El boyacense canta también el torbellino, que tiene más fibra que la guabina. Es la emoción hecha ritmo de un pueblo hasta ayer oprimido por los señores feudales, abandonado por el Estado, explotado por los de arriba y desencantado de todos, menos de su Dios, de sus coplas y de su tiple, como escribe bellamente Octavio Quiñones Pardo.
Es un pueblo poeta y soñador, un tanto fatalista y filósofo, que aprisiona en la copla tesoros de color y de sentimiento. Todos los encantos subjetivos del paisaje boyacense, cualquier paisaje, es un estado de alma, decía Amiel.
Torbellino de mi tierra torbellino sin igual, la vida sin ti sería como la sopa sin sal.
Los campesinos de estas regiones bailan también el tres, el cuatro de gancho y el torbellino, que lo hay de dos clases: el de la sociedad y el del campo; la copa, que consiste en colocar un sombrero en la mitad del lugar donde se baila; la pareja que le baje la copa, hace el gasto y el agasajo. En el Valle de Tenza es conocido el aire llamado guatecano.
[1]José Ignacio Perdomo Escobar, Historia de la música en Colombia, Academia colombiana de Historia, Editorial ABC, Bogotá, 1963.