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UNA CALLE

Con el paso del tiempo el lugar se fue llenando de tiendas al por menor, de papeles en las puertas anunciando ventas de gaseosas, empanadas, tamales calientes y paletas. Día tras día y noche tras noche se mezclaban los olores con los sonidos, y aunados, se ofrecían insolentes a todos los vecinos, como haciéndoles un gran aporte socializante y colectivo, todos a una, sin pedir permiso: los noventa minutos de narración del partido de fútbol, los vallenatos de las quinceañeras en franca lid de volumen, como plantas sedientas de sol en selva virgen, los vendedores ambulantes de almojábanas calientes y mazamorras, el vendedor tempranero con su grito de “¡hay cuchaaa…hay patalooo!, ¡hay bocachico fresco!”, los ladridos de Lord Köchel, el único perro con mirada de gente humana y pedigrí en la calle, mas los de quince gozques sin alcurnia que rabiosamente, y sin distingos de clase, no soportaban, tampoco, un mendigo ya más, a cada hora, y la infaltable telenovela nacional, perdiendo audiencia con tantos “realitis”, y la siempre renovada noticia de última hora con su siniestra lista de muertos para doblar la página del día que ya se fue y de la noche que llega.

Allí en esa esquina el tiempo arrojó sus dos anclas de leva y monótono estableció siempre el mismo paisaje, con su estética de pobres y su manera de ser, esa especie de subcultura cada día más difícil dereivindicar. Algunos lograban ver allí encantos profundos, tercermundistas, sedimentos de rescatables valores.

Cansaba tanto ver así fondeado el tiempo: Diez, quince, veinte años con las mismas fachadas, con las mismas calles polvorientas, con las mismas muchachas tempranamente madres y solteras, con los mismos muchachos sin futuro en las esquinas soltando carcajadas hasta bien densa la noche, y esos tarros oxidados, por Dios, esas ollas viejas golpeadas por el tiempo conteniendo en los antejardines margaritas.

Desdibujada y maltrecha la calle hace tiempo que dejó de cumplir años. Debería mejor cumplir quinquenios, o mejor, centenarios. Sin embargo, en esa orilla tórrida del Magdalena se acogió nuestro solar, y allí se aposentó nuestro sosiego tras el fuego del sol y del desierto. Por ello no sólo cansan sus rincones, tambiénsorprenden, tambiénarroban, también sumergen en la rabia, el desencanto o en la poesía.

Hoy, por la calle pasó un muchacho, esbelto, descalzo, abandonado, adicto, con algo de luz aún para sus ojos, vendiendo su camisa. Hacia la una de la madrugada regresan los silencios. Luego, tras la luna y su nube que ocultan las acacias, en la ventana de la más bella muchacha, cual oración de amor irrumpe en trío una serenata: “Esas perlas que tu guardas con cuidado, en tan lindo estuche, de peluches rojo…”.

Y por aquí también pasaste tú en la blanca y sutil neblina de tu traje. Nube blanca que ilusionas. Y yo, cautivo en mí, ensoñador, desconsolado e inerme.

La hiriente claridad anunció un nuevo día, y en la duermevela al despertar se escuchó como un lejano y lento alud a la deriva, pero era alguien que barría con energía las grandes hojas del viejo almendro que es mi paz interior, el que refresca de verde las oscuridades angustiantes e implacables de mis sueños inconexos al despertar. A ti mi ofrenda. He visto el malestar que produce el tapete detus enormes hojas amarillas por el suelo, por entre los techos, tapando bajantes y cañerías. Hay machetes impacientes que podrían cortarte de tajo. A ti mi abrazo en esta calle atravesada por el polvo, el ruido y el hollín de tanto tiempo, a ti que eres la única belleza en silencio en dondecada mañana, a través de la ventana, se recuestan mis ojos al despertar.

Norberto León Insuasty Plaza


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«Parvulario». Textos sobre la infancia. Altazor editores. Neiva

Prólogo
Betuel Bonilla Rojas hace una presentación de la colección donde aparece este texto.

 



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