Participo en este sufrimiento colectivo con tantos colombianos, por ser un trotador dominical. Mi ingreso a la clase de los corredores se produjo por razones antimédicas a raíz de una recomendación que me hizo el cirujano de no hacer ejercicio nunca más hace casi treinta años. Me dije: ‘si he de morir anquilosado, prefiero que sea en una calle tratando de derrotar el dolor del ácido láctico’. Inicié mi rutina en ese tiempo en la pista del estadio de la Universidad Nacional con cinco mil metros diarios durante dos años sin faltar un solo día. No me morí; ni el único riñón se quejó del esfuerzo; el organismo me pedía la dopamina natural.
Así que mi vinculación a la gesta tiene una connotación diferente de la de muchos otros.
Pero yendo al grano, la experiencia de la pasada media maratón fue diferente, siempre lo ha sido. No tengo problema de saber que soy el último, porque siempre voy ocupado en mi cabeza con reflexiones sobre la tremenda organización que está a mi servicio en esos momentos, con guardias de policía refrenando el ímpetu de los choferes desesperados que ven como se acerca al cruce este último viejito con paso de tortuga, los trescientos metros que faltan para que autoricen la apertura de la vía. Admiro a los espectadores que no dan su brazo a torcer y animan a ese desconocido, muchas horas después de que cruzaron las gacelas, «atleta» que no hace otra cosa que cumplir con una meta personal.
La primera desolación la tengo cuando no encuentro mi número en la lista habilitante de las puertas de entrada. Por terquedad y esperando no toparme con un portero muy severo me hice con la categoría de los masters que supuestamente era la mía; es la última para acceder a la ruta principal por la entrada número cuatro. Me encontré con mis contemporáneos. Yo era el único atleta disfuncional y gozón de ese grupo de unos cuarenta espigados veteranos. Me había fumado mi tabaco habitual el día anterior y me proponía disfrutar, como premio al esfuerzo, un Cohiba una vez la terminara la carrera. No había ‘entrenado’ la semana previa ni un solo día, solo troté, a mi paso, el sábado y el domingo anterior durante 50 minutos, pero esta vez eran tres horas las que me esperaban.
A medida que se acercaba la hora de salida los ánimos se exaltaban entre el grupo, la esclusa ubicadas en la calle lateral, nos privaban de ver que estaba ocurriendo en la vía principal, el encargado decía que no habían autorizado la entrada de esta categoría todavía. Era evidente que algo andaba mal con la organización. Diez minutos más tarde de la hora programada llegó otro master a decir que ya habían salido los corredores, que él estaba como espectador en la meta de largada cuando lo hicieron. Después de un rato, otros diez minutos, fui a verificar la información; entré por otra puerta lateral que estaba abierta y en efecto no había nadie. ¡Mierda, esta vez me tocará correr de último todo el tiempo. Decidí intentar cruzar las esclusas de la vía principal que ya estaban cerradas, preparándose para la siguiente carrera de 10 kilómetros. No me dejaron cruzar. Tuve que irme por calles aledañas pensando en lograr entrar a la ruta principal en cualquier momento cuando la vigilancia de los guachimanes fuera más débil. Así llegué al kilómetro dos cuando ya todos los atletas habían cruzado hacía veinte minutos. Pensaba en la suerte de mis compañeros de categoría refrenados en la esclusa y en sus meses anteriores de cuidadosa preparación. Yo era en ese momento un lento corredor solitario en un vía inmensa tentadora para correr a gran velocidad. Pero tenía que regular mis fuerzas. En kilómetro cuatro me alcanzaron dos formidables veteranos, iban a paso de campeones. Les pregunté si habían abierto la esclusa. ‘Si pero a las diez y cuarenta’. Eso me animó, ahora tendría una jauría de veteranos a mis espaldas y veinte minutos de ventaja. Dos kilómetros más adelante se acercaron otros paquetes de corredores con pasos envidiables que me invitaban a que los siguiera. A algunos les dije cuando me alcanzaron ¡Que tal la hijueputada la que nos hicieron¡ Ellos asintieron pero su mente no estaba en el rencor del mal trato recibido sino en el sincronismo del paso, la respiración y las pulsaciones. Así llegué al kilómetro 11 (1 h. 20 m.), donde se hizo evidente que esta vez no estaba tan preparado como el año anterior, no eran las piernas, ni los pulmones, ni las ampollas de los pies lo que me fallaba, eran los músculos de la espalda que me atormentaban. La primera caminada se produjo en ese momento y el recuerdo de mi imaginación se fue tras Amparo –mi mujer– que se había anotado para la carrera corta. Hubiera terminado sin parar y seguramente con ella a lado de haberme cambiado de carrera.
A intervalos trotaba y caminaba pero la renuncia a terminar ya estaba en mi mente. Seguían pasando mis contemporáneos que me habían descontado los veinte minutos de ventaja. Me encontré en la mitad de la carrera con dos miembros del grupo de apoyo de Eforcers con cuya camiseta corría, y les avisé que la hidratación era suficiente y que tenía la intención de continuar hasta el final –mentía en esos momentos–. Los kilómetros ya no contaban, no eran importantes, corría y caminaba a discreción. Todavía había público y las vías seguían cerradas. El momento crítico de la carrera se me presenta en el kilómetro 17, la carrera pasa cerca de mi casa (100 metros). Pero las vías cerradas libres del tránsito de vehículos me animan a hacer los últimos cuatro kilómetros aprovechando que no estoy exhausto. Termino. Encuentro a Norto, Camilo y Andrés cerca de la meta y me pregunto qué diablos hacen ahí parados casi una hora después de que ellos llegaron. ¿Esperándome a mí? Que locura. Cruzo la meta, paro el cronometro, la medición del tiempo es difícil porque lo inicié en el kilómetro 2, debieron ser tres horas en total. Me reúno con ellos, Camilo me regala la medalla que le dieron a él, que yo no me atreví a buscar dentro del parque porque la entrada al mismo me hubiera significado una vuelta de casi media hora más en medio de un desorden total.
Un buen día. La lluvia suave nos acompaño, el cielo se cubrió para que el sol no nos atormentará y todo salió bien. El Cohiba no lo pude comprar, la casa estaba invadidade visitantes y de ‘atletas’ cuando llegué y no tenía alientos para hacer el viaje hasta Chapinero a buscarlo.
La próxima carrera cambiaré de categoría y si me toca colarme a la brava lo haré. Pero tengo un recuerdo agradable, fui el único espectador de primera fila de esos formidables veteranos y los pude catear atléticamente a todos, pues yo estuve a los talones todos. ¡Que puesto tan privilegiado tuve!