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Asomo al Folklore Musical de Colombia [1]

José Ignacio Perdomo Escobar [2]

En los cantares de las altiplanicies centrales está estam­pada de manera indeleble la lírica aborigen. Poblados an­taño por guanes y muiscas, a pesar del golpe avasallador que sufrieron en la Conquista y Colonia, predomina la raza con todos sus atributos. Son pueblos de mentalidad sui generis, complicada, llena de filigranas; esconden sus verdaderos pensamientos y sus intenciones bajó el velo de una sonrisa dulzarrona, entre enigmática e idiota; son como esos ríos de la Sabana, de una superficie tersa y mansa en que se dibujan los sauces y las ondulaciones del cauce y esconden en el fondo traicioneros remolinos.

Es una masa social de artífices y de místicos, pero ese misticismo que arrastra multitudes hacia los santuarios, por senderos ocultos entre la maleza –trazados desde siglos a través de los predios para acortar las distancias–, también llegado un momento histórico los lleva a los campos de ba­talla o a la revolución social. Es un pueblo que vive de las reservas del espíritu, encerrado en su torre de marfil: es­quizoide.

Son cantos característicos de esta región la guabina y el torbellino.

La Guabina

La guabina se canta en Boyacá y Santander del Sur, en este último departamento sobre todo en la provincia de Vélez. Es un canto doliente, una queja del alma de la gleba. Tiene la monotonía y la sobriedad del paisaje boyacense, en el cual a lo lejos tan solo se destacan las tunas que rom­pen de trecho en trecho las ondulaciones de las colinas. No pasa de ser un son. Los promeseros que se dirigen a Chi­quinquirá y Monguí atenúan el cansancio de la jornada al compás de esos cantares doloridos que repiten hasta la sa­ciedad, haciendo tonadas y variaciones a cada coda.

“Las coplas se cantan al son de la guabina. En sus me­lodías sencillas, pero dentro de extremada variedad del aire fundamental, la copla enreda sus conceptos y sentires y se va por ventas y caminos, por labranzas y trapiches, por altos y cañadas, a veces acompañada por el tiple, otras veces des­nuda como una deidad aérea, pero siempre saturada por, el perfume de la tierra y hondamente lírica como el alma de la raza”.

“Una pequeña variante en la música y una o dos estrofas determinadas diferencian la guabina veleña, la guabina del Puente, la guabina de Aguadas, la guabina de Mercedes Sandoval... Pero toda clase de coplas pueden cantarse y en efecto se cantan sobre estas variantes particulares”.[3]

Coreografía

La coreografía de la guabina sigue en su desarrolla unas once figuras de baile, que podemos resumir en seis más diferenciadas y esenciales:

Al iniciarse la música salen hombre y mujer por un lado de la escena, ella tras él, caminando en pasos menu­dos y rápidos, siguiendo el ritmo de la introducción musical, puestas las manos en el pecho, sosteniendo con el car­gador las canastillas o jaulas de chusque, que llevan a la espalda, colocándose luego frente a frente, se abre: marcha menuda. En seguida verifican el paso de rutina de la gua­bina, avanza uno de los dos pies con la punta hacia afuera y retrocede luego a la posición inicial, resbalando sobre el piso a tiempo que el otro pie avanza para hacer igual reco­rrido: avance de rutina, seguido de giros a derecha e izquier­da. A continuación y colocados otra vez frente a frente, retroceden simultáneamente en pasos de rutina con giros a derecha e izquierda: retroceso de rutina. Luego realizan un cruce cambiando de puestos y regresando al sitio primero en paso de zig–zag ondulado. Este paso es el mismo de ru­tina, una vez hacia la derecha y con media vuelta realizada en tres pasos cortos, otra hacia la izquierda por varias veces alternadas. En seguida verifican el paso saltado, de rutina, frente a frente; luego se ejecuta el paso saltando lateral­mente y volviendo las caras por la derecha él y por la izquier­da ella y viceversa, dándose la espalda: espaldas.

Después realizan el paso escobillado con un pie y lue­go con el otro. Este paso consiste en el adelanto de un pie, el derecho, por ejemplo, resbalándolo sobre el pavimento y, al retrocederlo, avanza el otro pie arrastrándose; al avanzar este como amagando dar alcance al otro, este último avanza nuevamente. Después avanza primero el pie opuesto, izquier­do en este caso, y continúa igualmente por varias veces: es­cobillado.

En seguida se repite la figura del paso saltando al fren­te. Ahora verifican los juegos del pañuelo tomándolo por los extremos cada uno de una punta con la mano derecha; da él dos pasos de rutina y gira ella pasando bajo los brazos que sostienen el pañuelo; luego da ella dos pasos y gira él en la misma forma, esto, por tres veces: pañuelo.

Finalmente, cambia él pasando el extremo del pañuelo que tiene asido a la mano izquierda y colocando los brazos respectivos tras las cabezas, como cobijándose ambos con el pañuelo, él la toma por la cintura con el brazo libre y salen de la escena hacia el frente, terminando de cara al público”.[4]


[1] José Ignacio Perdomo Escobar, Historia de la música en Colombia, Academia colombiana de Historia, Editorial ABC, Bogotá, 1963. págs. 274-276.

[2] Presbítero, historiador, folklorista.

[3] Arias Juan de Dios. Folklore santandereano, Bucaramanga, 1942.

[4] Abadía Julio. Art. cit. II. La Guabina.


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