Si entre los aires mestizos hemos dicho que el torbellino es el que acusa un más fuerte ancestro indígena, el que acusa más el ancestro español, es el joropo. Tonada-base o tonada-tipo de la zona de los Llanos Orientales de Colombia, zona que abarca la gran llanura oriental desde San Martín del Meta, hasta Casanare de Boyacá y la Intendencia [hoy departamento] de Arauca. Su origen tiene una indudable raíz española y, a semejanza del jarabe mejicano, conserva, tanto en el canto como en la coreografía, los portamentos o arabescos de la voz y el zapateo flamenco, a más de la jacarandosa altisonancia, sin punto de comparación con los aires y danzas indígenas. La etimología de “joropo” parece derivarse del arábigo “xárop” que traduce “jarabe”, sirope o hidromiel. Se sugirió la derivación del quéchua “huarapu” (que dio origen a “guarapo”) con base en la observación del viajero y explorador francés Edouard André, en la publicación “América Equinoccial: Colombia - Ecuador”, editada por Montaner, en Barcelona, por 1884, citado por Perdomo Escobar. Allí dice: “en los Llanos Orientales de Colombia se ejecuta una danza, que, como su tonada musical, se llama ‘guarapo’”. Agregamos en Venezuela existe todavía en algunas regiones del llano, el guarapo, como tonada y danza pero es el mismo joropo. El joropo casi siempre tiene como base del canto un relato en verso, más comúnmente de los llamados “corridos” y a veces bambas, ensaladas o simples sucesiones de coplas. El canto se desarrolla en forma muy particular y caprichosa y reviste frecuentes caídas de la voz, alteraciones del tono, melismas o arabescos que le dan gran vivacidad y que adelantan su ancestro de “cante jondo”. Como el llano colombiano en su sector oriental continúa geográficamente en el Llano venezolano, el joropo pertenece por igual a ambos países, pero Venezuela lo ha hecho su tonada y danza nacional y le ha dado el prestigio y exaltación que merece. El instrumental típico usado tradicionalmente en el joropo colombiano consta de: cuatro, requinto y carraca. El bandolín que reemplazaba a veces al requinto, está casi abandonado. Recientemente, ya en la región de Arauca por vecindad limítrofe, ya en los festivales populares pseudo-folklóricos y por esnobismo de turistas, se ha echado mano del arpa usada en Venezuela tradicionalmente, en cambio de nuestro requinto y han agregado los “capachos” o maracas, en cambio de nuestra maravillosa carraca. Quienes hemos vivido la realidad llanera en diferentes épocas pasadas (1927, 1933, 1940) y en el ámbito de los hatos del “Llano adentro”, no podemos transigir con estas adulteraciones del instrumental que en nada benefician la “calidad” de la música folklórica y le restan autenticidad artificialmente.
Entre las confusiones que puntualiza Harry Davidson (Diccionario folklórico de Colombia) se hallan las de Santos Cifuentes y Piñeros Corpas que nos parecen dignas de tomarse en cuenta. La primera presenta una conjetura de identidad entre el torbellino y el galerón. La segunda entre el torbellino y el corrido. Anotamos que el galerón es precisamente un corrido desde el punto de vista del texto literario pues la forma literaria folklórica en que el texto de coplerío se presenta en forma continua o seguida en narración de un mismo tema se llama “corrido”. Por ejemplo, el Corrido de las Aves que comienza: “De las aves de los Llanos/ te cantaré la ensalada/ de varias que conocí, en el caudaloso Arauca;/ azul es el azulejo/ y parda la paraulata,/ colorado el tornasol/ y negro si el sol le falta”, etc. Si el “corrido” lleva sus versos rimados en consonancia de “ao” a cada dos versos para obtener un efecto de monotonía apaciguadora de los ganados que se manejan con este canto, se llamará “galerón”, como el que comienza: “gavilán pico amarillo/ gavilán pico rosao;/ si el gavilán se comiera/como se come el ganao/ yo ya me hubiera comido/ al gavilán colorao/pa quitarle la querencia/ que tiene en el otro lao”, etc.
Sabemos, además, que el galerón se canta obviamente en aire de joropo que es la tonada dominante en toda la zona llanera. Pues bien: resultan muy fáciles de comprobar extrañas relaciones rítmicas y aún melódicas entre joropo y torbellino al hacer la sencilla prueba de escuchar en velocidad de 3.75 un joropo grabado a velocidad de 7.5. Lo que se escucha será, sin lugar a dudas, un torbellino.
[1]Guillermo Abadía Morales, La Música Floklórica Colombiana,Dirección de divulgación cultural, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1973, págs. 57-91.
[2]Folklorista nacido en Bogotá en 1912. Es autor de cerca de 30 libros sobre el tema del folklor.