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Del Folklore Sinuano y Bolivarense [1]

Jaime Exbrayat.[2] (1892-1967)

“Si la América llegara a desaparecer en un repentino cataclis­mo renacería al punto en el canto inmortal de sus poetas”, escribió Eliseo Reclus en alguna de sus conocidas obras de Geografía Humana, refiriéndose no solamente a los grandes astros de la poesía indo-ame­ricana sino también y de manera especial de nuestro hemisferio, al pueblo, ese gran poeta anónimo de cuyas entrañas fluye el manan­tial inagotable de la poesía medular y característica de cada uno de estos pueblos de abolengo hispano.

Existen ciertamente diferencias accidentales, modalidades de ex­presión, formas divergentes de sensibilidad poética en los cancione­ros de la América. Latina y aun de las regiones que forman nuestra propia nacionalidad, pero llevan todos ellos los rasgos inconfundibles de un origen común; como que son vástagos de una misma cepa, pezones de una misma ubre y frondosas ramificaciones del Roman­cero de Castilla. Pero eso tienen esos cantares la guasona despreocu­pación, el genio retozón y cáustico, la gracia picaresca del Lazarillo de Tormes, de la Celestina y del Libro de Buen Amor.

Refiriéndome a la poesía popular sinuana y bolivarense cuyo acervo he procurado condensar en páginas demasiado estrechas para recoger todas y cada una de sus manifestaciones, pues no figuran en ellas las décimas, los porros y otras tonadas de moda en la región, debo hacer una ligera aclaración para justificar su segundo titulo de Cantos de Vaquería.

De labios de legítimos vaqueros en las prolongadas veladas al pie del candil durante las medrosas noches invernales; en un recodo del camino por donde pasaba la novillada o recostado en algún rin­cón del corral durante la cotidiana labor del encierro y del ordeño fueron oídas y recogidas la mayor parte de esas coplas satíricas y mor­daces como epigramas de finos quilates, volantonas y zandungueras como una jota aragonesa, picarescas como los chistes de Quevedo, tan atrevidas a veces que solo pueden cantarse en despoblado y entre hombres solos a juicio de los mismos vaqueros que nada tienen de remilgados ni de babiecas.

Además de los vaqueros que modulan esos cantares en un tono monoritmo acorde con el lastimero bramido de las vacas, que llaman a sus hijos, o con el desapacible berrear de los recentales que claman por las exhaustas ubres maternales, los cantan igualmente los aficio­nados a cumbias, fandangos y jolgorios al son de gaitas, maracas y tambores así como los borrachos eufóricos que se agrupan en torno a los estanquillos, en las tardes domingueras, para llenarse de; un “ñeque” bastardo y descastado pero tan vernáculo como ellas mis­mas.

Los ganados sinuanos son los mejores de Colombia y con ellos se abastecen de carne los mercados de Antioquia y de los dos Santan­deres. Por trochas abiertas en la montaña, durante días y más días de una perezosa marcha, van las mozadas conduciendo los más her­mosos especímenes de las dehesas sinuanas hacia los mercados del interior, desgranando a todo lo largo del camino esas tonadas alegres o quejum­brosas, en las cuales parecen haberse vaciado junto con la gracia truhanesca de los Conquistadores, la resignada melancolía de la raza vencida.

Dame, niña, un poco de agua
Que me muero de la sed,
Mas por agua no he venido
Sino por venirte a ver.

Dame un besito, mi vida;
Dame uno, dame dos
Que los besitos a pares
No los castiga mi Dios.

Mira, negra, te equivocas
Pensando que pienso en ti;
Yo ya estoy pensando en otra,
Tú no pienses más en mi.

Cuántas de esas coplas no se quedaron embrujadas en la cabellera de fáciles maritornes, dormidas en el seno de pudibundas al­deanas, revoloteando en el oído de, arrieros y cachacos de todo pelaje para ser repetidas después, como de cosecha propia, por los hombres que perfilan la férrea contextura de su raza sobre las escarpadas sie­rras antioqueñas o sobre los pelados riscos santandereanos. De allí las marcadas similitudes que al rompe pueden apreciarse en los respec­tivos cancioneros de esas secciones del país, donde existe una verda­dera compenetración de pensares, decires y cantares. De allí tam­bién que algunas coplas de labor netamente sinuano o bolivarense, nos vuelvan en letras de molde y con carta de naturaleza que ellas mismas rechazan. Así por ejemplo del Cancionero Antioqueño de Antonio José Restrepo, quiero entresacar el siguiente cuarteto, que lleva en sí la marca de su propia alcurnia:

Me llevan pa Cartagena
Sin tener ningún delito;
Por una papaya biche
Que picó mi pajarito.

Y también las dos que transcribe a continuación:

Estoy queriendo a una negra
Y al mismo tiempo a una blanca,
Y si la negra se enoja
Las mismas yucas arranca.

Quien bebe agua en calabazo
Y se casa en tierra ajena
No sabe si bebe sapos
O si la mujer es buena.

Que todo buen catador de bellezas folklóricas, puede cotejar con las siguientes que oí de nuestros gañanes sinuanos, seguro de que le concederá la prioridad y la superioridad a las nuestras, de las cuales parecen aquellas, remedos poco felices:

Estoy queriendo a una negra
Y al mismo tiempo a una blanca:
En siendo la tierra buena
La misma yuca se arranca.

Quien bebe agua en vijaguara
Y se casa en tierra ajena
No sabe si el agua es clara
Ni si la mujer es buena.

Ahora van otros dos de esos cantares bellísimos y sugestivos que con algunas ligeras variantes he leído tanto en el Cancionero Antioqueño como en una colección de coplas llaneras y en distintas publicaciones periodísticas, lo que demuestra su dispersión y su relativa universalidad:

Me dices que eres muy firme
Como la palma en su centro;
Si la palma fuera firme
No la tambaleara el viento.

Ya mis perros se murieron,
El ranchito quedó solo;
Si mañana yo me muero
Ya se habrá acabado todo.

Es muy seguro, por lo tanto, que algunas y talvez muchas de las coplas de este cancionero, no son exclusivamente sinuanas. Las hay originales de Sabanas y de otros sectores del departamento, y es de suponer que no pocas de ellas son conocidas en todo el territorio de Colombia y aún allende sus fronteras, sin que pueda precisarse ni la época ni el lugar de su nacimiento, pero aquí están, porque las he oído en algún lugar del Sinú y han quedado incorporadas a su acervo poético y folklórico.

El que yo quiera también incorporar a nuestra poesía vernácula coplas conocidas y populares en otras comarcas, no puede tildarse en manera alguna de hurto o plagio literario, pues aquello no equivale a una auténtica y protocolizada fe de bautismo y no puede en últi­mo caso limitar o circunscribir la zona de su difusión y arraigo en la conciencia popular.

A diferencia de lo que acontece en Boyacá, Cundinamarca, An­tioquia y otros departamentos de Colombia, la mística está ausente del Cancionero Sinuano, donde apenas sí encontrará el lector algún que otro cantar de sabor escasamente religioso. No debe atribuirse semejante pobreza del filón místico en nuestra poesía popular, a falta de creencias o de sentimientos cristianos, sino más bien a factores ex­ternos, tales como la escasez de sacerdotes, la ausencia de santuarios concurridos y de imágenes milagreras que tengan la virtud de congre­gar a las multitudes y de avivar la fe de peregrinos y devotos.

Tan linda que está la noche...
Más lindas son las estrellas;
Parecen la Virgen pura
Que parió y quedó doncella.

Esta Noche es Nochebuena
Y mañana Navidad;
Esta noche nos la quitan
Y mañana nos la dan.

El trópico es propicio para el ensueño y el amor. De ahí que sean la mujer y el amor los temas o más bien el tema central y casi único de estos cantares de vaquería tan variados por otra parte en su estilización externa.

Formando el escenario donde se desarrolla ese gran drama del amor entre gentes sencillas y ajenas a los refinamientos de lo que se ha dado en llamar civilización, tenemos en primer término el embrujador hechizo de nuestro sinuoso y apacible río; después la esme­ralda prodigiosa de un Valle que no le cede a ningún otro ni en hermosura ni en fertilidad; por fin, la infinita variedad de una fauna y de una flora que le suministran a los anónimos cantores de la tie­rruca ese cúmulo de imágenes que prestan a sus creaciones el colo­rido local que las caracteriza y distingue de otras similares.

Imagen del Creador es el hombre, pero es también un producto del ambiente que le imprime su semejanza, un receptáculo hacia el cual convergen y en el cual se amalgaman todas las influencias que han de dar forma a su personalidad.

El sinuano vive en perenne comunión con una tierra donde el milagro del sol produce una profunda orquestación de sonidos, una desenfrenada orgía de colores, una milagrosa y continua gestación de formas que sincronizan un himno a la vida y constituyen una invi­tación al amor.

Y en el centro de esa naturaleza prolífica, libre como los vientos que peinan la llanura, amoroso como la tierra que nutre los pajo­nales y ardiente como el rayo que enciende los dilatados horizontes, sin urgencias materiales y sin apremios espirituales, puede cantar con entera propiedad:

Por debajo, mi caballo;
Por encima, mi sombrero;
En la casa soy el amo
Y en el llano soy vaquero.

Esa compenetración del hombre con la tierra que lo nutre, esa que podríamos llamar interferencia del paisaje en la emotividad espiritual y en la sensibilidad poética del repentista, convierte nuestro romancero en algo peculiar y autóctono. Por más que ese roman­cero movilice conceptos tan universales como el amor y la mujer, se mimetiza hasta reflejar en sus cuartetos todos los aspectos y matices de una naturaleza munífica en su revestimiento de formas y de hasta confundirse con el alma del paisaje y con el alma del pueblo que lo anima.

Evocados por el payador acuden el toro y el caballo, el tigre y el caimán, el gavilán y la paloma, la serpiente y el águila, la garza y la guacharaca, cuantos animales, en fin, viven y pululan en esa naturaleza exuberante de vida, pujante y avasalladora que todo lo circunda, lo abraza, lo absorbe, y lo consume como una vorágine insaciable. Otros elementos como el río y la ciénaga, el sol y el viento, el árbol con sus flores y sus frutos, le ofrecen igualmente términos de comparación novedosos y felices:

A mí no, me asustan truenos
Y los rayos no me espantan
Que los gallos que son buenos
En cada gallería cantan.

Mudanzas tiene la vida
Como trance de chiquero
Que unas veces se halla arriba
Y otras veces en el suelo.

El toro llama a la vacas
Y el novillo se retire 
Como se retira el hombre
Cuando la mujer lo olvida.

¿Quien ve el tigre y no lo mata?
¿El venado y no lo grita?
¿Quien ve a su mujer con otro
Que no corre y se la quite?

El valor literario de esas coplas tan sugestivas; la novedad de esos cuartetos asonantados algunas veces y otras consonantados, no estriba tanto en la riqueza de un léxico amatorio donde las muje­res, por hermosas, espirituales y amadas que sean, no pasan de ni­ñas o de muchachas bonitas como en esa profusión de símiles, evocaciones e imágenes de un realismo sorprendente que el repentista saca de una naturaleza rebosante de vida, con la cual permanece en con­tacto permanente:

Desde aquí lo estoy mirando.
Como garcita en laguna;
¿Cómo quieres que me vaya
Sin esperanza ninguna?

Son a veces los amigos
Como la hoja del piñón:
Por delante buena cara,
Por detrás murmuración.

Por lo demás, si nuestros poetas vernáculos pulsan una sola de las cuerdas del instrumento septicorde, resulta que esa cuerda es una cabellera de mujer con tantas fibras como cabellos. De allí que sus cantares a lo humano recorran toda la escala de los afectos, desde el galanteo y el requiebro amoroso hasta la entrega apasionada, el des­dén y el desprecio machuno.

Algunas de esas endechas son como silogismos perfectos, en los que campea el buen sentido de nuestros campesinos, su criterio equi­librado y su agudo espíritu de observación, todo lo cual se halla comprimido en sentencias refranescas que se han vuelto muy populares y en octosilabos tan primorosos como los siguientes:

Orilla de caño sucio,
Puerto de caimán cebao;
Donde hay muchachas bonitas
No falta el enamorao.

En otras, sin embargo, el versificador no se para en pelillos y, después de presentar premisas más o menos aceptables, nos sale con aquello de que “En el cielo se ven nubarrones, luego la mula tiene sabañones”. Sirvan de ejemplo las siguientes:

La candela en la Sabana
Si la soplan echa brasa;
La mujer como la bestia
Hoy se busca por la raza.

El perro mocho de rabo
No puede cruzar el puente;
Camarón que está dormido
Se lo lleva la corriente.

Como todos los pueblos moral, y físicamente sanos, el sinuano no disfraza sus pensamientos con las sutilezas de un lenguaje amane­rado. Llama al vino, vino, y al pan, pan. Nos habla de la hembra preñada y de la mujer parida con la naturalidad y la inocencia de los primitivos que hicieron suya la sentencia tan exacta como vieja del Arcipreste de Hita: “Non ha mala palabra si non es a mal tenida; veras que bien es dicha si bien fuere entendida”.

Encuentra, sin embargo, la manes de exteriorizar pensamientos atrevidos, cubriéndolos con la trasparencia de graciosos eufemismos;

A mí me llaman “Calores”
Porque nunca tengo frío;
Las mujeres me convidan;
”Calores”, vamos al río.

Pobrecita, la paloma,
La que el gavilán comió;
Allí mismo está la sangre
Donde el ave la cogió.

Lo que a mí me está pasando
¿A quién se lo contaré?
Con mi paloma en la mano
Y de pronto se me fue.

Esta naturalidad sin falso pudor se propasa a veces y brotan entonces unas trovas a lo “jumbo”, buenas tan sólo para ser cantadas en despoblado y entre machos solos.

-Blanco, me sé otro chiste. . . pero no se to puedo decir.
-¿Y por que?
-Porque es inmoral y sólo lo canto por esos caminos de Dios, donde nadie me oye.
-A mí no me da pena oírtelo.
-Entonces, ahí le va:

Al ver a una morenita
Me le voy a medio lao,
Como el gavilán al pollo,
Como la garza al pescao.

Morenita, si me dieras,
Si me dieras lo que quieto,
Del ombligo para abajo
Una cuarta con dos dedos.

Por respeto a mis lectores, que no han de ser todos vaqueros o juerguistas, tendré forzosamente que prescindir de unas cuantas docenas de esos cantares de un realismo demasiado crudo y vulgar para ser reproducidos en letras de molde y en una publicación que quiere llegar a todas partes y merecer la aprobación de toda clase de personas.

Pero al lado de esas tonadas truhanescas y pornográficas, de las cuales he presentado dos de las menos picantes, hay muchísimas otras de una delicadeza y de un romanticismo, al parecer exóticos en un medio nada propicio y entre gentes sin escuela. Bien pudieran ha­ber florecido en los jardines versallescos, para adornar los perfumados bucles de alguna marquesa de Pompadour:

Si la caracucha fuera
Como la flor del campano,
La cogiera y la sembrara
En la palma de la mano.

Las horas que tiene el día
Las he repartido así:
Nueve soñando contigo
Y quince pensando en tí.

Una pena y otra pena
Son dos penas para mí;
Ayer penaba por verte
Y hoy peno porque lo ví.

Anoche soñé contigo
Y en el sueño parecía
Que lo boquita besaba
Y en tus brazos me dormía.

Son cada día menos esos repentistas sinuanos, cantores de jaranas y fandangos, hacedores de coplas y de décimas que no faltaban en ninguno de los pueblos comarcanos, con ocasión de las fiestas patronales.

Acomodado cerca del mostrador de alguna cantina y con el beneplácito del estanquillero que por tenerlo de reclamo no le cobraba los tragos, comenzaba el improvisado y rústico trovado por afinarlas cuerdas de su guitarra y, haciéndose rogar más de la cuenta, espetaba las primeras tonadas de su manoseado y conocido repertorio en tono de estribillo y con un monótono acompañamiento.

Plegadas de trivialidades y de lugares comunes, esas coplas inicia­les morían al nacer, pero a medida que aumentaba el número de los curiosos y admiradores, seguían otras más estilizadas y de mejor fondo. El pensamiento del rapsoda agudizándose cristalizaba en frases cada vez más conocidas y enjundiosas, matizándose de gracia y de ma­licia para adquirir toques de genuina inspiración, cuando algún rival pretendía arrebatarle el cetro del ingenio o disputarle los favores de la china de ojos rasgados y de formas incitantes, que era como su Ninfa Egeria. Brotaban entonces de sus labios, esos cuartetos chispeantes de ingenio, de un hondo sentir popular y de formas casi siem­pre perfectas, que tenían el privilegio de anclar en el oído y en el alma de los espectadores que habrían de llevarlos a los más apartados rincones del Valle para incorporarlos de hecho al acervo folklórico de la región.

Solía comenzar la disputa lírica en términos comedidos que no tardaban en cederle el puesto a vocablos más rudos y a dicterios car­gados de punzante ironía:

Debes tomarte unos tragos
Si quieres cantar conmigo,
Que en el trago y en la piqueria
Se conoce al buen amigo.

Yo no soy cantor de a trago
Ni tampoco quiero serlo
Pero mis cantos que yo
Quiero oírlo y quiero verlo.

Yo no canto porque sé
Ni porque mi gracia es buena;
Yo canto por divertirme
Y darle alivio a mi pena.

Yo no canto porque sé
Ni porque mi gracia es buena;
Sólo canto por cantar
Y dar gusto a mi morena.

Yo no canto porque sí
Ni yo canto por que no;
Mas quien me busca piqueria
Ha de cantar más que yo.

Yo no canto con perrico
Ni con loro de manglar;
Só1o canto con persona
Que me pueda contestar.

Al decir verdad, ni el romancero español ni ninguno de nuestros cancioneros americanos, pueden ser considerados como una estricta creación popular, porque cada una de las coplas que los integran tuvo, en su forma primera, un progenitor concreto y determinado, cuyo mérito principal consistió precisamente en haber logrado captar y aprisionar en el estrecho molde de cuatro versos cortos, ciertos as­pectos característicos de un modo de vivir y ciertos matices de la sen­sibilidad colectiva, convirtiéndose por eso en voz de la tierra y de la sangre.

Los autores, gentes por lo común rústicas y sin humos de letra­dos, nada hicieron para asegurar la supervivencia y la paternidad de su obra poética. Esa supervivencia fue ajena a sus propósitos y esa paternidad no fue protocolizada en ninguna academia o circulo lite­rario, ni recibió la consagración de las letras de molde y, por eso, a la par que crecía la fama y la popularidad de las coplas, fuese olvi­dando, hasta perderse de un todo, el nombre de sus autores.

La forma primitiva de esos cantares sufrió en el transcurso del tiempo modificaciones más o menos adjetivas y felices, pero inspira­das, ellas sí, por el fervor de gentes inominadas y, entonces, pudo de­cirse con toda propiedad:

Hasta que el pueblo las canta
Las coplas, coplas no son.
Y cuando el pueblo las canta
Ya nadie sabe su autor.

¿Para que citar aquí los nombres y apellidos, talvez olvidados, de quienes fueron en su tiempo y en su región los más felices repre­sentantes de nuestro Mester de Joglaria, los mantenedores de torneos galantes y los campeadores de justas literarias, en las que un público restringido pero inteligente, oía regocijado ese fuego graneado de coplas y más coplas, eróticas en veces y otras satíricas, que a manera de saetas se disparaban los ajumaos e inspirados contendores?

Su floración poética destinada como las semillas de plantas sil­vestres a diseminarse por todos los ámbitos del Valle. Ignoraban su valor estético y no sospechaban siquiera que algún día este modesto compilador pudiera reproducirlas en letras de molde para deleite espiritual de todos los amigos del folklore y de la autentica y prístina poesía vernácula.

He querido aprisonar este Cancionero con una esmerada colección de adagios, refranes, dichos, idiotismos y sentencias de uso co­rriente en este Valle del Sol, donde parece haber dejado numerosos herederos el guasón de Sancho Panza: Tales dichos, vernáculos unos, importados los otros, están hondamente arraigados en la conciencia popular y salpican de gracia y de malicia el habla cotidiana más de palurdos que de letrados. Que se juzgue por los siguientes, entre muchos:

A gallinazo desconfiado se le pone golilla de cuero.
El pendejo al cielo no va; lo friegan aquí, lo friegan allá.
El ladrón es como la arriera; todo lo que encuentra se lo lleva.
Lo mismo da Chana que Sebastiana, pero no Juan que Juana.
Tu puerco para manteca y el mío para chicharrón.
Mientras descansa Juan Gómez, pisa barro y hace adobes.
El que no jala para su mochila pesca para su catabre.
Te conozco Juan Palote aunque te afeites el bigote.
Muerde clavo que panela no te dan.

De los feracísimos, campos del folklore sinuado y bolivarense, traigo puesta esta gavilla de cantares y este manojo de dichos, en los que retoza al desnudo el genio de un pueblo enamorado de su tierra, y de su morena, perspicaz y observador inteligente y humorista, des­lenguado en apariencia, pero en el fondo laborioso, sano, pacifico y nada amigo de exotismos inoficiosos.

En esos mismos campos, y talvez con mayor fortuna y con mejor buen gusto, pueden otros recoger también numerosas espigas, cargadas de esa sabiduría y de ese buen sentido populares que no se enseñan en las escuelas y que únicamente se aprenden en el gran libro de la naturaleza, que sólo saben leer quienes se identifican con ella en su sentir y en su vivir.


[1] Jaime Exbrayat. Del Folklore Sinuano y Bolivarense,Revista de Folklore Nº 1, Imprenta Nacional, Bogotá, 1947, págs 49-60,

[2] Jaime Exbrayat Boncompain.  Nació en Pertuis, Haute Loire, Francia, en 1892, murió en Montería, Córdoba, Colombia en 1967. Historiador, pedagogo y escritor.


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