Pensando en ella, humillada en un círculo amarillo, pensando en todos los cautivos, pensando en todos nosotros.
Camilo:
No se pasa por lo peor si no se continúa, esto es, qué bien lo dices, si no se decide uno a gritar la vida y apropiársela. Sí, sí, sí, sí. Tras los más altos designios de la existencia humana tú haz renunciado, como ella, como tantos otros, a pasar por el tiempo y por las cosas alimentándose con despojos de aire, con despojos de tierra, con despojos de sol, con despojos de amor y sombra, consumiendo tan mínimas y miserables dosis de endebles motivos para doblar la página del día que ya pasó yla noche que llega. A ti, como a ella, despertando apenas a la vida, un padre supo mostrarles el titilar de una estrella, tal vez lo más alto que un mortal pueda alcanzar a contemplar, y ahora, con hermosura, inviertes tan noble propedéutica y nos señalas el fino y sutil arte para poseerla: “Vencido un infierno, el espacio es posibilidad de actuar”. “Vencido un infierno, el rostro humano actúa sobre el espacio”. Cómo quisiera para ella, en esta hora, para que no claudique, la fuerza que proporciona el haber vencido tan sólo la mitad de algún infierno. Por su recuerdo y tus palabras qué bien me hacen, a propósito, los fuertes versos de Cernuda:
Abajo pues la virtud, el orden, la miseria; abajo todo, todo, excepto la derrota, derrota hasta los dientes, hasta ese espacio helado de una cabeza abierta en dos a través de soledades, sabiendo nada más que vivir es estar a solas con la muerte.
Como tú, como yo, como todos, cautiva ella también al interior del pensamiento, por momentos no sentirá la necesidad de los otros. El aroma del café también le llegará temprano en la mañana y pronto se interrumpirá su solipsismo cuando se acerquen otras voces para compartirlo, voces que anularán las rutas de la ensoñación y configurarán su cotidiana convivencia con el horror, ese trasegar por los nueve círculos del infierno que para ella apenas comienza.
La noticia de la muerte de su padre, tras el último sorbo amargo del café, no le arrancó un río de llanto como quisiera, pero le destrozó el corazón. No duele tanto la inminencia de un deceso, que el mal extendido por el cuerpo anunciaba, eso lo sabía, duele sin límites es la imposibilidad de participar en las necesarias ceremonias del adiós con aquel que se va, con aquel que enmarcó y determinó con tan hondo significado toda una existencia. Deseó en su impotencia arrancarse los cabellos, golpearse la cabeza con las tablas del cambuche hasta morir, salir en loca carrera monte abajo y lanzarse por el despeñadero que da al río, pero una negra fuerza la sembró de rodillas en el suelo y sólo tuvo alientos para sostener entre sus manos la desvanecida cabeza, con los ojos ya en blanco, instantes antes de caer.
Ahora es el inicio de la mañana del viernes 24 de Octubre de 2003, y ella no puede aún embelezarse con la lenta nube que pasa sobre el embrujo de mil cigarras en concierto, luego de tantos años bajo la tierra.