaparecer en una infatigable esquina marrón. Siempre llevabas el pan bajo el hombro izquierdo.

Se lo dije al gato: Que no venga porque lo mato. Te escuché decir con tu voz arrugadísima por la vergüenza y los años: déjenme hablarle, la sangre siempre jala más que nada. Desde el mostrador te dije que no te acercaras, que estaba armado y no tenía reparo en dar término a su existencia. Debía matarte. No te acerqués…

No me di cuenta de lo que hacías, viejo miserable. Cada una de las veces que te vi pasar frente a la ferretería, cada una de ellas en tantos años significó un motivo de contagio. Me contagiaste de vejez. Acabo de ver mis manos, maldito, están arrugadas. Mi piel se ha endurecido y mis rodillas casi no responden. Antes de hacerlo quise verme en un espejo… Era tan viejo como vos: el poco cabello que aún conservaba estaba poblado de canas. Hablaba torpemente…

…Carlos González me las pagás todititas hoy mismo. Hoy me las pagás… Estaré viejo pero aún puedo empuñar un arma. Además los hijos nunca alcanzamos a los padres. No entrés, te lo advierto.

Carlitos, si soy tu padre, entendeme, los hijos heredan las penas de sus padres. Carlitos estoy muriendo

No entrés. Y la ferretería iluminada por una luz amarillenta, y la ferretería con sus tornillos callados, con su clavos, sus remaches, sus bombillas, sus tubos, sus martillos, y la ferretería con dos viejos enfrentados, y la ferretería con una prisa acumulada, con sus llaves, sus tornillos, sus clavos, sus remaches…



Cursilería en stop motion

 

Ojalá que en este momento afuera la luna se derrame fría sobre los charcos y ojalá que los faroles conserven su corona de luz; porque hace unos momentos ellos andaban deambulando por alguna avenida, andaban buscando un remoto escondrijo donde comer, aunque sea, una nieve de limón. Deseguro ambos deslizarían la lengua sobre la superficie helada como si de un beso se tratara. Con la misma delicadeza apasionada de plegar los labios sobre otros labios.Tragarían una semilla humana envuelta en saliva y sudor del alma. Se tomarían de la mano bajo la seguridad de cualquier mesa y se rozarían torpemente como si nadie los viera. Ella pondría su pierna breve sobre la de él y en su pantalón se dibujarían algunos pliegues. Querrían fumar, sin duda, más sus limitaciones físicas exigen privarse de tan evanescente placer. Querrían irse lejos amarrados a la sombra de una estela pero no podían.

Él veía aparecer todo un perímetro de adjetivos bajo sus pantalones con pliegues: las rodillas evocando la esfericidad del mundo, las pantorrillas sugiriendo la presencia de una sombrilla colorida y sus caderas enmudeciendo para no matar delirios. En efecto mientras yo me encontraba mirando por la ventana de mi cuarto, deseando que la noche cayera al mundo como una sombra fría, mientras veía los faroles con luz, ellos comían una nieve de limón en cierta heladería. Sobre el rostro de la chica se adivinaba un aguacero, su cara era una estatua de invierno con un aguacero en ciernes. Él tenía cierto donaire de caballero: como un personaje salido de otro siglo. La primera vez que les vi caminaban por la Plaza Mayor. Los apelativos aquí son ociosos: en esta ciudad no tenemos más que una plaza de modo que no es necesario decir que ésta es la “mayor”. Así sucedía con ellos: no teníamos más que una pareja de amantes. Bastaría decir que el resto de los habitantes en esta ciudad se dedica disparar intenciones y deseos hacia las ventanas. En vez de cortinas usamos votos de resignación.

Cierta vez salí al umbral de mi casa pues adentro empezaba nevar. En la sala el frío calaba en los huesos cual un perro invernal que roe la quietud de la vigilia. A lo largo de la Avenida del Comercio ellos dos caminaban sin prisa, con un aguacero en los bolsillos y un arcoiris a blanco y negro colgando a modo de medalla. Pude verlos cuando a uno de ellos tan sólo le quedaba el cono vacío. Ella traía consigo un ramo de flores sintéticas y un perro de sal los seguía con el rastro en la nariz. El incauto animalito casi sabía el nombre de ambos, es más, le faltaba sólo una letra cuando decidió cambiar de curso para perseguir un autobús. Los autobuses aquí son de papel y son conducidos por clips uniformados. A efecto de provocar un daño mayor a los neumáticos (también son de papel) los perros evolucionaron al margen de la urbanidad: cuando ladran despliegan una llamarada incandescente. No es difícil imaginar que en su garganta, por obra y gracia de los antojos evolutivos, creció un encendedor de cigarrillos. Lo cierto es que el perrito la emprendió contra el autobús como si aquello fuera la más genuina muestra de hidalguía. En estos casos los autobuses recurren a una acostumbrada maniobra: en todas las esquinas existen sobres no inflamables donde es posible ocultarse del asedio perruno.

Los perdí de vista cuando tomaron un taxi. Lo que para un habitante normal constituye una rutina aburrida, para ellos significaba una auténtica forma de empuñar la dicha. Los taxis eran una suerte de útero donde podían esconderse de la mugre del mundo. Por cierto, no tenían mugre ni bajo las uñas, pues debe saberse que el oficio de taxi aquí lo ejerce una flotilla de manos sueltas debidamente aseadas. Corren con cuatro de sus dedos y el último hace las de un timón o un rabo. Cuando algún cliente los aborda únicamente se cierran en forma de puño y para trasladarse se deslizan sobre sus falanges callosas. Ellos, por su parte, abordaron un taxi muy elegante, adornado con brazalete y mancuernas doradas. Pude ver como el semáforo de la esquina donde convergen la Avenida del Comercio y la Calle Convento les hacía un guiño con sus ojos de androide. Lo vi también agasajarlos con un gesto de amabilidad inusual: se quito el sombrero metálico que se cierne sobre él. Dicen que aquel semáforo dio cabida al cerebro electrónico de un importante robot, hasta que alguien decidió tramitar su jubilación. Una noche intentó suicidarse colgándose desde un poste de luz en la Avenida 5 de mayo. Los restos de su cuerpo fueron reciclados y la cabeza la utilizaron como semáforo en la esquina donde convergen la Avenida del Comercio y la Calle Convento.

Dentro del dichoso (o manoso) taxi se abrazaron hasta los estornudos y, además, se entretuvieron largo rato determinando la edad del beneficiario a través de las arrugas de la palma (o acaso debiera decir el techo). Dentro del taxi hacía un calor insoportable mientras que en la calle, por fortuna, la luna se derramaba fría sobre los charcos de mercurio. La excesiva temperatura empezó a ejercer su nocivo efecto. Ambos comenzaban a derretirse. Fue preciso salir del taxi. No soportaban ni siquiera un grado mayor al 15 Celsius. Al bajar del vehículo (¿?) el intercomunicador que ella traía adosado a su pierna derecha vibró inoportunamente. Era el padre y su decisión ya estaba tomada. Los dos muñecos de plasticina se fugarían. Deambularon por alguna avenida mientras la luna se derramaba fría sobre los charcos y los faroles conservaban su corona de luz.

Pero ahora ellos ya no buscan un remoto escondrijo pues yacen muertos en un charco de mercurio, cerca de la esquina donde convergen la Avenida del Comercio y la Calle Convento. Se suicidaron mientras daban de comer a un perro. Por fortuna los faroles conservaron su corona de luz y la luna se reflejó en los charcos pues de lo contrario no les habrían hallado jamás. En todo caso dicen que un semáforo lloró lágrimas rojas, amarillas y verdes sobre los cadáveres.



Apariciones sucesivas de una muñeca bajo un sauce

 

Sus manos eran un recuerdo quemado y muy firme. Parecían de si propias dueñas y, creo yo, también eran de metal. Era una muñeca de porcelana de esas que aún se pueden ver en ciertas vitrinas viejas. Pero sus manos eran de metal. Sus ojos eran dos caracoles que alguien debió encontrar en el mar. Por un rescoldo de suerte su cabello no era postizo como las flores de hoy: su cabello fue confeccionado a base de cuerdas de guitarra. Óbviese, por cierto, cualquier carencia de sedosidad en su pelo castaño. Quien ha escuchado desde adentro una canción sabe que, pese a la tensión de las cuerdas, nada hay tan sedoso como un arpegio lacio. A modo de pestañas tenía finas cerdas de cepillo de dientes, ubicadas celosamente en la circunferencia de los caracoles, o de los ojos, da igual pues los caracoles son ojos del mar (como las islas). La nariz se dijera que fue el botón de un saco elegante, sin embargo era el botón de un abrigo que dieron en caridad a un indigente: aquel borracho que se sentaba siempre a esperar que las palomas durmieran para turbar su sueño. Su vestimenta era por demás inusual para la época: vestía una falda con múltiples pliegues que más bien parecía un mantel a cuyo través se adivinaba la presencia, extraña por cierto, de un pantalón de mezclilla. Usaba, también, una suerte de estola huequeada bajo la cual se encontraba una pequeña blusita de tirantes. En realidad la presunta estola eran los restos de un saco de gangoche y la falda una bolsa de chorrear café. Alguien dijo que la salvaron de un incendio bajo los escombros de un chinamo. Fue para las fiestas en honor de San Isidro labrador. La boca, a pesar de su evidente forma convexa, fue zurcida como queriendo evocar una sonrisa. Se encontraba ligeramente terciada a un lado. El izquierdo creo. Pero sus manos eran de metal. La costurera era una vieja jorobada, pequeña y muy blanca. Vivía en un viejo suburbio con heredades de dolor y tenía miedo de ser olvidada. Semanas antes de morir le llevaron sus instrumentos de costura y creó la dichosa muñeca. Por eso su imagen (la de la muñeca) parece un grito de luz agónica. Todas las tardes llevaba (la costurera) a sus hijas a un potrero y las encumbraba en el cielo como si fueran barriletes. Todas ellas (las hijas) comían moras bajo unos sauces que se encargaban de secar barriales. Algo hay como de ojos llorosos en los barriales y, consecuentemente, algo hay como de pañuelos en los sauces. Cuando quedó terminada (la muñeca) la pusieron junto a una piñata. La similitud era evidente. Cuando quedó terminada (la piñata) la pusieron junto a una muñeca. La similitud era evidente.Después las llevaron al potrero de los sauces (a ambas: la muñeca y la piñata). Alguien cumplía años y la muñeca era un obsequio. Alguien cumplía años y la piñata era imprescindible. La costurera creía que pronto iba a morir y una de las niñas (la mayor) se burló de la muñeca, pues tenía las iniciales de su creadora (la costurera) grabadas en el pie izquierdo. Uno de los niños vecinos (el más gordo) acabó con la triste piñata: fue una fiesta con su habitual desastre. Peor para piñata. Todos se lanzaron en busca de los dulces y nadie, por obra y gracia de los sauces, se ensució los vestidos. El barrial era ahora un ojo sin lágrimas, únicamente las hojas secas hacían delagañas. Se sucedieron muchos cumpleaños más bajo los sauces hasta que las niñas prefirieron privarse de piñatas y muñecas. La costurera se sintió más vieja que nunca y, como nadie quisiera morir con ella, por puro despecho una madrugada se resolvió a morir sola. En el féretro una muñeca con sus iniciales (las de la costurera) grabadas en el pie izquierdo la acompañó en la inmensidad de la muerte. Algún curioso dijo que la costurera, en su pie izquierdo, tenía grabadas las iniciales sospechosas de otra costurera. Ambas murieron ya. Se dice que la niña mayor (la que se burló) desposó con el vecinito gordo y, hay quienes aseguran, que su matrimonio aún no se ha consumado pues la niña, por cierto temor nada infundado, nunca ha querido mostrar la desnudez de su pie izquierdo. Morirá virgen sin duda.
 


Don Lucio Selenita: el hombre que buscaba sueños bajo las piedras

 

La enfermera diligentemente llevó la camilla hasta el ascensor. Se le llama ascensor, según veo, debido a sus múltiples funciones, entre las que se destaca aquella en virtud de la cual los usuarios tienen la posibilidad de ascender a un piso más alto. Pero también estos importantes aparatos pueden descender y no por ello son menos ascensores que antes. Lo cierto es que la enfermera llevó diligentemente la camilla hasta el dichoso ascensor (o descensor). Algo muy pequeño y muy blanco yacía bajo la sabana. Supe que era blanco por que fui capaz de percibir su aroma talcoso y, según he corroborado, todas las cosas blancas (excepto los ancianos) emanan cierta fragancia a talcos…

Así empezó su relato Lucio Selenita cuando me topé con él en el Café España. Me habló con suntuosos adjetivos acerca de la inmortalidad de la cursilería y dijo que a menudo pensaba en aquella inscripción de unos nombres,escritos con miedo en el alfeizar de una puerta de un cuarto hospitalario. Según decía era increíble imaginar una persona que en momentos tan inoportunos se afanara en dar cuenta indeleble de su amor. Pues es preciso decir que un hospital es el instrumento más efectivo para el dolor y, salvo los alumbramientos, todo cuánto acontece allí está revestido de importunación. ¿Cómo, entonces, alguien era capaz de escribir sus iniciales entrelazadas con las del ser amado en condiciones tan adversas? A Don Lucio le parecía fascinante mientras que a mi me resultaba repugnante.

…pensé en aquella señora que hacía cajetas tan dulces como una palabra y pensé también en cierta cajita de música que pobló mis recuerdos de infancia. La enfermera, en este caso, constituía una suerte de heroína de todos los días. Pertenecía a un ejército blanco como la más franca sonrisa. Mientras la seguía con mi mirada di con la bella inscripción. Debe saber que poseo un sentido de la vista prodigioso, básteme decirle que soy capaz de leer aquella vulgar convocatoria al abstencionismo electoral que fue pintada, con notable mal gusto, en el poste de enfrente. ¿Sabe algo? En realidad yo debí ser piloto o cirujano. A propósito de médicos, primero pensé que la inscripción había sido escrita por alguna pareja de funcionarios. La idea me parece ahora descabellada pues los funcionarios siempre están atribulados con sus funciones y además, hasta donde sé, los sabios galenos nunca se han destacado por sus dotes románticos…

El café no era tan malo y la conversación, pese a todo, no era del todo intolerable. Don Lucio Selenita se caracterizaba por no perder el menor ripio en sus relatos. Más que médico o piloto debió ser un rapsoda. No obstante acostumbraba salirse del hilo medular de las narraciones con evidente frecuencia. Me dijo que cierta mañana había visto bostezar a una chica muy blanca y que, más allá de la infalibilidad de sus molares, pudo ver la plenitud de su reverso. Dijo haber visto una silueta que se metió en el atardecer a tres milímetros del suelo. Aseguró haber visto un arcoiris de charco y aceite que descomponía la luz sin el menor reparo en los principios de la óptica. La chica se lo mostró y su nombre era Memé. Dijo que soñó una vez con la dicha mujer y que ésta en el sueño señalaba un calamar gigante que yacía en la acera.

…en alguno de los evangelios apócrifos, no recuerdo cuál, se narran ciertas supercherías en que incurrió el niño Jesús. Hay quienes dicen que el hijo del carpintero, más por presunción que por don celestial, acostumbraba deslumbrar a sus amiguitos fabricando pájaros. Bueno, una vez mientras caminábamos por la calle, Memé realizó el prodigio más maravilloso. Vimos un pejibaye postrado en la acera y ella lo señaló, luego bastó que me confesara algo: siempre había sospechado que los pejibayes eran en realidad animales. De pronto el fruto se encendió de rojo y le brotaron unas alas bellas con las cuales se empinó en el cielo…

La chica parecía afanarse tanto en su labor de señalar como la más útil de las palabras. El verbo no es más que una forma de señalar las cosas, tan sutil, que acabó siendo un dedo tácito. Memé, se me antojaba, no hacía otra cosa además de señalar calamares o pejibayes. Hablamos luego de cierta manía suya: Lucio Selenita estaba convencido de que cuando uno lanza una moneda a un basurero, en vez de cumplirse un deseo, se obtiene una pesadilla. Él confesó haber derrochado importantes sumas en las fuentes de los parques, se cansó de sueños y deseos cumplidos, se cansó de premios de lotería y de rifas.

…las pesadillas, en cambio, tienen una vida propia que te atrapa. Más allá del aparente masoquismo (o cinismo) debo decir que prefiero las tragedias inesperadas por sobre el aburrido tedio de los sueños cumplidos. Una vez lancé una moneda de 5 pesos en aquel basurero, el de color rojo, y de pronto un extraño insecto emergió desde la fachada de la Basílica. Era una libélula verdosa y escandalosamente grande. Como pude ver, los basureros son una especie de fuentes del deseo al revés…

Nunca debí preguntar por la suerte de Memé. Había muerto inexplicablemente como por efecto de un desvanecimiento. Cual un fantasma en quien nadie cree, a Memé, se le escapó la vida como se fuga un arpegio de piano. Fue internada en el Hospital Central y los médicos, sabiamente, dijeron no conocer su padecimiento

…hubiera deseado creer en su amor. Siempre pensé que se trataba de una broma. Cuando leí aquella hermosa y fatal inscripción en el hospital supe que me amaba: Lucio y Memé. Ella lo había escrito antes de ser ingresada al salón. Y luego la enfermera diligentemente llevó la camilla hasta el ascensor (o el descensor) y bajo las sábana se adivinaba algo muy blanco y muy pequeño, algo muy dulce y muy muerto, algo muy lindo con aroma talcoso, algo muy mío…


Tualé del perro, la levita y el origen de un paraguas

 

En el cuadrante superior izquierdo de esta hoja, dentro de un recuadro de tamaño no mayor a una cuartilla, hay un perro. A simple vista se adivina su extraña naturaleza: parece ser un perro hecho de trapo. En el cuadrante superior derecho hay un burgués francés que usa levita oscura. Habla con una señorita flaca acerca de Balzac o de Dostoievsky. No sé: una trivial conversación del siglo XIX. En el espacio restante, es decir en los dos cuadrantes inferiores, hay un paraguas negro. Ostenta un ademán inexpresivo a la mejor guisa de un paraguas mojado y cerrado. No es posible determinar si, en efecto, se encuentra mojado o no, aunque en París siempre hay aguaceros. Si se observa celosamente podrá advertirse un fino hilo que va desde el cuello del perro hasta la mano altiva del burgués. Es una correa. El perro intenta escapar del despotismo ingrato de la hoja dando un salto. El francés conversa amenamente con la señorita. No se percata de tan inoportuno arrebato de rebeldía. Ella parece una ciruela o un durazno. Sus manos son largas y delgadas a fuerza de tocar sonatas de Listz. El paraguas permanece inmóvil como un farol. Se dijera que cuando el perro consuma su salto, por un extraño sortilegio, el burgués de levita y éste quedarán reducidos a una complicidad oscura: no sé cómo pero ambos se convertirán en paraguas.


Transmutación de la mujer más hermosa del mundo en una sombrilla

 

La mujer más hermosa del mundo tenía la boca en forma de una u al revés (eso que algunos prefieren llamar convexa) y las manos de metal. Se sentaba frente al espejo y mientras se contemplaba nunca pensaba en cuán bella era. Alguna vez alguien tomó una fotografía suya en la cual aparecía disfrazada tal como si esperara un niño. Su belleza se acentuó tanto como su vientre artificial (era muy similar a una flor acrílica). Es preciso aclarar que ocuparse de una descripción de sus atributos físicos resulta un tarea fatigosa y estéril, pues de ella únicamente es posible decir que tenía la boca en forma de u al revés y las manos de metal. En el resto de sus rasgos era, digamos, total y absolutamente inaprensible. Su cara era inenarrable. Su pelo incoherente. En su pecho dos enfáticos puñetazos sobresalían grácilmente a través de la blusa. Sus tobillos eran del todo imperceptibles. Nada más puedo decir. Para quien gusta de los pormenores irrelevantes, sépase que la mujer más bella del mundo no tomaba café. Fumaba y cuando lo hacía prefería acompañarse de un té. Su ropa era confeccionada por cierta costurera jorobada muy pequeña y muy blanca. Pocas veces usaba faldas. Una que otra vez usaba abrigos. La mayoría de las veces usaba calcetines de colores encendidos y fue, precisamente, por obra y gracia de esa condición policromática que todo empezó. Según dicen la belleza en la mujer sube mansamente por los tobillos, las pantorrillas, los muslos y se demora en el pubis, rodea el ombligo y reivindica la claridad en los senos. Pues bueno, la mujer más hermosa del mundo empezó a transmutarse en sombrilla de abajo hacia arriba. En sentido contrario a como se debe trazar las letras. El color, como ya se dijo, fue el primer síntoma. Luego vino esa extraña costumbre de permanecer ligeramente inclinada: siempre apoyada en algo. Algunas noches fue presa de febricitantes temblores. Experimentó esporádicos accesos de migraña y más bien sentía dolor en los ojos. La comezón en la nariz se tornó insoportable cuando sus brazos no respondían; apropósito de estos, conviene indicar que poco a poco empezaron a inmovilizarse hasta que se adhirieron por completo a los flancos curvos. Ahora parecen dos listones rojizos que cuelgan desde el vértice luminoso. Por cierto, el dichoso vértice corresponde a lo que fue su cabeza. Los ojos espejo se transformaron en dos lentejuelas y las piernas se multiplicaron generosamente, conformando, en efecto, una genuina osamenta metálica. Su tórax hace las de una empuñadura nacarada. Su cuello, a la menor brevedad, pasó a ser la varilla medular de la sombrillamás hermosa del mundo. Por supuesto que la belleza constituyó lo único invariable. Cada una de las risas que solían sucederse en su rostro ahora es un anular amarillo y, en el ribete, aquellos delicados vuelos estampados con estrellas, no son otra cosa que sus mechones lacios. Alguien dijo que la mujer más hermosa del mundo, una vez convertida en la sombrilla más hermosa del mundo, cuando se sentía feliz se abría de par en par y reposaba en el jardín de su casa. Siempre quiso lucir un embarazo. En una ocasión la costurera jorobada (y muy pequeña y muy blanca) le confeccionó un maternal color amarillo y, antes de morir, cosió un forro para esconderse (para ese momento ya estaba transmutada en sombrilla). Dicen que cada vez que la abren se siente preñada de vacío y de aire. Sus manos de metal las empleó la costurera para construir una muñeca. La sombrilla (y la mujer) más hermosa del mundo acabó sus días en cierto florero que se encuentra en el café de la calle 10. Algún incauto supuso que los paraguas y las sombrillas eran bienes comunes, de suerte que la abandonó en el macetero y el mundo la olvidó como a cualquier sombrilla. Ya se dijo que la belleza era lo único invariable en ella, de modo que la mujer más hermosa del mundo, convertida en la sombrilla más hermosa del mundo, pasó convertirse en la flor acrílica más hermosa del mundo. Eso si: hasta el momento no ha conseguido embarazarse.


Todo así y lalá…
(la Señorita Pájaro y el Señor Fërdi, el embalsamador de aves)

 

-¿Ha pensado en embalsamarlos a todos, cierto señor Fërdi?

-Únicamente los de color verde

-¿Y las semanas sin salario?

-También serán embalsamadas junto con las horas graves sin sueño.

-Las plumas padecen una variedad distinta de insomnio

-Señorita Pájaro, el sueño y el insomnio en realidad no constituyen un par antitético, más bien son análogos a la relación entre sonido y silencio. Recuerde que la música al fin de cuentas es eso: un arreglo misterioso entre sonido y silencio.

-Señor Fërdi, ¿qué cosa ocurrirá, entonces, a partir de un arreglo sistemático de sueño e insomnio?

-Una mala novela, tal vez. ¿Qué se yo? Balzac, Dostoievsky.

-¿Qué le parecería Werther? A propósito: ¿ha visto usted alguna vez un cementerio de pájaros?

-El único cementerio donde yacen los pájaros es, casualmente, el silencio.

-¿Lo ve? Tal vez los pájaros son arreglos entre silencio y sueño.

-Señorita Pájaro, usted es un arreglo entre silencio y sueño

-¿Y me embalsamará con ellos? Míreme bien no soy tan verde

-Hoy el cajero automático me recordó que esta es una semana sin salario. ¿Sabe algo? Los cajeros automáticos son tan repugnantes como el látex. Es más: ambos, el condón y el cajero, deberían ser los símbolos de nuestro tiempo.

-¿Señor Fërdi, me pondrá en una vitrina?

-Si. Tal vez alguien se enamore de usted

-¿Como usted?

-(…) mi adorable Charlotte embalsamada


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