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El Currulao

Enrique Pérez Arbeláez

El currulao se baila en muchas partes de Colombia, donde existen comunidades negras más o menos cohesionadas, aisladas de otras y apegadas a sus tradiciones.

Buenaventura en la noche y por calles de sus arrabales. He venido con el Profesor Alfredo Balachowsky, francés de excelsos méritos científicos y profundos intereses humanos, y con el Profesor Carlos Lehmann Valencia, mi amigo de años, zoólogo de la Universidad del Valle. Nos guía un tambor a cuyo tum-tum nos acercamos por un pasadizo de troncos, debajo de los cuales, a las luces de pocas bombillas que iluminan el barrio de Venecia, platean las aguas turbias de la albufera donde está instalado el pobre puerto de Colombia sobre el Gran Océano.

Pero no distraerse; que si te resbalas vas a dar a esa salmuera de fango y desperdicios, pianguas y jaibas. Al fin llegamos a la casa del baile. Está llena de hombres y de mujeres, negros y morenos, trabajadores de los muelles y del mercado, que saludan con simpatía nuestra curiosidad entrometida, nos ofrecen un banco contra la mampara que sirve de pared al salón y nos escudriñan uno a uno con mirada silenciosa.

Desde que en Venecia se adivinó para dónde íbamos, un ne­gro, delgadito y bajo de cuerpo, se constituyó en nuestro guía y protector. Claro que por algo; “de balde no se dan ni palos”, decía el Maestro Valencia. Comenzó por abrirnos campo en el sencillo banco y en la cordialidad de los reunidos para bailar el currulao. Los que primero se dejan sentir son los músicos, probando, por enésima vez, sus instrumentos: un tambor largo, otro menos, de tono alto, una marimba, una güira ranurada, que da la nota inquietante de su raspa. Negros y negras esperan, distraídos en sus comentarios. Aquel día había bajado de la iglesia el señor Pa­dre y había “arreglado” veinte parejas que quién sabe cómo vi­vían y sólo Dios sabe cómo vivirán.

En un ángulo del salón hay un modesto mostrador; tras él, en la pared, unas repisas con botellas, y arriba, presidiendo el re­cinto, un retablo con muchas luces y varias imágenes piadosas que irradian ingenua dulzura. Las luces son de colores, el papel del fondo y los festones tiemblan y crujen, con los colores de la ban­dera nacional. Ya estamos en ese microcosmos de los afectos, don­de se compendian cielo e instintos zoológicos; raza, historia y dia­rio momento; ancestro lejano y acentos musicales que se desgra­nan a intervalos.

El currulao, a mi modo de ver, debe ser supervivencia folcló­rica a su exquisita insinuación psicológica. Es un algo que mana de los tambores, hiere y atrae la sensibilidad mandona de los machos; vence la altivez esquiva de las hembras y a todos los preci­pita en un frenesí de ritmo y movimiento, donde adormecidos y extasiados, al tiempo, agita sus miembros, empapa, en sudor sus rostros quemados por el sol, y sus espaldas vigorizadas en el re­mar por los mil caños, para acabar en vibraciones de su epidermis, con el mismo temblor de los tambores donde surtió su manantial.

Tras las primeras llamadas del tambor, sonoras e imperati­vas, sale del grupo de los músicos un “¡ay!” plañidero. Es el guión que eslabona siempre la alegría, con la vida oprimida de los hijos del África. El Profesor Balachowsky me trae de sus viajes por el Continente negro la clasificación de los rostros que tiene delante: este es un bantú, este un hotentote. Los tipos africanos son carac­teres genéticos que se mantienen en la urdimbre de los meridianos y de los siglos.

Los negros de Buenaventura han mejorado en su vestido: casi todos están calzados, pero no faltan los pies más ligeros, des­calzos y limpios sobre el piso de madera, de aquella construcción lacustre, de guadua en zancos. Es la habitación casi universal del negro, ese anfibio que, como el hipopótamo y el tapir, se solaza en las orillas de las aguas –mar, río o lago–, y en las tierras recién emergidas de la selva pluvial que rezumen y espiran su vaho in­terior.

Ha llamado el tambor. Algunos hombres ensayan compases sueltos del baile que se avecina, dan unos zapateados formidables que hacían temer por la seguridad de toda la mansión, si no fuera porque en ella han bailado mil veces su evocación ancestral. Los negros zapatean galleando, cada uno, a la mujer que está más cer­cana, atrayéndola a una emoción que, en ellos, se inicia potente.

Sin embargo, las mujeres están indiferentes, hablan, ríen co­mo si la cosa no fuera con ellas. Se diría que no iba a haber baile. Los músicos van abriendo calle al compás triunfador. Estalla el canto:

Venite pa'cá,
veníte pa'cá,
como la culebra
cuando va a picá.

Que suene, que suene,
que suene el tambó
pa poder cantá.

El baile de los hombres se hace más agitado y estructurado, invitando cada uno a su pareja con el ejemplo: con el giro, con flexiones acometivas de su cintura, y con el zapateado. Las esqui­vas al fin se rinden. En sus hombros, en sus caderas, se inicia el ritmo casi imperceptible que va creciendo, creciendo, hasta que al fin se adueña de todo su ser y se desborda. Las parejas en el curru­lao van sueltas y ni se tocan; la mujer no pierde su jerarquía esté­tica, su fuerza de atracción inconquistable. Serena gira sobre si misma y describe círculos ante su hombre. Este, en cambio, la en­vuelve con sus giros, con su zapateado, con sus flexiones, con su abanicado y el chasquido de su pañuelo. Son expresiones de fasci­nar y de quedar fascinados. El bajeo, esa suerte de emisión corpo­ral magnética que sé esconde en muchas prácticas de tipo africano, vincula al hombre con la mujer en el currulao; los atrae y los se­para, los abre y los roza, en forma sutil y finísima.

Todos cantan: “pa mi, pa mi, como la culebra cuando va a picá”.

El movimiento se hace más acorde, más rápido, más arrolla­dor, más unificado en la libertad de cada pareja. En tanto, los músicos se agitan, se desgonzan, se desbaratan sobre sus instrumentos; parece que van a desintegrarse. Toda la casa se duerme en el frenesí, en una fascinación armónica, en una narración íntima y contemplativa, sin asomos de sexualidad. Así largo rato, como los trompos y los planetas, en su girar callado y vertiginoso.

El tambor debió dar una señal, y el canto bajó de tono; el baile va descendiendo, hasta que se suspende y se disuelve en una risa.

Se presentó un contratiempo amenazante. Antes de que lle­gáramos, parece que una negra regordeta, a quien habían ofrecido una cerveza, vació en el suelo el último contenido de la botella, y, sin querer, salpicó a otra de las mujeres en la pantorrilla. Esta se puso iracunda, y decía: -”Yo no me aguanto esa vaina. Cambio puñalada por insulto. Doy puñal por cada grosería”. Un hombre llegó y habló con la del chorrión, la riñó, con ojos chispeantes de ira. No supe lo que le dijo ni quién era.

Cuando nos íbamos a retirar de la zambra que amenazaba, nuestro “protector” se acercó y nos dijo, con aire olímpico: “No se afanen. Yo los defiendo. Yo tengo aquí muchos amigos”. Y dirigiéndose a los camorristas les reñía: “Déjense de eso. Estos se­ñores aquí son muy respetables”.

La mujer ofendida que amenazaba puñal, se rió entonces, y volviéndose a nosotros nos dijo complacida: “Aquí no pasa nada. Son cosas”.

Y volvió a tocar el tambor, y de nuevo se prendió el currulao, y vino el hombre furioso, se situó frente a la negra gorda, bailó con ella, y el ritmo unificó en su vértigo a hombres y mujeres, en esa noche inolvidable.

Tarde regresamos al Hotel Estación, sobre el pasadizo de pa­los, por cuyas rendijas plateaba la pleamar, mientras los tambores sonaban cada vez más lejanos. Nuestro negro tutelar se despidió con algo en el bolsillo, pero muy digno y cortesano.

Y yo pensaba en lo poco que sabemos de esas oscuras amal­gamas raciales que forman la psicología íntima de nuestro pueblo. La clave de la unidad patria está perdida en aquellas aguas turbias; no en esas orgías de bailes absurdos importados, producto de una pseudo civilización enfermiza.

Al regresar, Balachowsky me decía: “Es admirable. En Eu­ropa, cualquier grupo de este nivel cultural no nos hubiera aco­gido con tánta amabilidad”.

Revista Colombiana de Folclor, Número 3, segunda época, Imprenta Nacional, Bogotá, 1959, páginas 97, 100.


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