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Nuestra Música Mestiza  [1]

El Galerón

Guillermo Abadía Morales [2]

Galerón es el nombre que reciben algunos “corridos” que se usan en el canto para acompañar las faenas de vaquería o manejo de reses vacunas; en ellos es de rigor la rima consonante y obliga­da en terminación silábica de “ao” para obtener un buen efecto en la cadencia de la voz que prolonga el canto para dar tiempo a que el cantador piense el verso siguiente, en la improvisación y para prestar un factor de monotonía útil en la labor, pues el ganado se acostumbra al calderón del grito en “ao”. Estas cadencias en “ao” prolongadas a cada dos versos, producen un efecto de atención por acostumbramiento del oído de los ganados, y así todos sabemos có­mo para llamarlo se usa el mote sucesivo de “toi-toi-toi” o bien “tó­ma, tóma, tóma”; para arrearlo “jota, jota, jota” “jota acá”, “jota allá”; para el ordeño se llama a las vacas: “leche, leche, leche”; para hacer retroceder a los bueyes de la yunta o a uno solo de ellos para cuadrar el tiro: “céja”, o “céja atrás”, etc. A los caballares se les suele apaciguar, cuando van a cogerse, con la expresión: “chi­co, chico, chico” y muchas otras voces más para éstos y para llamar a los cerdos, a las gallinas, a los perros y gatos. Estas varían según las regiones y así en Cundinamarca y Boyacá se llama a las galli­nas para reunirlas con las voces: “piú, piú, piú”; en oriente “cútu, cútu, cútu” ; para espantarlas es muy general la voz “uisa” ; “chite” y “zape” para espantar perros y gatos, etc. La función u objetivo de los galerones como cantos de labor en la llanura se explica: por semejanza con los cantos de labor, por ejemplo los usados para unificar el esfuerzo colectivo en trabajos físicos como el de remar en las embarcaciones llamadas “galeras”; históricamente sabemos que en las épocas de la Conquista y Colonia eran frecuentes las condenas “a galeras”, esto es, que por motivos de delincuencia y más por razones de índole religiosa y política, muchas gentes que en ciertos casos no eran delincuentes vulgares, sino personas pa­cíficas, honorables y virtuosas, eran condenadas al trabajo ignomi­nioso de remar en las embarcaciones llamadas “galeras”. Estas eran movidas por muchos pares de remos que estaban manejados por los presidiarios y obligados a remar sin sosiego a fuerza de látigo; estos “galeotes” acompasaban su trabajo a cantos monó­tonos que eran los cantos de galeras. Es sabido que muchos de ellos al acercarse a tierra, aprovechaban cualquier oportunidad para escapar o se rebelaban contra los capataces y huían a nado hacia la orilla. Estos prófugos de galeras, una vez en tierra, no podían permanecer en las ciudades o lugares poblados que por lo general estaban provistos de justicia, es decir, de autoridades que les des­cubrían prontamente. Así, lo más razonable era huir de los centros y trasladarse a regiones solitarias en las cuales hallaban libertad y aún trabajo; región ideal para tal empresa era la de los Llanos Orientales que se hallaban relativamente cerca de la capital de la Nueva Granada. Allí, por razonesde carácter económico tan po­derosas como la existencia de inmensas extensiones de pastos na­turales, prosperó rápidamente el oficio del manejo de ganados. Entonces, muchos de los cantos de galeras, indudablemente llama­dos “galerones” eran recordados por los fugitivos nombrados, pero se aplicaban ya, como es obvio, no al antiguo oficio, sino al nuevo trabajo de la vaquería. De tal modo el antiguo ritmo del golpear de los remos se transformó al ritmo del galope de los caballos, ya que la labor ganadera exigía este vehículo natural. Muy probablemen­te se conservó el nombre de galerones de los viejos cantos, para los del oficio nuevo y así surgió el galerón llanero, cuyas característi­cas de letra ya se indicaron y cuyo ritmo ya era otro. Otra tesis sobre el particular, recientemente expuesta por nosotros es la que establece que, así como en la pampa argentina se llamaban “gale­ras” las comitivas o convoyes de carretas que viajaban a través de enormes extensiones de pampa, los cantos que amenizaban el viaje de las carretas o galeras pudieron llamarse “galerones”; por semejanza con estos cantos de pampa, pudieron llamarse así tam­bién nuestros cantos de los Llanos. Abundantes son las letras de los galerones, ya de origen colombiano, ya de venezolano, pues en la llanura no se establece gran diferencia entre los llaneros de Co­lombia y los del país hermano. Entre los galerones más conocidos está el colombiano de “Ladislao” que ha sido tomado parcialmente como de otras regiones del país. El texto original es éste

Yo nací en los mismos llanos
y me llamo Ladislao,
y soy un turpial pues pico
y un tigre por lo rayao;
con una soga en la mano
y un garrote encabuyao
yo soy más bravo quiun toro
y más ágil quiun venao.

Y aquel que no lo creyera
que se salga de contao
para probarle que soy
un hombre requetemplao.

De los hijos de mi taita
yo salí al más avispao
yo fui el que le dio la muerte
al plátano verde asao.

Y el maistro que me enseñó
me enseñó bien enseñao:
me dijo que no cantara
con ningún encalambrao.

A mí me gustan las cosas
a que estoy acostumbrao:
el plomo por lo liviano
y el corcho por lo pesao.

Yo me resbalo en lo seco
y me paro en lo mojao.

También me dijo mi mama
que no fuera enamorao,
pero viendo una muchacha
me le voy de medio lao
como el toro a la novilla,
como la garza al pescao,
como el sapo a la sapita,
como la vieja al cacao,
como el calentano al queso,
como el indio al máiz tostao.

Y si llegara a morirme
no me entierren en sagrao,
entiérrenme en un llanito
donde me pise el ganao;
déjenme una mano afuera
y un letrero colorao
pa que no digan las gentes
que aquí murió un desgraciao:
no murió de calentura
ni de dolor de costao;
murió de cacho de toro
que es un mal desesperao.

En algunas compilaciones de folklore literario figura como co­lombiano un galerón llamado “en los llanos del setenta”, publicado incompleto, y con muchos versos del Ladislao; como los Llanos del Setenta son en Venezuela, resulta muy probable que este galerón sea venezolano, al menos que estuviera escrito o ideado por un co­lombiano que hubiera vivido en dichos llanos venezolanos. Lo trans­cribimos en la versión más completa que conocemos

En los llanos del setenta
donde se colea ganao
me dieron para mi silla
un caballito melao;
me lo dieron por maluco,
me salió requetemplao
y con él logré tumbar
toros del cacho voltiao.

En una tienta de arriba
del fundo de Estanislao
me topé con una moza
de talle pintiparao:
tenía los ojos barcinos
y el cuello despechugao
y le gustaban las tientas
cómo la sal al ganao.

Yo le dije al mayordomo
que me tenía contratao:
écheme ese toro ajuera
del espinazo bragao
hijo de la vaca mora
y el toro rabipelao,
pa sacarle aquí una suerte
con esta señora al lao.

Al animal me le abrí
con el trapo desdoblao;
le saqué cuarenta lances
y lo dejé arrodillao;
lo cogí por la coleta
y le dí contra el cercao;
tres costillas le quebré
y lo dejé mancornao
con los cuartos en las ancas
y el espinazo quebrao.

Y el mayordomo me dijo:
no me maltrate el ganao.
Yo le dije al mayordomo:
así se colea ganao.

Y el mayordomo me dijo:
usté ya vendrá almorzao;
Yo le dije al mayordomo,
apenas desayunao:
cuatro platos de cuchuco,
un almú de máiz tostao,
tres tazas de güevos tibios,
una ración de pescao,
tres costillas de marrano
y una totuma 'e cacao;
cuando me lo dan lo trago,
y sinó, aguanto callao.

Me llaman “cuarenta muelas”
y a nadie las he mostrao,
y el día que yo las mostrare
se ha de ver el sol clisao,
la luna chorreando sangre
y el mundo todo trocao:
las nubes echando chispas,
los cerros esvolcanáos,
las lagunas de parriba
y los ríos evaporáos,
los astros todos regüeltos
y el mesmo Dios asustao.

No más esta mesma tarde
cuando iba pal otro lao,
con el ruidaje 'e las muelas
s' esbarajustó el ganao.

Cuando un grupo de vaqueros recoge una “punta” de ganado y la lleva a un destino determinado (mercado de las poblaciones, herranzas, etc.), proceden a enlazar un toro padre que, con dos o más rejos según su fortaleza, va a encabezar la marcha de toda la mancha de reses. El jinete puntero (delantero), acompañado de dos o más vaqueros, lleva al toro “madrino” con las varias sogas de cuero (rejos). Toda la tropa de reses marcha detrás de este to­ro. Pero puede ocurrir que una vacilación del “puntero” en lan­zarse al río, generalmente crecido, porque es en invierno cuando el ganado está gordo y se saca al mercado, río que el llanero en su intrepidez natural llama “caño”, esta vacilación hace que el ganado se arremoline y se inquiete. Con el simple hecho de que este amon­tonamiento de reses se produzca, o un ruido no acostumbrado se oiga (un disparo, un grito inoportuno, un rayo), resulta probable que una o más reses traten de escapar, devolviéndose o barajus­tando (“desbarajustando” dice el lenguaje llanero) y tras éstos to­da la partida dé reses escapa en carrera hacia el lugar de donde procedía. Ante tal situación, los vaqueros no podrían tomar la me­dida de tratar de oponerse con sus caballos y así intentar la parada del torbellino de animales, avalancha que los aplastaría fácilmente, en su tropel vertiginoso.

Entonces los vaqueros se apartan poniéndose a buen resguar­do y dejan que el ganado se escape. Pero detrás de la tropa de no­villos, los vaqueros siguen galopando o corriendo mientras comienzan a cantar. Luego de correr unos cuantos kilómetros, comienzan a frenar los vaqueros –siempre cantando– y en consecuencia el canto ya no es oído con claridad por los novillos delanteros. Como ya estaban acostumbrados al canto continuo y monótono del “gale­rón”, estas reses delanteras comienzan a volver la cabeza y a en­derezar la oreja para tratar de oír el canto. Este movimiento de torsión del cuello hace que la carrera comience a frenarse y las fi­las de reses siguientes, al propio tiempo se ven detenidas o estor­badas por las de adelante y así sucesivamente ocurre con toda la tropilla. La carrera se va transformando en galope, el galope en trote y el trote en paso.

Ya los vaqueros han detenido su marcha y el canto se ha apa­gado; la tropilla queda quieta. Rodean nuevamente a las reses, re­cobran el toro padrón si todavía lleva los rejos, o bien enlazan de nuevo a éste o a otro y vuelven a ponerse en marcha. Estos cantos de vaquería han perdido en buena parte su vigencia por la mecani­zación del trabajo, el embarque de ganados por vía aérea o el aca­rreo en camiones y la división cada vez más notable de los fundos que antaño no tenían linderos, ni menos alambradas, y se mante­nían las reses en enormes extensiones; cada año o cada semestre se reunían los distintos propietarios de los hatos, repartían equita­tivamente las cabezas de ganado, les ponían sus respectivos hierros o marcas, generalmente con un “fierro” de monograma, calentado al rojo, que se colocaba sobre el anca de la res; estas herranzas fueron el más alegre y típico de los trabajos llaneros. Se asaba en varas una ternera mamona, se bebía aguardiente o guarapo, se can­taban y danzaban joropos, se tocaban cuatros, carracas y requin­tos; se vivía virilmente la existencia heroica del Llano.

Hay en el repertorio popular una pieza escrita por el músico Alejandro Wills y llamada “Galerón Llanero” con letra ambigua de coplerío y un mote de octosílabos y heptasílabos alternados que reza: “aguas que lloviendo vienen..., etc.” y de un estribillo de tres versos pentasílabos y dos trisílabos alternados con hexa y hep­tasílabo, respectivamente. Como se ve, es una estructura capricho­sa que en el texto literario no corresponde a los galerones normales; tampoco en la parte musical pues, como es sabido, Wills tomó de base un joropo aragüeño (Venezuela) antiguo, llamado precisa­mente “El Araguato” y que tenía curiosamente la misma estruc­tura de un viejo torbellino colombiano llamado “El Rodeo”. Modi­ficó Wills el ritmo de “El Araguato”, corriendo los acentos de la cuarta sílaba en los cuatro versos pentasílabos que estaban así

El araguato
Señor Vicente
fuma tabaco (y)
bebe aguardiente.

a las segunda y quinta sílabas de los versos segundo, tercero y cuarto, dejando intacto el primero y acentuando también la sílaba final del cuarto verso,

Ta-ra-la--la
Ta--la-la--la,
ta--la-la-lá-la
ta-rá-la-la-lá.

Los versos primero y cuarto se conservaron pentasílabos como en “El Araguato”, pero segundo y tercero se hicieron hexasílabos.

O bien, si el modelo fue el torbellino “El Rodeo”, que estaba medido así

Del rodeo la bulla empieza,
se dispersan los vaqueros
y sus gritos placenteros
resuenan aquí y allá.

en que los cuatro octosílabos copleros (con defecto en el cuarto) se acentúan en las sílabas tercera y séptima. En el galerón de Wills ocurre un proceso semejante en el desarrollo de cada copla:

El que bebe agua en tapara
o se casa en tierra ajena
no sabe si el agua es clara
ni si la mujer es buena.

pues las sílabas tercera y séptima reciben el acento rítmico como en “El Rodeo”. Y la segunda parte de “El Rodeo” que está medida así:

La manta toma,
cuchillo y guala
y el calaguala
que calor ,
y alegre el indio
coplas cantando,
la trocha andando
feliz se va.

Se acentúan las sílabas cuartas de cada pentasílabo, con de­fecto de los versos cuarto y octavo en que se corta la sílaba final por ser fines de coplas.

Hay, pues, similitud con el de Wills y casi identidad con el jo­ropo aragüeño. De todo podemos deducir que Wills conoció ambos modelos pero su galerón llanero no es galerón sino joropo en ritmo de galope y con influjo de torbellino.

Siendo el galerón esencialmente un canto no es bien fundado el idearle una coreografía especial. Ya hemos dicho que su ritmo bá­sico es el del joropo y por tanto, comoquiera que al cantar un ga­lerón no en su desarrollo funcional que es el manejo de ganados (canto de vaquería) sino en el sosiego de las estancias o casas de hatos y se desea bailar a su són, no puede hacerse cosa distinta de ejecutar las figuras del joropo. Las nuevas coreografías idea­das surgieron –a nuestro entender– por los años de 1937 a 38 cuando el supuesto galerón de Wills se puso en boga y los coreógrafos, con la mejor buena voluntad, se decidieron a –acondicionarle una planimetría y unos juegos estereométricos completamente conven­cionales que tienen más las características de un pequeño “ballet” que de un baile popular. Partieron de la base de las figuras del jo­ropo, cosa que no estaba desacertada, pero le acomodaron una se­rie de “contrapunteos” de tacones, golpes de fusta y “flamenque­rías” que nunca se vieron en la vida de la llanura oriental. La de­mostración más clara de esta tesis se halla en la circunstancia de que sin excepción los bailarines de galerón no utilizan en Colom­bia sino la música patrón de estas coreografías que fue el supuesto galerón llanero de Wills.


[1]Guillermo Abadía Morales, La Música Floklórica Colombiana,Dirección de divulgación cultural, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1973, págs. 76-83.

[2]Folklorista nacido en Bogotá en 1912. Es autor de cerca de 30 libros sobre el tema del folklor.


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