Al lado del bambuco ocupa sitio preferencial entre los aires del altiplano el pasillo, especie de valse acelerado. Se llamó por eso valse del país, valse apresurado, valse redondo bogotano, capuclinada, estrós y varsoviana.
Este fenómeno de la nacionalización del valse no es privativo de Colombia. Pasillos hay en Costa Rica y Ecuador. En el Perú el valse criollo, en la Argentina el vals encadenado.
Pero el pasillo colombiano, hermano del bambuco, es único en el mundo. El pasillo lento ecuatoriano con su cadencia triste, no tiene el arranque vital de un pasillazo colombiano, cuyos primeros compases arrolladores invitan por sí solos a “sacar pareja”.
Su ritmo –escribe Santos Cifuentes– se basa en una fórmula de acompañamiento compuesta de tres notas de distinta acentuación, en este orden: larga, corta acentuada. Admite gran variedad de ritmos y es por lo general el género más gustado de los trovadores populares. Se escribe generalmente en la signatura de 3/4.
Cerca del pasillo que tan bellas páginas ha arrancado a nuestros compositores y que es trasunto del alma sentimental de Colombia podemos situar la danza, procedente de Cuba y transformación de la antigua contradanza. Entre nosotros se aclimató hace mucho tiempo y son muy populares las de Morales Pino, Luis A. Calvo, Diógenes Chaves Pinzón.
La danza ha sido escrita en compás de dos tiempos y su característica rítmico–melódica en figuración de tresillos. Su movimiento animado, con su ritmo en 6/8 original de la antigua contradanza, es posible que haya originado el ritmo de acompañamiento del bambuco (el crítico y compositor español Adolfo Salazar dice que la danza se mezcló en Colombia con el bambuco). Esta opinión no va, tal vez, del todo descaminada.[3]
[1]José Ignacio Perdomo Escobar, Historia de la música en Colombia, Academia colombiana de Historia, Editorial ABC, Bogotá, 1963.