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Esencia, estilo y presencia del “Rajaleña”[1]

Andrés Rosa [2]

En el campo ético y en el lingüístico, por ejemplo, y para no anotar sino dos tópicos importantes, el rajaleña ofrece temas de de sumo interés.

Pero ¿por qué esas coplas –más que esa música– se llaman rajaleñas?

No me parece acertada la opinión de los que pretenden hacerlas derivar del trabajo de los leñadores. Rajando leña, dicen ellos, los labriegos de otras épocas medían su capacidad de improvisación en trovas que llegaron hasta nosotros con el nombre de rajaleñas.

No deja de ser un tanto peregrina tal afirmación, pues el sujeto debía de cantar muy alto y robusto para ser oído y contestado por el compañero dedicado –vaya caso– a la misma tarea de rajar leña al otro lado de la cerca y a idén­tica hora. Cosa por demás imposible si se considera que quien está dedicado a la ardua tarea de rajar leña en estas tierras calientes y agotadoras apenas tiene alientos para ma­nejar el filudo acero y carece en absoluto de tranquilidad para elaborar estrofas que a veces son verdaderas joyas literarias.

Parece más bien que el apelativo de rajaleña procede de la idea de rajar (hablar) de la humanidad, comentar asuntos penosos del compañero con quien se enfrenta, vencer, sujetar, dominar al adversario con una estrofa más diciente, mejor elaborada y de mayor contenido picaresco.

Además, como vimos atrás, los rajaleñas se cantan ‘tu­nando’ y ‘joropeando’. Y mal se puede ‘vagar’ y ‘parrandear’ llevando una troza entre los pies y una hacha en las callosas manos.

Hay, eso sí, entre el que raja un tronco y el que tuna rajaleñas una relación de analogía, pues aquel hace trizas una pieza que le ofrece resistencia física y éste procura sujetar con el ingenio y desmenuzar conceptos inherentes a personas y situaciones determinadas.

Además, no hay que olvidar las llamadas ‘coplas picadas’:

Pique más tus coplas, Pedro,
que muy romas las mandás.
Tus cantares no me asustan;
me dan tema, nada más.
Te dan tema, ¿nada más?
Pues ahí va la matadora:
hace un mes que te atisbé,
y eso es cierto, mi señora.

Rajar, entonces, se me hace lo mismo que picar. Esta sinominia, muy clara por cierto, viene a corroborar la idea de que rajaleña es apenas un término alegórico y que tiene muy poca relación con el leñador, pero sí mucha con el tunante y el joropero.


 


[1] Andrés Rosa, “Esencia, estilo y presencia del “rajaleña”, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1965, págs. 37-39.

[2]Andrés Rosa, Sacerdote salesiano, compositor, escritor y director musical, nació en Avigliano (Italia) en 1911.Residió en Neiva, en 1960 fue director de la Escuela departamental de Música y Bellas Artes de la ciudad de Neiva.


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Los rajaleñas

 

Andrés Rosa

Texto ampliado del ensayo "Esencia, estilo y presencia del "Rajaleña" en formato pdf



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