Google

Totalitarismo y la muerte de la condición humana

Por Camilo Ernesto Insuasty Cleves.

Filósofo, Universidad Nacional de Colombia.

El siglo XX sorprendió a occidente. El ímpetu de la ilustración, la fuerza de la razón, toda una historia rica en productos políticos, artísticos, filosóficos, económicos, técnicos y espirituales se vinieron al traste con la aparición de los totalitarismos en la Alemania nazi y en la Rusia estalinista.

Los intelectuales que lo presenciaron y, como en el caso de Hannah Arendt, que lo sufrieron han hecho descomunales intentos para comprender lo acontecido. La sensación ha sido más o menos la misma, el levantar la mirada y contemplar lo que ha dejado una gran explosión.

Hannah Arendt, alemana que tuvo que escapar a Francia porque algún antepasado suyo en la quinta o sexta generación se reconoció como judío. Ella, judía por dictamen del Estado alemán, fue puesta en un campo de concentración en Francia, por lo franceses, por ser alemana. Hannah Arendt, alumna estrella de Martín Heidegger, recorrió Europa, a pie y entre harapos, buscando la puerta de Portugal hacia América. Y a pesar de su formación al lado del más importante filósofo del siglo XX, tomará distancia e impondrá un giro en el análisis político al centrar la acción, y no el ser, como objeto de la reflexión filosófica. Hannah Arendt, siendo mujer, es sobre todo Filósofa. Y su primer gran aporte a la humanidad es, precisamente, Los orígenes del totalitarismo, que sucintamente referimos a continuación.

Con total claridad, en la Política, Aristóteles distinguía tres formas de gobierno –o, desde Hobbes, tres formas de ejercer la soberanía- que se vinculan, respectivamente, a una forma degenerada de la misma: monarquía (tiranía), aristocracia (oligarquía), república (democracia). En relación a estos gobiernos, Hannah Arendt sostiene que el fenómeno del totalitarismo constituye una forma de gobierno sin precedentes, totalmente nuevo, el aporte que da el siglo XX. Nuevo, sí; pero no positivo.

Mediante el gobierno totalitario se hizo manifiesto el infierno que podemos desencadenar al convertir el ejercicio de la política en simple ejercicio de poder. Para evidenciar esta novedad, Arendt muestra cómo este régimen destruye los tres grandes logros de la vida política humana, radicando en ello, justamente, su novedad: la individualidad (ethos), la persona moral y la persona jurídica. Sin esos tres aspectos que ha construido el humano para sí, sólo queda un cuerpo que acoge mero proceso biológico, totalmente prescindible. Arendt rastrea las fuentes del totalitarismo en el antisemitismo y en el imperialismo. La génesis permite ver de dónde procede un hecho histórico; pero sería un error deducir de aquello un determinismo causal.

El antisemitismo y el imperialismo son las manifestaciones, históricas (coyunturales), de cómo la política de la Europa de los siglos XVIII y XIX se va transformando en mero ejercicio de poder y, el totalitarismo, de cómo el ejercicio de poder acaba con la condición de humana. El análisis expuesto por Arendt, nos deja perplejos al ver que dicho proceso se dio en un lugar y en un momento en el que se aspiraba a algo radicalmente distinto, en la Europa de la modernidad, aquella que descubrió el liberalismo político, aquella que vio en el republicanismo un refinamiento de la democracia. Evidencia, Arendt, que el camino hacia el totalitarismo es, como todo el proceso, sutil, mediado por las pequeñas permisiones, horadando de a poco toda aspiración a la excelencia y animando todo tipo de complacencia.

El antisemitismo, como elemento que posibilitará el totalitarismo, no es el odio a los judíos. Con tal categoría, Hannah Arendt se permite expresar la férrea tendencia al aislamiento, a la no participación en lo público que vivió la sociedad europea antes del totalitarismo. El antisemitismo facilitará el surgimiento de la característica política más grave del imperialismo: colocar al Estado al servicio de los intereses privados, esto es, al servicio del poder –y concretamente de la riqueza-, y no al servicio de la ley, es decir, de la comunidad política, a quien se debe. Antisemitismo e imperialismo permitió –para asombro de las aspiraciones republicanas- convertir al poder en la esencia de la acción política, vender al Leviatán por un par de monedas.

El auge del mundo privado es la destrucción del espacio público que, para la experiencia europea, conllevó a la indiferencia, incluso, frente a sí mismo. Es claro que la pluralidad de la vida humana es dada por la manera propia de vivir de los individuos o los grupos humanos. Pero ello se pierde en la indiferencia que se toma al “poder ser sí mismo”. El deseo de ser “procede siempre de una decisión y de una convicción individual y está sujeto a la experiencia y a los argumentos”. En lugar de la pluralidad, el escenario del totalitarismo será tomado por la multiplicidad, “cantidad de lo mismo”, esto es, los individuos aparecerán sólo como cantidad, como número, como masa. Allí, la diversidad de vidas es lo que se pierde, debido a que son los bienes que llamamos aspiraciones, o esas aspiraciones que constituyen bienes, los fines, que se vinculan necesariamente al interés, quienes decantan a un hombre como individuo, como humano, al ennoblecer la acción, al cualificar la vida y diversificarla en la pluralidad de las vidas –humanas. Al contrario, en la multiplicidad se hace presente las repeticiones del mismo modelo, la ausencia de novedad y –lo que va a ser fundamental para una filósofa como Hannah Arendt- la incapacidad de empezar algo nuevo. La pluralidad –como lo caracteriza Arendt- “es la condición de la acción humana debido a que todos somos lo mismo, es decir, humanos, y por lo tanto nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva o vivirá”. Ello desaparece en el totalitarismo. Por primera vez creamos una forma de organización en la que perdemos la condición humana. Ella se evidencia en la pérdida de pluralidad. Y, bajo el totalitarismo, destruye incluso el mal al convertirlo en banalidad.

En Neiva, a 8 de junio de 2009.


Inicio
Recursos

Diseño y Desarrollo Web